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LA ESPAÑA CAÑÍ: ¿POR QUÉ EL CINE QUINQUI FUE TAN IMPORTANTE? (PARTE I)

Antes de que C. Tangana o Rosalía reavivaran la llama de la estética marginal y la ensalzasen como hito de moda, los tatuajes aleatorios, las cadenas de oro y las camisas abiertas ya habían sido el sello de identidad de un grupo social que encontró su representación en pantalla gracias al cine de la transición.

Eloy de la Iglesia, José Antonio de la Loma, Vicente Aranda, José Luis Manzano, José Luis Fernández “El Pirri”, Juan José Moreno Cuenca “El Vaquilla” o José Antonio Valdelomar fueron algunos de los protagonistas de ese nuevo cine que dejaba atrás la censura y llevaba a las salas españolas una realidad incómoda muy alejada de la laca y las hombreras.

Pese a que tuvo su etapa de esplendor en los primeros años de la democracia, el género nunca se terminó de olvidar. A medidos de los 90 y principios de los 2000 tuvo una ligera resurrección gracias a títulos como ‘Historias de Kronen’ de Montxo Armendáriz, ‘Báilame el Agua’ de Josecho San Mateo o ‘7 Vírgenes’ de Alberto Rodríguez, que puso bajo su batuta al actor estrella de papeles marginales de la época, Juan José Ballesta.

Ahora, casi 40 años después de su nacimiento, el cine quinqui vuelve a resurgir con películas como ‘Toro’ o ‘El Niño’ con un Mario Casas y un, hasta ese momento desconocido, Jesús Castro en la piel de jóvenes delincuentes. Los últimos en subirse al carro han sido los directores  Daniel Calparsoro (‘Hasta el cielo’) o Alberto Rodríguez  cuya próxima película ‘Modelo 77’ resucita la mítica prisión de Barcelona. 

¿Qué tenía ese cine de chabolas, jóvenes sin futuro y criminalidad que tanto sigue fascinando hoy en día? Del Jaro al Vaquilla pasando por las prisiones y la heroína al ritmo de Los Chunguitos. Nunca una España fue retratada con tanta verdad, nunca una España tan gris pudo crear tanta escuela.

De la Modelo a Carabanchel

Algunos dirán que la década de los 80 está mitificada, otros que no fue para tanto y otros tanto sufrirán al recordar esa etapa de desenfreno y éxtasis que para muchos no acabó bien. Como si de una moneda se tratase, fue una época que tuvo dos caras. Mientras que un joven Almodóvar pregonaba a sus ‘Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón’ a ritmo de flúor por el barrio de Malasaña, Radio Futura se enamoraba de la moda juvenil y Los Zombies soñaban con viajar a Groenlandia, en el extrarradio se cocinaba un contexto social fruto del éxodo rural en el que la pobreza y la falta de aspiraciones arrasaron con toda una generación.

Para muchos queda en el imaginario colectivo los cardados, los estampados vivos y a una joven Alaska alertando sobre el terror en el hipermercado y el horror en el ultramarinos. La España postfranquista pasó del blanco y negro al color en un abrir y cerrar de ojos. Todo el mundo quería hacer lo que antes no se podía, querían demostrar que eran libres. El fin de la censura trajo consigo “el destape” que se hizo notar en las películas catalogadas como “cine S” con desnudos sin ton ni son, violencia extrema y sangre. ¡Que orgulloso hubiese estado Tarantino de ese cine!

“Dame veneno que quiero morir” 

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Fueron unos tiempos de creatividad, despertar y energía que bañaron de alegría las grandes ciudades y en cuya cara B se cernía la sombra oscura de la heroína. Ese lado desagradable que contrastaba con la felicidad popular quedó inmortalizado gracias a un conjunto de realizadores encabezados por Eloy de la Iglesia y José Antonio de la Loma que querían dar un paso más y aparcar la diversión para mostrar la realidad social de la droga, la delincuencia y la vida en las cárceles.

Las leyendas callejeras se convirtieron en antihéroes ensalzados por la masa; el Jaro, el Pera, el Torete y, como no, el Vaquilla. Muchachos de la periferia, criados en la miseria, drogadictos desde la adolescencia que habían perdido la inocencia muy pronto ¿O es que acaso la tuvieron? Muchos sociólogos hablan de los millenials como esa generación de jóvenes preparados que vivimos peor que la generación de nuestros padres. Sin embargo, poco se habla de que aquellos baby boomers que tuvieron bajas forzosas por el caballo. Situaciones cotidianas en las que se desempolva un anuario escolar de mediados de los 70 y se señalan aleatoriamente rostros acompañados por la frase “Que lástima que luego acabase en la droga”.

 Manzano, el ángel caído del extrarradio 

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No se puede entender el cine quinqui sin la figura de José Luis Manzano. Ese joven de rostro lampiño, cabello rizado, mirada triste y facciones apolíneas se convirtió en el muso de Eloy de la Iglesia, las malas lenguas dicen que también en algo más. Su historia es curiosa, se conocieron en 1978 a la salida de los villares Victoria, donde los chicos del lumpen se prostituían a cambio de unas pesetas. Por aquel entonces de la Iglesia preparaba una película del delincuente juvenil ‘El Jaro’ muerto a los 16 años, al descubrir al chico le abrió una puerta de salida a la vida de las calles. 

“Jaro está en la calle sin sitio donde ir. Sólo junto a Mercedes puede sobrevivir”, Burning cantaba al joven en ‘Navajeros’  la primera oportunidad en pantalla de Manzano. El inexperto actor tenía presencia, se movía con la irreverencia de aquel que conoce los secretos del mundo demasiado pronto. Su fotogenia y aspecto aniñado contrastaban con unos ojos oscuros de expresión dura. Su interpretación del Jaro pasó a la historia del género, cuando enfundado en una toalla azul recitaba aquello de “Tengo 15 años pero con más rabo que la pantera rosa ¿vale?”. Con una cazadora vaquera a pecho descubierto o un sombrero mexicano, daba igual lo que hiciese, a Manzano la cámara lo quería y se notaba. Sin embargo aún estaba demasiado verde y su voz tuvo que ser doblada. 

Esa colaboración fue la primera de cuatro más con de la Iglesia, ya que repetirían juntos en  ‘Colegas’, ‘El Pico’, ‘El Pico 2’ y ‘La Estanquera de Vallecas’ en la que compartiría escena con actrices de la talla de Emma Penella y una joven Maribel Verdú. El director y el actor establecieron una relación de codependencia que culminó en el invierno de 1991, cuando el realizador encontró en su casa el cuerpo sin vida del que fue su muso durante una década. Manzano tenía tan solo 29 años. 

El viaje a los infiernos de Eloy de la Iglesia 

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Simón Andreu explicó de forma clave la vinculación que estableció Eloy de la Iglesia con estos jóvenes del extrarradio en el documental de Amazon Prime ‘Sesión Salvaje’. El veterano actor español enfatizó entre la diferencia de la Iglesia y de la Loma, aludiendo que “Eloy se metió dentro, es que Eloy era pariente de esta gente”.

Para Andreu el cine de Eloy de la Iglesia era mucho más real. Quizás se deba a la ideología política tan dispar entre ambos realizadores, o, probablemente, al hecho de que de la Iglesia prefería relegar a un segundo plano las persecuciones de coches y centrarse en el contexto emocional de los personajes. Fue precisamente ese mundo que exploró tan de cerca, en el que llegó a cohabitar, el que le llevó a su perdición creativa. La heroína, esa droga cuyos males tan fielmente retrató, acabó atrapandolé. Sin embargo, su verdad y el fiel reflejo de aquello que molestaba y quedaba opacada por esa bomba de divertimento que era ‘La Movida’, le convirtierón en un realizador tan necesitado como añorado. 

¿Quieres saber más sobre el cine quinqui?, ¿Quieres saber quién fue “El Pirri”, “El Torete” o “El Vaquilla”? No te pierdas la segunda parte de este especial dedicado a la españa más cañí y más real que hemos tenido en nuestras pantallas. 

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