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UNOS GOYAS DIFERENTES

Historias para no contar

Ni la nieve, ni el Covid han impedido, esta vez no, que acudamos a uno de los eventos claves de la temporada, especialmente si hablamos de cine español: las nominaciones a los Goya, acontecidos ayer a partir de las 11, desde la sede central de la academia de cine, en presencia del presidente de la institución, Mariano Barroso, y los lectores de este año, Dani Rovira y Ana Belén. A pesar de cierta innovación en la incorporación de una pantalla que nos permitiera seguir las nominaciones mediante los carteles de las películas, el evento fue un auténtico desastre, debido a los cortes constantes en la retransmisión del mismo, responsabilidad de RTVE. Dicho esto, y dejando de lado lo accesorio, hay que valorar lo repartidas y en parte curiosas que se presentan las nominaciones de esta 35 edición de los Premios Goya.

El resultado ha sido muy repartido, como repartida ha sido esta cosecha del cine español. Los grandes títulos no se han impuesto, como aconteciera la edición pasada gracias a Dolor y gloria, Mientras dure la guerra o La trinchera infinita, y no se engañen con las injustas 13 menciones de Adú, beneficiada por su enorme visibilidad, la realidad es que muchas películas han conseguido mención y los dos dígitos no han aparecido salvo la excepción citada. Así debía ser, y así ha sido, el equilibrio en presencia ha marcado la nota dominante, y sin embargo, una creciente favorita cada vez más clara, Las niñas, de Pilar Palomero, hasta 9 menciones para una película pequeña en producción pero absolutamente maravillosa. Las variables cuantitativas han acompañado a Akelarre de Pablo Agüero con 9 menciones, y La boda de Rosa, de Icíar Bollaín con 8 nominaciones. La primera, no obstante, acumula hasta 8 presencias técnicas, sin alcanzar categorías principales, a excepción de la nominación para su actriz Amaia Aberasturi. Sentimental y Ane han marcado mínimos consiguiendo 5 candidaturas, pero colándose en mejor película, frente a las 6 presencias exclusivamente técnicas de Black Beach. De ahí para abajo, en cuanto al valor de los números se refiere, pero vayamos más allá.

Akelarre ha sido una de las grandes sorpresas a nivel de categorías técnicas.

Y ese más allá implica un cómputo de sorpresas varias. Algunas son agradables, como la absolutamente inesperada aparición de Juanma Bajo Ulloa en la categoría de mejor dirección gracias a su arriesgadísima propuesta de género, Baby; la consolidación en mejor película de una cinta compleja a la par que pequeña en dimensiones de producción como Ane; el apoyo al conjunto técnico de Akelarre, muy minimalista pero realmente sobresaliente; la presencia en mejor película documental y el salto a mejor dirección novel de un film tan insólito como fascinante como My Mexican Bretzel; valorar un montaje tan complejo como el de El año del descubrimiento; la caída de ciertos nombres propios en las categorías de cortometrajes a favor de nuevas voces; y la aparición en la categoría de mejor película iberoamericana de Guatemala por primera vez, con toda justicia, gracias a la estupenda La llorona de Jayro Bustamante.

Del lado que no agrada, contemplamos la aparición de Isabel Coixet, niña mimada de estos premios y cuya nominación resulta excesiva debido a la irregularidad de Nieva en Benidorm; Ernesto Alterio no entraba en los pronósticos pero no merecía esta mención por un trabajo correcto en una película olvidable; inentendible el vacío técnico de una película tan visual y sonora como No matarás; Merece mención por sí sola una categoría como mejor dirección artística, que no ha encontrado en ella ninguna de las grandes favoritas del año en esta terna, empezando por el espectacular trabajo de El verano que vivimos; y de El verano que vivimos, echamos de menos la nominación de Pablo Molinero, con un estupendo trabajo y un estupendo año en conjunto; El año del descubrimiento no consiguió alcanzar las categorías de película y dirección en un año que parecía más posible que nunca la ruptura de este techo de cristal; La abusiva aunque esperada presencia de Adú se beneficia de tres sorpresas incomprensibles, dirección artística, maquillaje y peluquería, y sobre todo la nominación de Álvaro Cervantes como mejor actor de reparto; se sigue echando de menos, aunque entrara dentro de lo previsto, la ausencia de dos grandes actores, Àlex Brendemühl y Ramón Barea; Josep de Aurel merecía mejor suerte en la terna europea después de su ausencia inexplicable en la categoría de animación; y cerramos cuestionando la presencia de El plan en sonido, ya que se agradece el riesgo pero resulta abusivo que una película casi teatral y rodada en interiores haya obtenido la nominación por encima de muchos trabajos absolutamente superiores.

Adú lidera la lista de nominaciones en un ejercicio de sobrevaloración excesiva de la cinta.

Estas y otras menciones, estadísticas como las 21 nominaciones de Raúl Romanillos en efectos especiales, las 14 nominaciones de Roque Baños en categorías musicales, las 14 en sonido de Nacho Royo-Villanova, o las 8 de Candela Peña y Javier Cámara en apartados actorales completan algunos datos de esta edición de los Goya. La edición 35, atípica por el momento presente y más repartida, y hasta abierta que nunca, en un misterio, que si el momento lo permite, lo resolveremos con una gala austera y diferente el día 6 de marzo desde el Teatro Soho CaixaBank, de la mano de María Casado y Antonio Banderas.

Alberto Tovar

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