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ANIVERSARIO BERLANGA: LA VAQUILLA (1985)

Llegamos por fin al gran clásico por excelencia de Berlanga, La Vaquilla, película de 1985 que pudo empezar a dar forma a un cine sobre la Guerra Civil Española que todavía estaba en pañales. Si en artículos anteriores nos habíamos asomado al cine de Berlanga a través de la comedia costumbrista, ahora esta comedia costumbrista se viste de cine bélico a través de la particular visión del director sobre la guerra civil, una película aplaudida en su día que a día de hoy sigue despertando admiración, pero también críticas por una visión de la guerra fratricida que no encaja con la visión crítica con la que desde la actualidad observamos el mayor conflicto bélico de la historia reciente de España.

Sencillo y berlanguiano a partes iguales, el argumento de la película se firma dentro de una comedia de enredo de personajes extraños en ambientes desubicados: La vaquilla narra las peripecias de un grupo de militares republicanos en el frente de Aragón atrapados en terreno enemigo. Un caluroso día de verano de 1938, en el pueblo golpista al otro lado de las trincheras republicanas (rodado en la localidad aragonesa de SOS del Rey Católico), el bando sublevado se prepara para la fiesta mayor del pueblo con banquetes, corridas de toros, encierros y bailes. Los soldados republicanos, al otro lado de la frontera y a régimen impuesto de lata de sardinas, traman un plan para agriarles la fiesta entrando en el corral donde guardan la única vaquilla del pueblo y matándola para poder traerla de vuelta a la trinchera y cocinarla a modo de venganza. Un grupo de cinco militares serán los encargados de entrar en las líneas enemigas para robar el animal, pero pronto serán sorprendidos y se verán en la necesidad de disimular durante un día entero que son militares del bando golpista para poder salir con vida de la aventura.

Poco hay que añadir al cine de Berlanga tras estas sesiones llevadas a cabo donde hemos visto maravillosas obras que se han acabado convirtiendo en clásicos del cine español. La vaquilla regresa a esos pueblos diminutos de la España profunda igual que vimos con Bienvenido, Mr. Marshall o Los jueves, milagro; el foco de la acción recae en una trama coral de personajes variopintos que agilizan el sentido humorístico de la película como en La escopeta nacional o Plácido; repiten pluma Azcona y Berlanga firmando un guion nuevamente a partes iguales como en El verdugo; y volvemos a ver el poderoso papel de las fuerzas vivas del lugar como ocurre en todas las películas nombradas anteriormente. La vaquilla es, pues, un trabajo fílmico cien por cien berlanguiano en el sentido narrativo, actoral e incluso técnico con la recreación de esos planos secuencia tan característicos del director como es el caso del recorrido que hace de unas trincheras al inicio de la película que no volveremos a ver en la cinta y donde podemos visualizar el día a día de unos soldados que aceptan una guerra con la normalidad propia de las sinrazones absurdas de todos los personajes de Berlanga. No por nada esta película sería hasta ese momento la película más cara de la historia del cine español con un presupuesto de 250 millones de pesetas.

Los cinco militares republicanos en suelo enemigo son vestidos con rostros ya conocidos del audiovisual español. El Brigada Castro y el Teniente, interpretados por Alfredo Landa y José Sacristán, respectivamente, dos actores que se comen la pantalla y se hacen con la película entera, dirigen a los soldados Limeño (Santiago Ramos), Mariano (Guillermo Montesinos) y el Cura (Carles Velat), pero en el pueblo se toparán con rostros conocidos entre los golpistas como son Violeta Cela en el papel de Guadalupe, novia de Mariano, y Juanjo Puigcorbé en el papel del alférez y amante de Guadalupe. Mención especial merece la aparición simbólica de Luis Ciges, amigo íntimo del director, en un cameo en el que nos dejamos llevar más por el rostro conocido del actor que por el papel que interpreta.

Quizá sea el determinismo histórico de La vaquilla donde el director patina y provoca que la película no pueda ser observada hoy en día como nada más que una feliz comedia de enredos ubicada en la Guerra Civil Española, pero no la gran obra crítica con el desastre de la guerra y la posterior dictadura franquista. La vaquilla no es ni crítica, ni revolucionaria, ni tan siquiera histórica. Si esperábamos un grandísimo fresco de la Guerra Civil Española no encontraremos más que un blanqueamiento de los golpistas que acabaron con un régimen legítimo, una serie de situaciones ingeniosas donde se equipara el fanatismo y los prejuicios de unos con el sentir democrático de otros y un relativismo pegajoso que desgraciadamente todavía hoy día nos vemos obligados a vivir en España. El hecho de que los personajes surgidos de los estereotipos más sórdidos de la dictadura sean categorizados como simples oportunistas no exime a los guionistas del hecho de que la película sea un producto más bien tibio. Que La vaquilla sea considerada una de las mejores películas de la Guerra Civil Española dice mucho de nosotros como país y como sociedad y enseña muy bien en qué lugar estamos todavía.

Todo esto no deja de sorprender en un artista que había conseguido poner de vuelta y media a todo el régimen de Franco y su desmedida ansia de sangre para mantenerse en el poder. No se entiende cómo la genialidad de Berlanga y Azcona se camufló en un ambiente relativista propio de los 80 donde se vivía una huida hacia adelante de una dictadura sanguinaria en un país que daba los primeros pasos democráticos, pero perdía en el camino la visión crítica de la cultura para explicar lo que realmente había sido el régimen de Franco. A ratos parece que el director necesitara de la censura y del dictador para poder ser ácido en sus películas. Desaparecidos ambos, La vaquilla es un producto, si bien aplaudido hasta la extenuación por ser una película excelente en todo su desarrollo como producto del séptimo arte, increíblemente tibio en sus planteamientos históricos.

El final de la película, un final donde el animal, cansado y derrotado, muere entre dos líneas enemigas simbolizando un país arrodillado entre dos enemigos demasiado ciegos para entenderse no hace sino intensificar esa sensación de relativismo cínico que sobrevuela toda la cinta. Decir que ambos bandos eran culpables significa equiparar a un gobierno legítimo sustentado en la ley con una serie de personas que violaron dicha ley y dieron un golpe de estado contra ese régimen legítimo. La oscuridad que, sin embargo, destila esta imagen final, con sus buitres devorando el cadáver descompuesto de la vaquilla, poco común en los finales de Berlanga donde incluso la escena más negra queda tocada por el humor, es digna de mencionar, ya que pocas veces hemos visto en el director valenciano finales tan abrumadoramente insondables que el de esa vaquilla moribunda que no era más que una España de la que parece que tanto un bando como otro se quiere apropiar, pero, no lo olvidemos, sólo unos fueron los que iniciaron una guerra para hacerse con ella. Al final, los buitres, no lo olvidemos nunca, eran sólo los golpistas.

Javier Alpáñez

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