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ANIVERSARIO BERLANGA: BIENVENIDO, MR. MARSHALL (1953)

Historias para no contar

Estamos de celebración. Este 12 de junio se cumplirán 100 años del nacimiento del director valenciano Luis García Berlanga y lo celebramos actualizando toda su filmografía a través de un viaje que nos servirá para visitar aquellas películas que sirvieron como marco de toda una época y de un tipo de cine en particular que ha llegado incluso a bautizar con su nombre una definición de la RAE, Berlanguiano. Desde el drama rural al surrealismo urbano, desde la comicidad absurda a la reflexión inquietante, desde los tics decimonónicos a la España moderna, Berlanga es el salvaje cronista de una época marcada por el peso asfixiante de la dictadura y su conversión gatopardista hacia una democracia. Padre confeso y no buscado de productos relativamente actuales como Amanece, que no es poco (José Luis Cuerda, 1989), las corrientes que Berlanga abrió sirvieron para airear una plaza pública española agotada por el peso de la censura y de un cine de marcada casa falangista, pero también para llevar el testigo cinematográfico hacia productos actuales que beben directamente de sus obras.

Este artículo servirá para iniciar el primero de una serie dedicada al cine de Berlanga, y lo haremos a través del análisis de sus principales películas a través de una filmografía que recorre la historia de España desde lo más negro de la dictadura franquista hasta los pletóricos años 90. A su vez, esta serie servirá para entender los principales lazos que unen a sus distintas películas, para comprender las claves de un cine que florecerá arropado por la dictadura, pero en constante oposición a esta, y también para adentrarnos en los mecanismos del séptimo arte gracias a los cuales Berlanga consiguió hechizar a varias generaciones de españoles.

Cuando se estrenó el primer largometraje de Berlanga, España llevaba catorce años de franquismo a sus espaldas, hacía ocho que la Segunda Guerra Mundial había llegado a su fin y seis desde que Estados Unidos tomó las riendas de la reconstrucción del continente europeo con la llegada de fondos americanos bautizados como “El Plan Marshall”. España era un país seco y miserable, ahogado por las deudas, la pobreza y un régimen cuartelario que mantenía a un dictador en la cúspide de una sociedad marchita. Y cuando parecía que el país estaba a punto de estallar por la inanición dictatorial de un fascismo que no tenía sentido en los años 50, llegaron los americanos para salvarlo.

Bienvenido, Mr Marshall es considerada hoy día una de las joyas maestras de nuestro cine. Más que una reliquia histórica, la primera película de Berlanga estrenada en 1953 es observada, en cambio, con esa fascinación que transmiten los clásicos que permiten seguir abriendo nuevas grietas a la realidad a medida que acumulan visionado a sus espaldas. El relato de una España empobrecida y los altaneros americanos sigue despertando fascinación, simpatía, comicidad y un relato fascinante de una época que ha intentado olvidarse constantemente como la niñez castigada de un país que pocos quieren recordar.

La película se inicia con una constante que palpitará en todas las películas posteriores de Berlanga. Las primeras imágenes de la película nos mostrarán un pueblo de provincias, Villar del Río, dejado de la mano de dios, de las obligaciones del estado y de la propia esperanza de sus habitantes, que viven sus vidas sin apenas sobresalto, cosecha tras cosecha, año tras año, viendo crecer sus plantas y sus hijos sin esperar nada de la vida ni de su país. Su alcalde, un magnífico José Isbert en el traje de un gobernador que no entiende qué gobierna, gestiona un pueblo que no necesita de gestiones mientras las fuerzas vivas de este se encargan, en cambio, de dirigir la aldea sin que sus habitantes entiendan tampoco por qué. Toda esta calma saltará por los aires en el momento en que reciben la noticia de que los delegados americanos se van a pasar por allí y todo el pueblo tendrá que ponerse manos a la obra para dedicarle a los americanos una cálida acogida para cuando lleguen. Sorprendidos por encontrarse en el lugar adecuado en el momento adecuado, la tonadillera Carmen Vargas y su representante Manolo, Lolita Sevilla y Manolo Morán, respectivamente, se embarcarán en dicha empresa por intereses más de él que de ella a la hora de representar el oportunismo de algunos sectores sociales de la época que no dudaban en saltar al carro de esa dictadura corrupta.

Si algo caracteriza al cine de Berlanga es su enraizamiento histórico, puesto que, como veremos en los siguientes artículos, todas sus películas estarán marcadas por su adscripción a la realidad histórica que vivirá España durante toda su filmografía. Berlanga no pretende ser un cronista de su tiempo ni tampoco un redactor que subraya la realidad para contar una historia, sino únicamente insertar su cine en la línea de desarrollo que marca su vida diaria. No es difícil ver en esta película esa aldea castellana abandonada y olvidada que es España, esas fuerzas vivas formadas por las autoridades religiosas y políticas que gobiernan el pueblo como lo hacían sus altos representantes con el estado, la pobreza de sus gentes es la pobreza del país entero y la presencia abrumadora que imponen los americanos con sólo ser nombrados es también el reflejo de la tremenda inferioridad de un pueblo español abrumado por un país tan diferente a esa España negra. La crítica hacia ambas autoridades estaba servida, pero la presencia de la cantante Lolita Sevilla como una de las grandes protagonistas de la cinta, sus diálogos ágiles salpicados de comedia costumbrista y absurda y el reclamo andaluz tan en boga en la España de Franco pasaron por delante de una carpetovetónica censura franquista sin apenas levantar ampollas.

Genio virtuoso en un rodaje tanto en exteriores como en interiores y autor de un guion a tres manos entre él mismo y dos gigantes más como son Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura, Luis García Berlanga inició una carrera meteórica que lo llevaría a firmar algunos de los guiones más ácidos de nuestro cine. Premiada sorpresivamente en el Festival de Cannes con dos premios, Bienvenido, Mr Marshall sorprendió a propios y extraños en aquel lejano 1953.

Si algo se le puede reprochar a la película es la ralentización que sufre en determinados momentos cuando los protagonistas recrean escenas del oeste que, si bien son reflejo de todo el americanismo que destila la cinta, hacen que perdamos parte del hilo argumental de esta. Es curioso el retrato que se hace de los estadounidenses en la película, seres dibujados desde el mito a través de estereotipos y de imágenes construidas por cada uno de los protagonistas que van desde el horror hasta la fascinación, pero jamás desde la plasmación real del americano en la cinta.

Es adecuado, pues, el final de la película, ese momento en el que la gente, preparada para recibir con aplausos, música y calor español a los americanos, simplemente ve cómo sus coches blindados al populacho atraviesan el pueblo en pocos segundos y se pierden entre la polvareda de las tierras castellanas para no regresar jamás. El desprecio evidente de una gente para quienes los españoles y España no eran nada más que un peón más en el ajedrez mundial es incuestionable. La delegación americana desaparece en pocos segundos sin apenas reparar en todo lo que se ha montado para recibirles y el pueblo, herido, pero apenas consciente de lo que ha ocurrido, regresa a sus quehaceres, a su día a día, a su vida dejada de lado durante ese frenesí y a tomar de nuevo el papel secundario al que España tenía que ser sometida en aquellos años extraños de la Guerra Fría.

Javier Alpáñez

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