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La temporada de primavera ha llegado ya a su fin. Con ella se despiden grandes obras como lo han sido Darling in the FRANXX, Golden Kamuy o Magical Girl Site. Sin embargo, otras continúan como Boku no Hero Academia o Steins;Gate 0. Aun así, la temporada de verano se abre paso para acompañarnos durante las vacaciones con sus propios títulos y obras por ver.

¡No te pierdas nuestras primeras impresiones de la temporada de verano 2018!

El catálogo es extenso y no siempre hay tiempo que dedicarle a todos lo títulos que se muestran en él. Por esta misma razón os traemos una pequeña porción de muchas de las obras que nos visitan estos meses. Porque Island, Hanebado! o How Not to Summon a Demon Lord son algunos de los ejemplos a tener en cuenta, pero también hay otras como Hataraku SaibouHarukana Receive o Angels of Death.

El papel del samurái

El legado histórico en Japón siempre se ha tenido en gran estima. El pueblo nipón ha sobrevivido a grandes guerras y —exceptuando quizás su participación en la Segunda Guerra Mundial— ha salido victoriosa de muchas de ellas. Algo que se ha visto reflejado en un gran número de obras ficticias como Nobunaga no Chef, Kingdom o Vagabond, la sumamente reconocida obra de Inoue Takehiko.

Pero incluso dentro de esos confines siempre hay una figura que se repite. No importa si hablamos de Rurouni Kenshin, Hakuōki o Drifters. El samurai, la figura militar representante de los antiguos Shogunatos, suele ocupar las portadas de la gran mayoría de estas obras. Algo que, por supuesto, no falta en las líneas de Angolmois: Record of Mongol Invasion.

Pero en Angolmois —un término, por cierto, extraído de las clarividencias de Nostradamus y que juega a favor del simbolismo de la obra— el papel del samurái, de Kuchii Jinzaburō, es uno que se encuentra fuera de los términos de honor de dichos guerreros. Kuchii es un exiliado, un samurái sin honor destinado a morir en el frente como último recurso del Shogunato Kamakura ante la temible amenaza mongola. Un giro de los acontecimientos que aporta el primer grano de ficción a una historia de carácter histórico que pretende trazar diferencias en el guion de los acontecimientos escritos en el siglo XIII.

La caída de Tsushima

Y es que la obra pretende narrar, con un ligero cambio, los acontecimientos sucedidos el año 1274, con el intento de Kublai Kan —también conocido como el nieto de Gengis Kan— y sus tropas de conquistar el territorio japonés. Uno que, se conoce, comenzó con el desembarco de su ejército en las costas de Komodahama, Tsushima.

La respuesta de los habitantes de la isla es recordada aún como una de esas hazañas que, al igual que la del rey Leónidas y sus fieles espartanos, sirvió para enmarcarse en los libros de texto pero nunca como salvación. Y es que lo 80 guerreros japoneses cayeron con suma facilidad ante los más de 20.000 hombres mongoles, chinos y coreanos que formaban las tropas del Gran Kan. Un mérito, si se puede considerar como tal, en el que la obra pretende sumergirnos con ciertos tintes de ficción en los que, se intuye, la pequeña formación japonesa conseguirá responder al ataque de sus conquistadores.

Sin embargo, el revisionismo que realiza sobre el marco histórico en el que se pinta la obra tampoco es un mal planteamiento para tratar la crudeza y la muerte. No es algo ajena a ella, desde luego, y es que sus primeros compases ya se ven teñidos por la misma, remarcando la naturaleza de los exiliados —samuráis, pero también bandidos y piratas entre ellos. Pero si los giros se enfocan en la caída de los soldados nipones podríamos contar con una historia capaz de desencajarse del estándar actual.

No hay honor en la muerte

No obstante, el honor japonés reinante en la serie apunta a que sus tintes oscuros no acaben quizás con su plantel, pero si se encargarán de convertirse en mecanismo de tortura. Igual que en esos primeros compases que mencionaba, Angelmois no teme en demostrar que la guerra es algo más que aquello que se muestra en los tapices de los terratenientes y señores

No hay honor en la muerte y el guion de la serie es más que consciente de ello. Mientras que las tropas del Shogunato siempre fueron reconocidas por su honor en la batalla, es conocido que el ejército mongol no contaba con esa misma mentalidad. Algo que se demuestra en la aplastante derrota del clan Sou ante su primera carga —algo que la obra consigue adaptar con cierta gracia, representando las lluvias de flechas mongolas y sus estrategias de guerra, capaces de acabar con los experimentados jinetes nipones— y él como sus enemigos no dudan en empalar a sus representantes para minar la moral enemiga.

Tampoco duda en hacer uso de ella con las pilas de cuerpos de civiles ardiendo en la playa o con la promesa a los campesinos de recuperar a sus familias si entregan a sus compatriotas. Una serie de detalles que suman mucho al trasfondo de una obra de innato carácter oscuro, donde el pánico creado por las escaramuzas nocturnas parece convertirse en la única forma de garantizar, quizás, la supervivencia un día más.

Incluso si Angolmois decide dejar de lado el rigor histórico y brinda el poder al escaso grupo protagonista todo apunta a que el filo de sus espadas se encontrará tintado con un veneno capaz de extenderse a lo largo de toda la obra y que promete ofrecernos algo más crudo que heróico. Porque siquiera su propio protagonista cuenta con la heroicidad de Minamoto no Yoshitsune, por mucho que vista su armadura.

Crudeza reinante

Con todo, es innegable que Angolmois cuenta con ciertos factores críticos para hacer de su historia algo más que interesante. Tanto el propio Kuchii como la princesa Teruhi son personajes fuertes y llenos de valor, pero que actúan sin arrojar sombras sobre el resto de exiliados que acompañan al ex-general, cada uno de ellos con su propia personalidad y, por supuesto, con un propósito que dista mucho de convertirse en salvadores de la pequeña isla.

Por otro lado, la crudeza de sus líneas se ve acompañada por una correcta, cuanto menos, animación que corre por cuenta de NAZ y Takayuki Kuriyama, dos nombres que aún intentan abrirse paso en el medio —aunque Kuriyama ya es reconocido por su trabajo en RE: Creators— pero que apuestan con fuerza siguiendo la evolución de la obra. El trabajo de Masayori Komine en el diseño de personajes encaja a la perfección con el guion de Shogo Yasukawa, creando así una relación de reciprocidad que apunta a dar buenos resultados.

Como poco, destaca ya en estos primeros compases la coreografía de los movimientos —algo que además se denota especialmente en cómo cambia en el caso de Kuchii, según empuña una tachi o una katana— en la batalla o en la potencia de las cargas durante los enfrentamientos abiertos entre ambos bandos. Algo a lo que se suma la estética cruda de la obra y la superposición de la trama con la que cuenta junto al perfilado de sus líneas.

Aunque queda mucho por ver Angolmois: Record of Mongol Invasion ha conseguido destacar con su revisionismo histórico sobre otras obras de formatos más comunes. Solo su evolución puede dictaminar el futuro de la obra, pero por el momento todo apunta a que se encuentra muy por encima del futuro de Tsushima y sus habitantes.

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Óscar Martínez

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