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LA AVENTURA DE LOS GAUDÍ

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Desde el auditorio del Fòrum CCIB en Barcelona, a partir de las 18:45 (hora un tanto extraña ante ese absurdo intento de europeizarse), tuvo lugar la ceremonia de los 13 Premios Gaudí del cine catalán. Una ceremonia que pilotaba en torno al gran referente de galas de este año, la excelsa celebración de los Goya, y que atrasada en el calendario, buscaba con honestidad valorar y premiar el cine catalán. Un cine, cuyos premios tuvieron que acusar en la edición pasada un sonado oportunismo, para limpiar las carencias de una industria en declive. Y lo cierto es que ese es el estado de un cine que antaño lo fue todo en la redefinición de la industria española durante la transición. Motivos varios atisban la necesidad de una redefinición, una reconfiguración, establecida en torno al centralismo de Madrid, y las nuevas y potenciales descentralizaciones. No podemos dejar de valorar que el clima de inestabilidad política en los últimos años ha empañado el bienestar de  un cine, de fuerte identidad, aunque Isona Passola continúe, en parte, exteriorizando el conflicto, en un discurso que debería reelaborar, para evitar reiteraciones y motivos ya agotados. Nadie duda de su valentía y coraje para liderar una Academia que admirablemente ha crecido en muy poco tiempo, pero también se advierte la necesidad de unas nuevas voces, miradas, que reafirmen y se adapten al devenir presente. Isona, por desgracia, acusó un discurso tan alargado como anquilosado en sus reclamaciones y reflexiones.

Vicky Peña entregándole a Carme Elías el Gaudí de honor.

Al margen de ello, hay que aplaudir y mucho, dejando de lado este dudoso cambio de fecha, la honestidad y el enorme esfuerzo que ha emprendido la Academia para garantizar el desarrollo y el valor de unos premios, que han funcionado en su selección, sus nominaciones, y en su colofón final, esa gala presencial absolutamente remarcable, que ha repartido el palmarés ante un año tan repartido. Una ceremonia que garantizó una escaleta precisa y contundente. No hubo maestro de ceremonias, pero nadie lo echó en falta, dado el dinamismo y el buen hacer de las diversas intervenciones, musicales o humorísticas. Los sketches en forma de vídeo atinaron con inteligencia, y encajaron de manera orgánica en el devenir presencial, de igual modo, que fue una auténtica delicia ese In Memoriam grabado con la deliciosa música de Maria Arnal y Marcel Bagés. Del mismo modo, no podemos dejar de mencionar la cuidada estética y la presentación íntima y acertada del Gaudí de honor, por parte de Vicky Peña y Claudia Pinto, a una elegante, en sus palabras, Carme Elías. En definitiva, más allá de peros concretos y ciertas indefiniciones, fue una de las mejores galas de la historia de estos premios.

Candela Peña recoge el galardón a la mejor protagonista femenina por su trabajo en La boda de Rosa.

Sobre el palmarés, pocas pegas, y varias sorpresas. Repartido como repartido ha sido el año, ante la posible polarización del mismo por parte de dos títulos: La vampira de Barcelona y Las niñas. Ambas premiadas, y valoradas como las mejores películas del año (en lengua catalana y en lengua no catalana, respectivamente), pero sin acumulaciones. La primera cosechó 5 galardones: el citado mejor película en lengua catalana, mejor dirección artística, mejor diseño de vestuario, mejor maquillaje y peluquería y mejores efectos visuales. La segunda 4: mejor película en lengua no catalana, mejor dirección, mejor fotografía y mejor sonido. Extraño este último premio al no resultar ni de lejos lo mejor de esta extraordinaria película, que parecía más destinada a recoger otros galardones, como el de guion, que fue a parar a una de las grandes sorpresas de la gala, My Mexican Bretzel, poético e ingenioso ejercicio experimental, que hizo pleno en sus nominaciones: mejor guion, mejor montaje y mejor película documental. Como ya he mentado, premios para casi todos, las nominadas a la categoría reina se llevaron un premio cada una: Sentimental (mejor actor secundario para Alberto San Juan), La boda de Rosa (mejor protagonista femenina para una siempre elocuente Candela Peña) y Adú (mejor dirección de producción). También cabe destacar el premio a mejor protagonista masculino para el ausente Mario Casas por No matarás, la enorme alegría del galardón para Verónica Echegui, mejor actriz secundaria por su enorme trabajo en La ofrenda, el inesperado premio para Niño de Elche por la mejor música original para la película protagoniza por él, Niño somos todos, el galardón europeo para Ken Loach por su irregular película Sorry We Missed You, y dos premios muy políticos: mejor película para TV, La mort de Guillem y mejor cortometraje, Ni oblit, ni perdó, sobre el caso Guillem Agulló. Mención aparte merece el incoherente premio del público, que no representa para nada el sentir del público catalán, ya que, si revisamos el historial de este joven galardón, es el premio a las redes sociales (dado el margen que otorga por su carácter online), y este año no fue la excepción, una película muy pequeña Les dues nits d’ahir (nominada por falta de competencia como mejor película en lengua catalana) fue la receptora del galardón. Se advierte un necesario replanteamiento de un premio que no responde para nada a su denominación.

De esta manera, dibujado este plantel, y alabado el enorme trabajo puesto en esta notable ceremonia, advertimos cambios, cambios muy positivos, y talento, mucho talento, para este esperanzador año de cine.  

Alberto Tovar

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