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 El Palomitrón

Ahora que el panorama audiovisual patrio parece enfocar su mirada hacia la más que recomendable Arde Madrid, conviene recordar más que nunca la figura de Luis Buñuel. El, probablemente mejor director español de la historia, como Ava Gardner, como Carmen Sevilla y como Lola Flores, también frecuentaba la coctelería Chicote de la Gran Vía madrileña. Se dice, se cuenta y se rumorea que el genio de Calanda nunca pidió una sola cuenta. Y no fue por su carácter de celebridad. Por supuesto que no, fue por su arrojo: Buñuel, que tenía el aguante de un cosaco aunque sus hechuras le pudieran como a un sereno, decidía cuándo era mejor dejar de beber y marcharse a casa. Eso sí, el montante total de la ambrosía etílica no lo decidía el camarero de turno, si no el propio Buñuel. Daba igual cuántas copas cayeran, el precio total lo marcaba el director. Y, aún así, siempre le tuvieron como uno de sus mejores clientes. La voluntad, que se suele decir.

Cuando ya casi llovió un siglo y ni el Chicote ni la Gran Vía son los mismos de entonces, la editorial Cátedra desvela esta y otras anécdotas en Luis Buñuel, correspondencia escogida. En el libro, un lomo bien adobado de casi 800 páginas que editan Jo Evans y Breixo Viejo, se recogen varias de las misivas más importantes que se cruzó el director de Belle de jour con personalidades de la talla de Salvador Dalí o André Breton, quienes le quisieron fichar nada más conocerle para su grupo recién creado de surrealistas y con quienes acabó entablando una gran amistad.

Ilustres lustrosos, años vergonzosos

En los ochenta y tres años que vivió Buñuel entre nosotros, a su genio le dio tiempo a escribir cientos de cartas. Y entre los cientos de destinatarios con los que Buñuel se intercambiaba misivas, destacan los surrealistas por pura historia del arte aunque hay otros menos rimbombantes e igual de importantes. Ahí el libro rescata los nombres de Francisco Rabal, Robert Gardner, Alec Guinness o uno que aparece con frecuencia, Ricardo Urgoiti.

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El ingeniero vasco, padre fundador de la CADENA SER y uno de los pioneros de las telecomunicaciones en nuestro país, siempre guardó buen recuerdo del cineasta y así lo plasmaron en su abundante correspondencia durante el exilio del último en Estados Unidos. “Voy a Hollywood con la pretensión de encontrar trabajo, si es posible en los filmes que se hagan sobre España”, le escribe Buñuel en su primera carta citada al empresario, fechada en septiembre de 1938.

Buñuel y Urgoiti, como se explica en las numerosas e ilustrativas notas a pie de página que pueblan Correspondencia escogida, se hicieron amigos contándose las penurias de la tierra añorada y recriminándose mutuamente los períodos de tiempo en los que no se escribían o se contaban con pasividad según qué atrocidades. “Eres un frívolo”, le llegó a espetar el director al ingeniero.

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La mirada perdida y el arte intacto

Más allá del valor histórico de la compilación que presenta Cátedra, que es mucho, el verdadero interés de las cartas que escribe el maestro del séptimo arte pasa por un halo cualitativo más que cuantitativo. Ni el historiador más avezado ni el fan más acérrimo de Buñuel soñaron nunca con ser testigos de manera tan directa de los manierismos del cineasta. Así, por ejemplo, asistimos gracias a una carta fechada en junio de 1929 la reacción de los nuevos amigos de Buñuel, los surrealistas franceses, ante una de sus películas: “La sala estuvo llena. Hubo aplausos y tres o cuatro silbidos al final. Quedé convencido de que la gente odia las casas patas arriba”.

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Este año se cumplen siete lustros sin la rabia del mejor de los realizadores patrios, pero su recuerdo está intacto. Así, Buñuel en el laberinto de las tortugas sigue su recorrido triunfal por los festivales internacionales e iniciativas como el Desafío Buñuel siguen acercando al genio de Calanda a las nuevas generaciones.

Quien haga a bien de hacerse con esta maravillosa compilación de cartas, se encontrará con un hombre tan tosco como brillante y tan genial como malhumorado. Y, al final, un ser humilde y valiente, que supo ver antes que la gran mayoría el poder de transmisión cultural del cine y su capacidad para cambiar nuestra visión del mundo.

Matías G. Rebolledo

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