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Darling in the FRANXX fue una sorpresa inesperada. Mentiría si no reconozco que no hablo de un apelativo personal. Porque su primer capítulo no solo fue una sorpresa a nivel argumental, también fue la primera crítica del medio para la persona que se encuentra tras estas líneas. Más importante aún, fue el primer texto que publiqué junto a este gran equipo.

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Echar la vista atrás ahora, semanas después del cierre de la obra de Trigger y A-1 Pictures, es algo confuso. Porque, para bien o para mal, el viaje del pájaro de Jian —de Hiro, de Zero Two y todos sus actores y actrices— dejó una marca innegable. El guion de Darling in the FRANXX pudo haber sido mucho más de lo que fue. Pero incluso así, siento que la obra es más que la suma de sus partes. Por ese mismo motivo este artículo no pretende enfocarse tanto en una vista general, sino en una introspección a sus múltiples ramas. Un batiburrillo de cavilaciones extraídas del paso por la obra.

El pájaro que no sabía volar

Sola y Solitario se convertía en la primera piedra. No solo como episodio sino también como metáfora, la primera de muchas que establecerían un juego propio. Ese distintivo que, a primeras, parecía querer acercar la obra al trabajo de Hideaki Anno. Pero incluso así, hay un cambio. Porque Evangelion abría con una explosión. Su entrada no era particularmente rápida y hacía un gran trabajo mostrando las calles vacías o los trenes en pausa. Un aviso. Pero incluso así, el Ángel entraba en escena y en pocos segundos reinaba el caos.

Darling in the FRANXX, sin embargo, apuesta por unos tempos más marcados — unos que, pese a mantenerse a nivel de capítulo jamás se extrapolaron a los ritmos del guión. No solo es su lentitud quien la define, sino su promesa. Una invisible que se intuye ya en sus primeras líneas, en una melancólica Zero Two que habla de la fábula china del Jian mientras su propio avatar se dirige al árbol donde todo comienza y acaba.

Pero antes de que la obra de comienzo realmente vemos algo más. Ella suspira y algo se pinta en su ambiente. Strelitzia Awakening sonaría entonces por primera vez, una pieza gloriosa que serviría para identificar al summit de la relación entre ella y su pareja y que marcaría a la obra. Una que hacía lo propio mientras un flash forward nos mostraba los últimos momentos de vida de la chica. Una promesa, de nuevo.

La travesía del pájaro de Jian en Darling in the FRANXX

Una declaración en palabras mudas de que la historia de Darling in the FRANXX no era la historia de la humanidad, sino la de Hiro y Zero Two. La de dos enamorados que vivirían sus vidas con el único sentido de acabarlas juntos. La metáfora de Sola y Solitario pasaría por diferentes fases a lo largo de su extensión. Tu espina, mi insignia, en el capítulo quinto, la homónima Darling in the FRANXX que aparecería por duplicado en su sexta y vigésimo tercera entrega, Castigo y confesión en la décimo cuarta o incluso Para ti, mi amor, en la vigésimo primera. Sin embargo, el verdadero sentido de la cita, tal y como daba a entender en ese primer capítulo, se encuentra en Nunca me dejes ir. Su vigésimo cuarto y último capítulo.

El doble filo del amor

Darling in the FRANXX se limita a girar entorno a la relación entre la pareja. Quizás no sea mejor forma de hacerlo y, sin duda, su introspección pasará por el resto de personajes a lo largo de su extensión. Pero lo que realmente importa en Nunca me dejes ir no es tanto el que ha pasado con la humanidad, sino el cómo volverán a encontrarse sus protagonistas. De la misma forma que Sola y solitario habla de cómo son esas personas, de las que no se espera nada, las que son capaces de lograr algo que se aleja del resto de la humanidad.

El dilema del erizo, la parábola que propone Schopenhauer, aparece en múltiples ocasiones en Evangelion. No es de extrañar porque Anno huye de la ficción para proponer una obra que sirve a su vez como antídoto y veneno contra la realidad. El guion de Darling hace algo similar pero su enfoque, igual que la extensión de la obra en sí misma, tiene una clave mucho más juvenil.

No por ello menos adulto, por supuesto, pero si tiene un enfoque más centrado en lo que esperamos de sus personajes. Y es que la obra tiene cierto carácter implícito de slice of life. Algo incluso más allá de eso, de empezar a grabar y tirar millas. No siempre es fácil detectarlo porque hablamos de Trigger y el público espera ver a los FRANXX salir a pegarse pero la obra contiene escenas más cotidianas que se encuentran dotadas de un importante factor personal. Uno capaz de brillar muy por encima de esas escenas de acción.

Es algo que —sin pretensión alguna de compararlas— me recuerda a la naturaleza de Made in Abyss. A la que se respira en la misma. Hablámos de jóvenes sometidos a una presión sobrehumana, igual que en la obra de Tsukushi hablamos de niños expuestos a terribles crueldades. Así el dilema del erizo no aparece de una forma tan marcada pero se encuentra en cada uno de sus episodios. La relación entre Hiro y Zero Two es la prueba de ello, él como él sigue a su lado a pesar de la naturaleza de ella mientras que la chica hace lo propio con la idea de apropiarse de su vida.

Es una relación tóxica, que evoluciona con el avance de sus acciones y que deja atrás el idealismo propio del medio para ofrecer algo más sincero, más real. Y no es la única forma de demostrarlo. El triángulo amoroso entre Goro, Ichigo y Hiro —que también tiene esa representación metafórica en Bomba triangular— no solo está presente a lo largo de toda la obra sino que sus tensiones provocan brechas emocionales. Pero incluso tras el beso de ese fatídico cierre en el episodio catorce, la chica sigue amando en secreto y Goro decide cargar con el peso de su elección. Y no es algo ajeno al resto de personajes. Kokoro y Mitsuru encuentran el uno en el otro un amor fuera de los límites establecidos por la condición del ser humano e Ikuno acaba rota, enamorada de una persona de su mismo género a sabiendas de que ella no coincide con su condición.

Es un punto que se repite una y otra vez a lo largo de la obra. Y quizás su dirección fallase y acabase cayendo en saco roto pero, sobre el papel, Darling in the FRANXX es un gran estudio de personajes antes que una obra de carácter épico, por mucho que la intenten encasillar en ello.

Algo más que títeres

Darling in the FRANXX encaja dentro del subgénero del realismo épico. Un movimiento literario que juega con el hecho de tener que volver a casa después de pasar por una fase ‘épica’. Un contrapeso que en la obra de Nishigori siempre está presente. Es un punto recursivo. Siempre hay una apelación a la vuelta, al hecho de regresar a donde perteneces. Esos momentos en que los personajes salen del FRANXX, observan el horizonte y se opta por la narración en vez de la representación. Algo que, sobre el papel, debería entenderse como algo glorioso, como una referencia a la escena en la que el guerrero observa el campo de batalla y enfunda su arma, empoderado, invencible.

Pero en Darling nunca se trata con esa épica. Es un preludio del retorno a casa, una apelación al realismo épico. Y es en este espacio donde sus personajes consiguen desarrollarse de verdad. Sí, es cierto que a Nishigori le encanta llevar a sus protagonistas al límite —ahí tenemos ese desarrollo del sexto capítulo, cuando se encuentran al borde de la muerte, por ejemplo— pero hay un enorme espacio en los pequeños momentos. Porque sus personajes tienen libertad para ser humanos, para obrar como humanos.

Pero es que además, Darling in the FRANXX tiene un núcleo argumental basado en sus personajes, en sus relaciones y evolución. La obra, entre sus cuatro paredes, es un estudio de la humanidad. Un intento del Dr. FRANXX por recuperar aquello que él mismo llevó a la destrucción. Los chicos y chicas viven solos, apartados y sin acceso a tecnología. Sus conocimientos son limitados y el sexo no solo es un tabú sino que es un elemento que desconocen por completo. Todo en la obra está pensado para reforzar una emoción humana, porque solo un humano puede pilotar a los robots.

Hay un esfuerzo constante. Porque la premisa general juega con la idea de deshumanizar a los niños (los códigos numéricos, su clasificación como estambres y pistilos…) pero la propia obra se esfuerza en demostrar lo contrario. No solo lo hacen ellos, sino que su propio argumento fuerza la idea. Tenemos la rebelión de Hiro, que se niega a convertirse en un títere —y de nuevo, ahí está Títeres de combate o Los días de nuestras vidas con esa cita que decía «en la vida hay más cosas que pilotar FRANXX»— pero es que él parte de una idea propia. Algo que ya se cocía en momentos como en el que Zero Two le ofrecía escapar a solas en sus primeros capítulos — algo que, de nuevo, refuerza la realidad de que la obra gire entorno a su relación y no sobre su mundo.

Pero ese pensamiento que se entiende como algo innato en su protagonista se acaba traspasando a sus compañeros y ahí sí que hay un proceso. Tenemos esos momentos iniciales, en los que se utilizaba la tensión interpersonal, los juegos de sombras y luces, para demostrar las brechas entre personajes. Las reuniones en la pequeña casa servían como introspección. Primero para el desarrollo de su argumento si lo entendemos como un experimento del doctor, pero luego también como un punto de exploración externo para nosotros, el público.

Sí, al final los FRANXX siempre salen a pelear pero incluso así, el espectáculo militar suele hacerse a un lado para realizar una reflexión. No solo está ese factor que mencionaba antes sino que, además, la serie juega con la idea de la sincronización, con el hecho de que solo los pilotos que consigan conectar entre ellos puedan realizar realmente su trabajo. Pero entonces entran las disonancias entre personajes. Porque, de nuevo, son humanos.

E incluso en esos momentos en los que los parásitos salen a combatir nos encontramos con un trasfondo antropológico, donde siempre priman las personas y no los FRANXX. Sus victorias son siempre pírricas porque, aunque ganen la batalla, no sienten haber logrado nada. Ni siquiera han combatido por motu proprio. La foto del antiguo escuadrón que encuentran no es más que un recordatorio de que cada vez que los robots salen al exterior no es un seguro, sino un sentencia de muerte.

El viaje del héroe

Y esto lleva a hablar de Joseph Campbell y su teoría del ‘monomito’, el recurso conocido como el viaje del héroe. Y es que Darling in the FRANXX, como cualquier obra de su género, pasa por una serie de metas que la definen. Pero, incluso más importante, definen el carácter y evolución de sus personajes. Según Campbell, el héroe (en este caso podríamos postular tanto a Hiro como a Zero Two en esta categoría) pasaría por una serie de indicativos generales. El ansia de ambos personajes por encontrar a su Jian podría considerarse como la “La llamada de la aventura” mientras que los FRANXX podrían encasillarse fácilmente como la “La ayuda sobrenatural”.

Sin embargo, el guión de la obra parece atentar contra sus propios estándares y huye de los tópicos que formula Campbell. Porque Darling juega siempre con unos valores establecidos y el más remarcado se resume en una sola pregunta: ¿porque luchan? No solo es algo que Hiro plantea a lo largo de su extensión sino que se pretende inculcar en el espectador desde el primer minuto. La respuesta más simple sería que lo hacen por salvar a la humanidad, pero hablamos de una sociedad que no quiere ser salvada.

Volviendo al punto anterior, Hiro, Zero Two y el resto de personajes son cosificados completamente. Pero si en Evangelion era el EVA quien deshumanizaba a Shinji, aquí son los propios humanos. No solo son los miembros de APE sino incluso los propios pilotos quien lo hacen. Y sí, la idea es similar, aunque Papa es un personaje mucho más difuso que Gendo Ikari y, desde luego, no tiene ni una milésima parte de su carisma, pero la mayor diferencia está en que los pilotos, en este caso, nunca aspiran a ser héroes.

La travesía del pájaro de Jian es una mucho más egoísta, que mira por sus propios intereses y jamás por el de sus superiores. Ellos jamás mencionan el hecho de ser héroes. Solo hacen lo que se les pide y su guión cuenta con alusiones a la libertad cada pocos capítulos. La evolución marcada de Hiro les lleva a una situación límite. Él jamás piensa en abandonar a Zero Two y, al final, su relación es lo único que importa. Es por eso que, antes de que las líneas de su guión caigan finalmente, el momento en el que el chico declara la guerra a APE, a la humanidad, resuena a lo largo de todos los episodios anteriores.

Nunca me dejes ir

Pero entonces Darling in the FRANXX cae por su propio peso. No es el espacio para hablar de ello pero lo cierto es que, sin necesidad de desgranarlo, el giro argumental que realiza de forma tan forzada choca con el trabajo que había realizado en su evolución. Pero también se convierte en sinónimo del summit emocional de sus personajes.

El hecho de que Zero Two se sacrifique de la forma en la que lo hace significa que ha alcanzado lo que ella buscaba, se ha convertido en humana. Pero sigue siendo algo egoísta, porque ella solo se sacrifica por salvar a su amado. Y cuando Hiro decide lanzarse al espacio para rescatarla vuelve a demostrar hacerlo solo y únicamente en beneficio propio. Porque Darling in the FRANXX, por encima de todo, es una historia de amor.

Y sí, el resto de personajes se lanzan a ayudar a Hiro y es el prólogo de una escena preciosa —incluso con sus traspies— pero todo lo que logran sus protagonistas es una extensión de su amor. Y es aquí donde reside la verdadera fuerza de su historia, porque es esa, su historia, la que se extiende a lo largo de todo su plantel. El cuento que sirve a su vez como metáfora tiene un final feliz, pero lo escriben ellos mismos.

Son ellos quien deciden sacrificarse, pero por encima de esa decisión, son ellos quienes enseñan a amar al resto. Su final es efímero. Nadie conoce su victoria y la amenaza ya era tan lejana que podría haber tardado generaciones en cumplirse. Pero su verdadera heroicidad es la de enseñar. El legado que la Princesa Klaxosaurio traspasa a ellos y que luego legan al resto de la humanidad. Porque son Hiro y Zero Two quienes acaban con el ciclo que pesaba sobre la Tierra.

Amor y muerte. Es simbólico, no importa como se mire. Pero al final Darling in the FRANXX es la suma de sus muchas partes. Su simbología, sus metáforas, la evolución de sus personajes. Pero también la acción desenfrenada de Trigger, la composición de Asami Tachibana o la dirección de Nishigori. Y por eso la última metáfora, la del pájaro de Jian, es tan importante.

Porque, pese a todo, Hiro y Zero Two logran lo que siempre han buscado. No queda nadie que pueda recordarlos y quizás sus nombres ni siquiera hayan pasado a la posteridad. Ellos fueron la primera piedra, no por sus hazañas sino por quienes fueron, pero la obra no se digna a permitirnos saber si realmente se les recuerda o no. Al final, su despedida, me suena a su inicio. Al desconocimiento, a esa maestría en el arte del worldbuilding donde tiene más presencia lo que desconocemos a lo que podemos ver.

Cuantos años han pasado, que ha sido de la humanidad o en que se han convertido sus compañeros. Todo eso no tiene ninguna importancia. Porque al fin y al cabo, todo lo que importa y lo que ha importado siempre es que el pájaro de Jian se ha conseguido unir de nuevo para alzar el vuelo. Sin FRANXX, sin combates, sin niños. Todo lo que hay es todo lo que necesita, un enorme cielo en el que desplegar sus alas.

Óscar Martínez

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