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Crítica de Okko, el hostal y sus fantasmas destacada - El Palomitrón
ANIME / MANGA CRÍTICAS REDACTORES

OKKO, EL HOSTAL Y SUS FANTASMAS

No me tiembla el pulso al afirmar que Studio Ghibli es sinónimo de calidad en todos los sentidos: desde la narrativa hasta la animación, pasando por personajes inolvidables que su creador Hayao Miyazaki ha dejado en nuestras vidas durante décadas. Sin embargo, sus ex animadores están prosperando fuera de las puertas de la casa que los vio nacer como artistas, un hecho que cada día es más presente ya que éstos pretenden demostrar todo lo aprendido más allá de los límites de Studio GhibliUn acto de valentía que en esta ocasión lleva la firma de Kitaro Kosaka, quien había trabajado en películas de Ghibli como El viento se levantaEl viaje de Chihiro y Nausicaä del Valle del VientoTras dejar la casa que le vio nacer, Kosaka ha hecho su propia apuesta en el mercado y lo hace con Okko, el hostal y sus fantasmas. Una encantadora y extravagante historia de fantasmas que llegará a nuestros los cines este año y que cuenta en su haber con multitud de premios y reconocimientos a nivel mundial.

Tras estar 19 semanas seguidas en la taquilla nipona, Okko, el hostal y sus fantasmas llegará el próximo 31 de mayo a nuestras pantallas de la mano de Cinemaran. Una distribuidora española que ha apostado por el talento japonés de Kitaro Kosaka quien ha demostrado estar a la altura de las producciones de Studio Ghibli reinventando así su propia fórmula. Una cinta que cuenta, además, con el guion de Reiko Yoshida y con el apoyo de producción de Madhouse, dejando así un staff bastante potente en términos de calidad. Un staff que ha conseguido encantar a la crítica a nivel global contando con premios como “Mejor Animación” de la Academia de Cine de Japón en 2019 y en los 73 premios Mainichi 2019, entre otros.

Crítica de Okko, el hostal y sus fantasmas escena 1 - El Palomitrón

Okko, el hostal y sus fantasmas nos sumerge, de una manera sutil aunque a su vez bastante directa, en la vida de una joven llamada Okko. Tras perder a sus padres en un accidente automovilístico, Okko comienza a vivir con su abuela en el campo, que dirige un ryokan de aguas termales; una posada tradicional japonesa. Allí, la joven no sólo estará rodeada de algunos de sus familiares y futuros amigos, sino que también estará acompañada a lo largo de la historia por unos fantasmas amistosos que la ayudarán a acostumbrarse a la vida del ryokan y labrarse, poco a poco, en el oficio de la hostelería para así poder ser la futura propietaria después de su abuela. Un periplo en el que tendrá lugar la acción de la película y cuyos retazos podrían definirse como episodios de crecimiento; episodios que tendrían un mejor desarrollo, y por lo tanto un mejor clímax, en la ficción de las series.

A pesar de este pequeño detalle, la película cumple con su objetivo y logra transmitir aquello que Kitaro Kosaka pretendía con la traslación de la novela original de Hiroko Reijo: «Los comportamientos egocéntricos de individuos y naciones en estos días crean conflictos aquí y allá; sin embargo, una de las empresas que no puede sobrevivir con tales actitudes es la industria de la hospitalidad. La satisfacción del cliente gira y se convierte en el beneficio del negocio, pero antes de eso, las dedicaciones a los demás podrían sacar la mejor fuerza de las personas, y creo que ese es el gran encanto y valor de los seres humanos». Un objetivo centrado en la energía y valor vital de las personas que se ve perfectamente representado en la figura de Okko y que, gracias al desarrollo de la propia cinta, logra impactar en la acción y hacer de ésta un producto de interés para los más jóvenes —aunque también para los adultos menos exigentes—. Un producto de estética kawaii que logrará impactar en nuestras pantallas por su tono aunque no tanto por su ritmo. Uno que en ocasiones es demasiado lento y que se envuelve en sí mismo para recrear un producto que ya ha tenido su espacio tiempo atrás. 

Crítica de Okko, el hostal y sus fantasmas escena 2 - El Palomitrón

Dejando estos pequeños problemas de lado centrados básicamente en el ritmo y en la composición de la propia película, debemos añadir que ésta posee una serie de factores que harán brillar a Kitaro Kosaka por encima de muchos directores pues no sólo logra adaptar la historia original de una manera realmente satisfactoria y grandilocuente, sino que consigue enmendar ciertos “errores” de la historia original a pesar de otorgar así un toque más “cruento” a la cinta. Un toque que deriva en su trato para con la muerte a través de los espíritus y la superación personal. Okko no sólo ejerce de protagonista en esta ficción sino que además es la herramienta que emplea Kosaka para definir un nuevo, pero ya latente, concepto de “muerte”. Un concepto que hace uso de personajes fantasmagóricos para alegar que no todo acaba tras morir de manera física, sino que hay algo más; algo que hay que buscar de manera personal y, justamente, eso es lo que hace Okko a lo largo de toda la película. De manera vaporosa pero segura, Okko emprende un camino de búsqueda personal en el que no sólo encontrará la respuesta hacia su futuro en la posada como propietaria de las instalaciones, sino que logrará hallar qué hay más allá de la muerte. Un camino que Kosaka ha sabido dibujar de manera realmente brillante y que, a pesar de contar con varios problemas a la hora de situar ciertos acontecimientos, se logra entender y consigue llegar al espectador.

La muerte no es un tema fácil, y mucho menos su tratamiento; pero en esta ocasión estamos ante una cinta que se vale de la propia muerte para situar su acción y a sus personajes de un modo bastante eficaz para lograr llegar a todo su público, desde los más pequeños hasta los más mayores. Porque la muerte es algo que existe, está ahí; y por muy pequeño que seas o muy ciego que quieras estar ante ella, tarde o temprano deberás entender qué es y Okko, el hostal y sus fantasmas cuenta en su haber con una fórmula válida para entender ese efecto que se produce una vez nuestro corazón deja de palpitar. Los diferentes casos que ocurren a lo largo de la historia, la relación de Okko con los fantasmas, los personajes que le ayudarán a crecer y entender su situación e incluso el propio oficio de hostelería serán las herramientas que Kosaka empleará para hacer válida su fórmula y, aunque no logre cautivar a todo el público por igual, lo que está claro es que ha sabido ejecutar en unos 120 minutos de metraje una historia merecedora de ser contada. 

Pero todo esto no tendría el mismo sentido si su puesta en escena no fuese tan efectiva, una que cuenta con el respaldo de Madhouse y cuyo resultado es sublime. No sólo por la estética kawaii que antes citábamos, sino por los colores empleados y la traslación de la acción en pantalla. Un trabajo propio del estudio que dejó nacer Perfect Blue, Hunter x Hunter o La chica que saltaba a través del tiempo, entre otros; y que de nuevo ha sabido captar la esencia buscada por el director. Una esencia que recae en tintes de Studio Ghibli pero con un lavado de cara que la hace merecedora de firma propia y estilo innovador sobre el medio.

Tal vez Okko, el hostal y sus fantasmas no logre cautivar a todos los espectadores por igual, pero siempre tendrá un cálido abrazo para todos aquellos que le den una oportunidad. Un abrazo que, en ocasiones, estará respaldado por la propia muerte; en otras por un periplo personal que tendrá un significado diferente para cada espectador; y en otras, tal vez, esté aderezado por esos fantasmas que siempre nos acompañan allá donde vayamos. Seguramente su forma, ejecución y ritmo hagan de ella una cinta mucho más atractiva para jóvenes que para adultos; pero lo que está totalmente claro es que Kitaro Kosaka ha sabido impregnarse del espíritu Ghibli y al igual que Hiromasa Yonebayashi conquistó nuestras salas con Mary y la flor de la Bruja, Kosaka conseguirá un resultado similar con Okko, el hotel y sus fantasmas. Una historia sobre la muerte a través de lo más inocuo de la lozanía.

LO MEJOR

  • El debut en solitario de Kitaro Kosaka tras su salida de Studio Ghibli. 
  • La posibilidad de disfrutar de la historia original de Hiroko Reijo en otro formato diferente a los existentes hasta el momento.
  • La presentación de “la muerte” en una ficción tan jovial logrando ser el personaje principal. 
  • Una animación kawaii sustentada por el músculo técnico de Madhouse.

LO PEOR

  • El ritmo de la propia historia.
  • La traslación de la trama en formato episódico

Marisol Navarro

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Publicista aficionada de las películas, las series y el manganime. No tengo un género preferido, pero todo lo gore me apasiona. Me encanta viajar, y si algún día consigo ir a Japón sin duda para el trayecto tendré preparada toda la obra de Sui Ishida.