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BIBLIOTECA: TIEMPOS DE NINGUNA EDAD

Cuán cierto es que el sueño de la razón produce monstruos. La máxima goyesca bien sirve para ilustrar y articular el nuevo trabajo literario de Antonio Santos, Tiempos de ninguna edad: distopía y cine, publicado bajo el sello Signo e Imagen de la editorial Cátedra. Antes de aventurarnos en este tomo, cabe mencionar el que lo precede, Tierras de ningún lugar (Cátedra, 2017), en el que Santos abordaba el “reverso luminoso” de la distopía, que es a la vez quién la origina: la utopía.

Tiempos de ninguna edad abre con un capítulo que relaciona la eutopía (entendida como una utopía en su vertiente positiva, además de inalcanzable) con la distopía. Ambas se intersecan en tanto en cuanto parten de unas bases comunes a la par que contradictorias que evolucionan en la perversa distopía. Así, donde una representa el bien, la otra representa su opuesto. Pues como alude el propio autor citando al filósofo José Luis López Aranguren, “la utopía es hermosa para soñada, pero terrible cuando realizada.”

El amplísimo estudio de Antonio Santos abarca algo más de 500 páginas, en las que hace un recorrido cronológico y temático por la literatura distópica y sus consiguientes adaptaciones. Llegados a este punto merece la pena citar textualmente a Santos en su definición de estas utopías indeseables o tiempos de ninguna edad, que “no nacen de la fantasía caprichosa o de la fantasía desocupada; antes bien, continúan explorando las amenazas y las contradicciones que se ciernen sobre nosotros, aquí y ahora.” Para introducirnos en el género distópico, tan de moda hoy en día, hemos de retroceder a los años 20 y 30, con cintas tan adelantadas a su tiempo como Aelita, la Metrópolis de Fritz Lang o Tiempos modernos de Chaplin. Hablamos de cine mudo y en blanco y negro que ya anticipaba y advertía del sometimiento y la falta de libertad de los sistemas totalitarios (de los que era reflejo y denunciante), y la tiranía de las máquinas, tan pronto maravillosas como generadoras del control y la dependencia más despiadadas en su exceso.

El análisis individualizado de los grandes exponentes distópicos que nos ha dado la ficción, permite ir sentando las bases de las que beben las sucesivas obras que han llegado hasta nuestros días. El Gran Hermano de 1984, la destrucción de la cultura y el pensamiento mediante la quema de libros en Fahrenheit 451, o la psicología conductista en La naranja mecánica. La imperfección de estos mundos es la antesala de otros en los que los hombres conviven con las máquinas, ayudados por estas juegan a ser Dios, y la vida humana se devalúa al servicio del espectáculo; Blade Runner, Minority Report o Los Juegos del Hambre forman parte de la filmografía relacionada. La sociedad biónica aparece representada en El hombre bicentenario o I.A.: Inteligencia Artificial, mientras que la humanidad busca nuevas vías de organización o escape en la saga Divergente o Ready Player One. Por su parte, las demodistopías sacan a colación las consecuencias negativas de la globalización: la eugenesia, la eutanasia, la superpoblación o el camino a la extinción se tratan en ficciones como Gattaca, La isla, Hijos de los hombres o El cuento de la criada. Otras distopías aguardan al apocalípsis, se basan en el nazismo, sitúan a la especie humana en nuevos mundo más allá de la degradada Tierra (Wall-E o Elysium), o contemplan una serie de pasados históricos alternativos, como es el caso de la popular serie The man in the High Castle. Por último la bestiópolis también tiene cabida en el libro, pues a través de Rebelión en la granja, El planeta de los simios o Antz (Hormigaz) las fábulas se asientan como parodias moralizantes de nuestras propias sociedades.

Tiempos de ninguna edad constituye un extenso viaje por el género distópico, un repaso que va desgranando sus axiomas a través de la literatura, el cine y la televisión. La estrecha relación de este tipo de temáticas con los debates y preocupaciones de nuestro hoy y nuestro ahora, lo convierten en una interesante y reflexiva lectura; una retrospectiva que además siembra en el lector las ganas de recuperar (o visionar por vez primera cuando sea el caso) toda la filmografía citada hasta completar la lista.

 

Aitziber Polo

 

 

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Criminóloga con sueños de directora. Pisé el cine por primera vez a los dos años. Con siete vi cómo un cocodrilo gigante se zampaba una vaca entera de un bocado en Mandíbulas, y empecé a leer a Stephen King (y así me he quedado). Mi película perfecta tendría guión de los Coen, banda sonora de Zimmer + Horner y plotwist made in Shyamalan.