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UNA APROXIMACIÓN AL CINE DE ANDRÉI ZVYAGINTSEV (VI): SIN AMOR (2017)

Y llegamos al final de esta serie de artículos sobre el director de cine ruso más conocido en la actualidad, Andréi Zvyagintsev. Empezamos un primer artículo sobre su forma de hacer cine, posteriormente explicamos en un segundo artículo su primera película, nos hicimos eco de su evolución en un tercer artículo, descubrimos cómo asentó su nombre y su popularidad gracias a su tercer largo en el cuarto artículo y finalmente encontramos la polémica en un quinto artículo a causa de su cuarta y más polémica película. Acabamos aquí esta serie de artículos con su última película, Sin amor (2017).

No hay una sola familia en las películas de Zvyagintsev que tenga un final feliz, ni siquiera las que parece que lo tendrán. Si hacemos un recuento de todas sus películas, estas son las situaciones familiares a las que él enfrenta sus personajes: dos niños huérfanos que se encuentran con un padre violento con el que sentirán una profunda desilusión (El regreso, 2003), una madre sometida a las decisiones de su marido con todas sus consecuencias (El destierro, 2007), una familia se desgaja para repartirse el dinero necesario para sobrevivir (Elena, 2011), una familia se rompe en pedazos cuando las principales figuras de autoridad se muestran débiles, todo a causa de la voracidad política (Leviatán, 2014) y dos padres se divorcian provocando, sin querer, la desaparición de su hijo (Sin amor, 2017).

Zvyagintsev es implacable con la familia tradicional en Rusia. En sus historias se cruzan múltiples identidades que van desde mujeres que buscan la libertad más allá del asfixiante círculo del matrimonio o que lidian con ella, pero siempre en la sombra a la que les somete la sociedad, niños que buscan respuestas y acaban por destrozar sus vidas sin pretenderlo y padres teóricamente cabezas de familia que, insuflados de una masculinidad tóxica, toman decisiones equivocadas por solitario que los llevan a la perdición de todos.

Hay una crítica directa y constante a la forma en la que está estructurada la familia tradicional en Rusia y el director es capaz de plantear preguntas y cuestionar su continuidad en un sistema quebrado donde el principal objetivo de todos sus personajes consiste únicamente en la supervivencia. Sin amor (2017) es, en este sentido, el culmen de toda su filmografía, una película en la que las familias ya no toman decisiones empujadas y forzadas por su pasado, sus rencores familiares, el estado y el sistema y se encuentran con que ya no tienen a nadie más a quien echar la culpa más que a sí mismos, únicos causantes y culpables de todo lo que les acontece. En esta película es como si, finalmente, el hombre y la mujer que forman esa pareja desestructurada finalmente afrontaran que a nadie pueden echarle la culpa y que ellos mismos son los que han levantado una familia hundida desde el principio, retrato que Zvyagintsev se encarga él mismo de recrudecer con una fotografía gélida, unas interpretaciones magistrales y un guion in crescendo plagado de diálogos afilados en conversaciones tensas que deriva hacia el abismo a medida que avanza la película.

En Sin amor (2017) se narra la historia de un matrimonio en proceso de divorcio y su hijo se convierte en el motivo del conflicto, puesto que ninguno de ellos quiere quedarse con él. La relación entre ambos cónyuges es tan terrible que hacen todo lo posible por no verse en su propia casa a la venta hasta que un día su hijo desaparece cuando ambos no se hallan en casa. Entonces empieza el verdadero conflicto de la película.

Esta película fue ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cannes en 2017 y ese mismo año fue candidata a los Óscar en la categoría de Mejor película extranjera. 2017 fue el año de gloria de esta película con nominaciones de premios en todo el mundo. Acompañada por una banda sonora terriblemente desasosegante, las múltiples capas que atesora la película hacen que, cada vez que la veamos, podamos extraer una lectura totalmente nueva. Desde la farsa que es el matrimonio, el rol masculino de unos hombres cada vez más desorientados, la supervivencia continua que tienen que llevar a cabo las mujeres o la frialdad de una burocracia que, en realidad, ha abandonado a sus ciudadanos hace ya mucho tiempo.

El director, en más de una ocasión, ha dejado claro que él hace películas que buscan profundizar en el corazón de lo que significa la naturaleza humana independientemente del idioma que hablen. Opina que sus películas, obviamente, están ubicadas en Rusia, sus personajes hablan ruso y todo su equipo es ruso, pero el mensaje que quiere transmitir es, en realidad, universal. Sin embargo, en una entrevista, Zvyagintsev fue bastante esperanzador con respecto a este trabajo cuando se expresó en estos términos: “Rusia es un país con un gran número de personas llenas de amor, abiertas y creativas. Estas personas creen que el cambio depende de ellas y quieren hacer cambios a nivel social. Sin amor también habla de aumentar la responsabilidad y la autoconciencia civil, en respuesta a la completa indiferencia que han mostrado el poder y las instituciones del estado. Ahora las personas se responsabilizan y actúan en consecuencia. Por ejemplo, el grupo de voluntarios de la película es una demostración del poder de las olas de amor y creatividad que chocan contra una policía impotente para crear conciencia social.”

Mención aparte merecen todas y cada una de las mujeres que aparecen en Sin amor (2017). A primera vista puede parecer que el papel de la mujer en dicha película obedece sólo a unas pulsiones totalmente egoístas. Sin ir más lejos, Zhenya (Maryana Spivak), la propia madre y esposa que se está divorciando de su marido y abandona a su propio hijo es dibujada como una mujer egoísta que busca sólo su propio beneficio. Es paradigmática la escena del restaurante, donde vemos cómo las mujeres se comportan como seres caprichosos alrededor de hombres que garantizan comodidades y lujos.

El egoísmo de Zhenya, sin embargo, no es aislado, sino paralelo al de su marido Boris (Aleksey Rozin), quien también deja de ejercer sus funciones como padre, por lo que no hay una crítica hacia la mujer, sino hacia el matrimonio como tal. No es, en definitiva, la crítica hacia la mujer lo que se observa en esta película, sino más bien hacia una clase social y una realidad generalizada en la que el egoísmo es parte de la vida social del país tomando el propio título de la película como referencia para entender los actos de las personas: Sin amor. Después de todo, la escena final de la película, en la que una Zhenya que vive lejos de los acontecimientos que ha padecido sale a hacer deporte con la ropa deportiva de su país, resume perfectamente una realidad que, como bien dijo Zvyagintsev, es universal: La bandera es capaz de tapar todos tus problemas.

Javier Alpáñez

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