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UNA APROXIMACIÓN AL CINE DE ANDRÉI ZVYAGINTSEV (III): EL DESTIERRO (2007)

Si en los dos anteriores artículos hicimos primeramente una breve introducción sobre quién era Andréi Zvyagintsev y posteriormente hablamos sobre la infancia en su filmografía a través de su primera película, en este artículo nos adentraremos en su segunda película y otro de los rasgos que definen todo su cine: la violencia.

Esta violencia en todas las películas de Zvyagintsev es perfectamente palpable y la respiramos en cada uno de los planos asfixiantes donde nos lleva el director. Desde el padre violento que maltrata a sus hijos en su primera película evidenciando una violencia pura y desnuda, pasamos a una violencia nunca física ejecutada sobre la mujer y ejercida por toda la sociedad a partir de su segundo largometraje, hecho que se repetirá a lo largo de sus películas evidenciando el lugar reservado para ella en la familia y la sociedad. No debemos olvidar, sin embargo, las múltiples violencias sistémicas que representan las instituciones en sus dos últimas películas. En definitiva, tal y como podemos observar en toda su filmografía, la violencia en sus películas no es sólo física, sino que se manifiesta de muy diversas formas.

Mencionaremos en este apartado la película que quizá mejor representa esta violencia sutil que nos atenaza a todos. Quizá sea El destierro (2007) la única película que toma unos códigos formales mucho más parecidos a otro gran director ruso como es Andréi Tarkovsky. Su fotografía, sus filtros azulados, el silencio de sus personajes, sus diálogos crípticos o su ambiente rural nos remiten a uno de los grandes titanes del cine ruso hasta componer incluso una película en muchas escenas calcadas de los propios formalismos de Tarkovsky que nos llevan directamente a sus películas.

En medio de una naturaleza casi salvaje y aislada de todo signo de civilización, una familia pasa los días en una casa solitaria. Lo que a primera vista pueda parecer una huida de la civilización en busca de paz y calma, nos revela en realidad cómo dicho sistema y dichas violencias que este acarrea viajan siempre con nosotros. Nos es imposible escapar de nuestro propio mundo, al que llevamos siempre con nosotros. El punto de inflexión de la película surge en el momento en que la mujer le confiesa a su marido un suceso inesperado. El marido, dolido, tomará una decisión con respecto a ella, pero sin contar jamás con su consentimiento.

A diferencia del resto de sus películas, más crudas, descarnadas y, aunque sutiles, directas, el hecho de que El destierro (2007) beba directamente de Tarkovsky nos revela un complejo juego de sutilezas que, en realidad, cuentan más de lo que pareciera. La lectura de esta película es precisamente saber ver todos esos hilos que componen el sistema y que mueven nuestros instintos más básicos: la posesión de una persona a causa de una mal entendida relación de pareja, la superioridad del hombre en referencia a una masculinidad tóxica y a un patriarcado asfixiante que lo llena todo, la carga parental que teóricamente los hombres tienen que arrastrar como padres de familia y por la que tienen que responder, la sumisión de la mujer a las órdenes de sus maridos como parte de unas normas sociales que se han de acatar o la irrelevancia de los deseos femeninos como consecuencia de unas reglas sociales impuestas en una idea mal entendida de matrimonio. Al final, quizá todo se remita a una dificultad para entenderse y entender el mundo que nos rodea, a un destierro que habla más de lo mental que de lo puramente físico.

Galardonado su actor principal, Konstantin Lavronenko, con la Mejor Interpretación Masculina en el Festival de Cannes en 2007, la película pasó un poco más desapercibida si la comparamos con su anterior película y ópera prima. De nuevo, cuatro años más tarde, Zvyagintsev regresaría a la primera línea con su nueva película, de la que nos ocuparemos en el siguiente artículo.

Javier Alpáñez

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