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Mejores películas Cannes 2018En la septuagésima primera edición del Festival de Cannes se han proyectado decenas de películas de una selección en la que, en contraste con otros años, han primado talentos emergentes frente a directores de popularidad consolidada. Con todo, la Palma de Oro se la ha llevado Hirokazu Kore-eda con su película Shoplifters, recibiendo así por fin reconocimiento a una carrera brillante. Pero como no todo son películas premiadas, aquí van 6 películas de esta edición del festival que no te puedes perder.

Un couteau dans le coeur/ Knife + Heart

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Un couteau dans le coeur no tarda en descubrir sus cartas: el formato thriller marcado por los crímenes de un asesino enmascarado (armado con un cuchillo-consolador) que comienza a asesinar uno por uno al reparto de una película porno. Frente al salvaje impacto de los crímenes se desarrolla la historia de obsesión y tragedia romántica entre la montadora y la productora de la película. A medio camino entre el thriller y el drama erótico, Un couteau dans le coeur confía en su potente realización para mantener la atención del espectador más desconfiado (dado que no es su estructura excesivamente sorprendente) durante un primer y segundo actos frenéticos y exuberantes donde el escenario (un set porno que funciona como hogar de una familia disfuncional) amplía la dimensión de una película a priori menos destacable.

Casi todos los personajes de la película tienen una presencia destacada, sin importar el peso que tenga en ella el desarrollo de sus tramas. Es, más bien, un refuerzo del carácter alegórico y de la dimensión casi romántica que se da al mundo del porno gay: todos los personajes proyectan en mayor o menor medida sus fantasías, miedos y experiencias personales en el porno. Al final, el tercer acto de la película hunde el planteamiento por dos razones: en primer lugar, formalmente pierde la fuerza que había venido caracterizando a la película desde su primera escena, rebajando el impacto visual de esta hasta una resolución de manual que parece haberse cansado de la deconstrucción del thriller erótico que venía trazando hasta ese punto; en segundo lugar porque opta por exponer de forma excesivamente obvia los temas que trata, perdiendo en su discurso la capacidad alegórica de una película que no explicita sus referencias. Con todo, una cinta sorprendentemente hábil con el material que maneja que justifica su presencia en Cannes.

Burning

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Ha sido la favorita de la prensa especializada desde su première en el festival (no sin razón), y quizás como consecuencia de este aprecio crítico amenazaba en las predicciones con arrebatarle a Shoplifters la Palma de Oro. Al final, Burning se ha ido de vacío en las categorías principales entregadas por el jurado. Sin embargo, no deja de ser una de las películas más sorprendentes de la Selección Oficial de este año: su tempo lentísimo, intencionadamente frustrante en más de una ocasión, permite a Lee Chang-dong construir una adaptación extendida y corregida del cuento original de Murakami que acaba por llevar el material original a un terreno muchísimo más difuso, conceptual y trascendente de lo que se podía extraer del texto.

Es una película que, en la línea del mejor cine coreano de los últimos años, rechaza la impostada exoticidad que parecía requisito obligatorio hace no demasiado tiempo para las películas asiáticas con aspiraciones de triunfar en festivales occidentales. Es quizás esta idiosincrasia y renuncia a adoptar cánones más clásicos lo que hace que la película resultara una experiencia agotadora (si no abiertamente molesta) para un gran número de espectadores que apuntaron hacia un exceso de metraje como la mayor lacra de una película que para el resto resultó fascinante. Sin su constante reafirmación del tempo (espejo de la existencia agotada, confundida y dolorosa de su protagonista), Burning no sería la misma película. 

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Construir todo el guion en torno a una fascinación insana, tornada después en obsesión, por un misterio aparentemente irresoluble que pasa de tener un objetivo físico a ser un viaje psicológico lleva consigo varios riesgos narrativos y formales difíciles de sortear; riesgos como una excesiva dilución del elemento vertebrador de la trama en pro de una exploración total y casi aislada de los personajes, que Burning consigue sortear precisamente gracias a su dominio del ritmo. La transición facilita la (paradójica) comprensión de que no todo (si es que acaso algo) en esta película será comprensible racionalmente o descubierto llegado el punto.

Los personajes se refugian en sí mismos, desaparecen, ocultan información, mienten, investigan infructuosamente y vagan por pasajes contrastados (los barrios ricos de Corea del Sur frente a la humilde granja en la frontera del protagonista) en una película que en ocasiones parece ser retrato de la frustración de toda una generación de jóvenes (representado en el aficionado de Faulkner que es su protagonista) que hunden sus ambiciones en los lazos que les atan a personalidades torturadas, relaciones incomprendidas e imposibilidades materiales. Su propuesta, relacionada en cierto sentido con lo que propone Under the Silver Lake (mencionada más adelante) desde la perspectiva americana, es deconstruir la historia de misterio y hacer de la obsesión por este, y no la resolución última, el elemento principal de la película.

Mandy

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La mitad de la sala abandonó la sesión (parte de la Quincena de realizadores, sección paralela a Cannes) a lo largo de la primera hora y media de proyección, mientras los demás esperábamos, entre confundidos y cansados, a alguna amable seña que nos indicara si hacíamos bien en reírnos de forma incómoda en escenas entre lo cutre y lo (pretendidamente) solemne. Pero para cuando la película echó el cierre, solo se oyeron aplausos. Mandy es una locura total y absoluta, pastiche macarra definitivo, que parece estar dedicado a rendir culto a Nicolas Cage como su personaje fuera de la pantalla.

Referencias a cómics, diálogos estúpidos hasta la vergüenza, oscurísima iluminación con contrastados colores hipersaturados, un primer acto lentísimo hasta la extenuación, un plantel de villanos alucinados y esperpénticos y un clímax violento, divertidísimo, extremadamente absurdo y meta. Mandy es todo eso y más, pero para entrar en su juego hay que esperar una larguísima hora a que la película descubra sus cartas y permita entrar a su juego a un público que comprensiblemente puede dar la espalda a la película para cuando el momento revelador llega por fin. Merece la pena verla como experimento y homenaje más que por la posible calidad de la película: Mandy es el “te imaginas que…” hecho cine.

Under the Silver Lake

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David Robert Mitchell pegó la sorpresa en 2014 firmando una de las mejores películas de terror en lo que llevamos de siglo: It Follows era original en forma y propuesta y estaba plagada de referencias sin estar anclada en la nostalgia. Con el anuncio de su siguiente película, muchos esperábamos más cine en esta línea del terror moderno e inventivo. Nos equivocábamos. Under the Silver Lake es esencialmente un neonoir del siglo XXI, revisionista hasta la médula y más posmoderno de lo que la mayor parte de la audiencia pudo disfrutar. Por momentos parece un remake millennial de Un largo adiós, de Robert Altman: una película confusa protagonizada por un personaje salido de otra época que se involucra demasiado en una investigación que no lleva a ninguna parte. El referente más cercano que podemos encontrar para esta película sería la genial Puro vicio, de Paul Thomas Anderson, donde adaptar a Pynchon (tarea casi imposible) pasaba por dejar que todos sus personajes estuvieran permanentemente colocados y confundidos y llevando así la trama principal a un punto muerto más cercano a la comedia que al noir clásico.

Under the Silver Lake traza un recorrido por algunas de las grandes películas de misterio, thriller e investigación del siglo XX y las homenajea adaptándolas a un momento cinematográfico en el que ya no tienen cabida, al menos en forma de adaptación o traslación literal. Por eso parece a menudo una comedia: las divagaciones del protagonista tienen sentido entendidas como eco de las que ya conocemos, pero son absurdas en su contexto con el personaje de Andrew Garfield. Donde en Un largo adiós Marlowe despertaba veinte años después de la época en la que le tocaba vivir, el personaje de Garfield sale de los noir de los años 50 y de películas como La ventana indiscreta y colecciona pistas cogidas con pinzas y carentes de interés real para poder obsesionarse (como sus predecesores, posiblemente referentes inconscientes) con una investigación de conclusión sorprendente. Pero no puede, porque no es este su tiempo.

David Robert Mitchell ha firmado una película tremendamente metacinematográfica en la que reflexiona sobre formatos caducos, la añoranza de tiempos pasados y la confusión del propio director (se culpa a sí mismo en cierta escena en el monte) ante la perspectiva de querer hacer un tipo de cine que ya no le corresponde. El anacronismo constante, confuso y confundido, del posmodernismo de Under the Silver Lake puede ser comprensiblemente frustrante para quien espere una resolución atada de lo que se propone en términos puramente de historia; en su lugar, tenemos una película fantástica que habla sobre la propia narrativa que la compone y reflexiona sobre el papel de esta nueva generación de cineastas, personificados en el protagonista, ante la perspectiva de hacer cine en un entorno en el que todo se ha contado y es hora de jugar con las formas.

El hombre que mató a don Quijote

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La película maldita de Terry Gilliam, sobre cuyo proceso interminable de creación podéis leer aquí, consiguió por fin estrenarse por todo lo alto en el Festival de Cannes como broche final de la gala de clausura. Es una película que hay que ver por su historia detrás de las cámaras más que por su calidad intrínseca, muy en la línea del Gilliam más reciente (y que poco tiene que ver con sus años de Brazil y Miedo y asco en Las Vegas). Es una experiencia que, aun así, no es tan desastrosa como podía haber sido. Y tenía todas las papeletas para ser caótica y decepcionante.

Es posible aun así resaltar algún logro de una película en la que se intuyen algunas de las genialidades que podría haber sido de haberse realizado cuando nació la idea. Entre ellos, el hecho de haber conseguido trazar un homenaje enamorado a la novela de Cervantes en vez de una adaptación al uso, en la que se entremezclan referencias al propio proceso de realización de la película y adaptaciones obvias de pasajes enteros de la novela sin que resulte tediosa. Por momentos divertida y por otros casi de vergüenza, El hombre que mató a don Quijote sobrevive como una película que podría haber salido terriblemente mal y que acaba siendo una propuesta interesante (si conseguimos obviar su dirección de fotografía de telefilme y su desastroso montaje, que destroza algunos momentos cómicos con potencial) del Gilliam tardío y cansado.

Dogman

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Matteo Garrone se dio a conocer a la vez que se jugaba la vida con su adaptación al cine de Gomorra, de Roberto Saviano, pasando después a firmar una serie de películas de tono y popularidad más dispersa. Dogman vuelve a su estilo previo planteando un retrato sórdido de la vida en ambientes marginales de la Italia profunda, donde se entremezclan los valores más tradicionales y la violencia menos estilizada. El primer tramo, impregnado de realismo sucio y tempo calmado, da paso a un segundo capítulo dominado por un estallido de violencia que podría haber resultado fuera de lugar dada la naturaleza del protagonista, pero que funciona de forma bastante orgánica en el conjunto de la película. Gran parte del mérito lo tiene el actor Marcello Fonte (ganador en Cannes a mejor interpretación masculina) y su impresionante trabajo frente a la cámara: introspectivo, calmadísimo, centrado en la expresividad pasiva de los ojos y un lenguaje corporal siempre asustado, construyendo a través de la interpretación el verdadero significado del título de la película.

¿Más Cannes?

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Estas son solo seis de las películas proyectadas a lo largo del festival. No son necesariamente las mejores (Kore-edaPawel Pawlikowski tienen algo que decir al respecto), pero sí seis películas que destacan por sus propuestas o desarrollos. Ahora, queda esperar al Festival de Venecia para saber si es allí donde los grandes nombres de la industria estrenarán sus nuevos proyectos, y si el nuevo paradigma de Cannes se centrará preferentemente en estas nuevas propuestas.

P. G. A.

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