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Yona, Princesa del Amanecer siempre ha tenido mucho de La Heroica Leyenda de Arslan. Ambos príncipes exiliados, obligados a pasar bajo cientos de penurias para recuperar lo que es suyo: el trono.

¡Sigue el viaje de Yona y sus compañeros junto a nosotros!

Sin embargo, ambas obras editadas por Norma Editorial, tienen algunas diferencias vitales. La principal, quizás, es tanto el sexo de sus personajes como la demografía de la obra. Porque si bien, las mujeres siempre han tenido cierto espacio dentro del manga —con sus múltiples más y menos—, tienen un rol muy definido dentro de la demografía Shojo. Algo contra lo que Yona pretende atentar.

No es algo ajeno ya, a estas palabras. Porque desde la primera reseña, desde el primer tomo, la postura de Mizuho Kusanagi ha quedado clara, plasmada en cada una de sus viñetas, retratada en cada uno de sus actos.

Arslan, como Yona, se ve abandonado. El conflicto viene de fuera, es una guerra, y él se encuentra en el bando perdedor. Pero desde el principio hay ciertos factores determinantes. Porque Pars no caería ante la invasión Lusitana si sus leyes no favoreciesen el trato de los esclavos. Tampoco lo haría si el  rey Andrágoras no tuviese una fe ciega en sus conquistas bélicas. Desde el principio hay un riesgo.

Pero en el caso de Yona, el reino de Koka no vive inmerso en la guerra. Es un reino poderoso, que solo se ve azotado por un golpe de estado silencioso y que no deja marca. Y allí donde Arslan —pese a su inexperiencia en batalla— es ya diestro en el uso de la espada y ha crecido dentro y fuera de palacio, Yona es una princesa que ha vivido de espaldas al mundo, amparado por los cuidados de un rey pacífico que busca una utopía inalcanzable.

Es decir, que mientras Yoshiki Tanaka (o, en su defecto Hiromu Arakawa con su popular adaptación del 2013) decide apostar por un mundo angosto desde el primer momento, Kusanagi lo pinta poco a poco, como si su historia fuese un lienzo en blanco que recibe pinceladas con cierta delicadeza. Y es por eso mismo que, sin desmerecer la épica de Arslan, la historia de la Princesa del Amanecer resulta tan rompedora.

Porque evoluciona paso a paso, junto a Yona, junto al lector. Siempre poco a poco y con delicadeza. Porque donde otras obras como Made in Abyss o The Ancient Magus Bride brillan por crear un vasto mundo desde el principio, en esta el mundo se construye mientras pasamos por él,es el viaje el que sirve como descubrimiento, como realidad.

Y es algo que Yona, Princesa del Amanecer #6 borda entre sus páginas. Porque da el papel protagonista a los inesperados, a los marginados, a aquellos en los que nadie cree. Es una inversión de roles —algo con lo que a la autora le encanta jugar— porque mientras el gobierno oprime, asesina y esclaviza a sus ciudadanos, son los piratas quienes intentan acabar con la tiranía del mismo.

Es algo que se extiende de Yona, Princesa del Amanecer #5. Porque mientras que en este último tomo se introducían la esclavitud o el asesinato de niños, en la nueva entrega entran en juego la prostitución, el secuestro y el terror del pueblo a verse vendido como objetos.

Un escenario que no solo sirve para demostrar la fuerza de Yona sino que, además, pretende empoderar a la mujer —y, de nuevo, a aquellos de los que quizás nadie espere nada—, darle la fuerza que el silencio le quita. Algo que no solo se ve en su dibujo, que opta por trazos más marcados, más juegos de sombras y más expresiones de determinación, sino también en la evolución de sus personajes.

Porque Yona afronta uno de los peores peligros posibles para unirse a la tripulación, descender al más escarpado acantilado de la región y volver con un puñado de hierbas senjuso, una panacea medicinal. Pero incluso así, no solo importa el hecho de la misión, sino que es una mujer, la capitana Gi-gang, quien se lo ordena.

Y aunque no es el único momento destacable de este sexto tomo, resulta ser la evolución mas marcada del personaje y de su autora. Porque se permite tratar con la muerte de la forma más cercana posible y se acerca al seinen de Sui Ishida con escenas emborronadas, donde la tinta negra predomina y el miedo a la muerte se hace notar en todos y cada uno de los detalles.

Algo que sirve, primero para otorgar cierta fuerza al personaje y, luego, para forjar una relación con el Dragón Verde, que ve como no es un rey egoísta al que tiene que proteger, sino a una chica capaz de dar su vida tanto por sus compañeros como por su pueblo.

Pero incluso así, Yona Princesa del Amanecer #6 se atreve a seguir explorando a su personaje protagonista. Porque Yona se vende a si misma como esclava, incluso sin la seguridad de poder volver viva. Algo que el propio Yoon destaca al reconocer que mientras la princesa avanza a paso firme, no puede evitar sentir sus piernas temblando de miedo.

«Una princesa no podría tener los ojos de una bestia salvaje»

El encuentro con Yang-Kum-Yi, sin embargo, es el más marcado de todo su tomo, quizás incluso de la obra en si misma. Porque su cita, en la que desmerece a Yona de su título, sirve las veces como demostración de que la princesa se ha convertido en toda una guerrera, capaz de luchar tanto por su vida como de la gente que le rodea — una bestia en las palabras del tirano.

Además, la autora se atreve a realizar un cierre abrupto, casi un cliffhanger, con el final de esta entrega. Algo que no suele aparecer en la obra, haciendo hincapié en esa evolución en la que tanto Kusanagi como Yona van de la mano.

Yona, Princesa del Amanecer #6 sigue utilizando la estética que nos ha acompañado con sus entregas anteriores. Cada una de ellas representando la relación entre la chica y las personas que han compartido su vida, bien sea por la relación recíproca que ha conseguido generar con Yoon en su cuarto tomo o la sed de venganza contra Soo-Won que se ve plasmada en la portada de su tercer volumen.

Este, de nuevo, vuelve a verse representada por la chica y uno de sus guardianes, el Dragón Azul. El más inocente y puro de ellos y que, por lo tanto, no aparece en posturas amenazadoras o en forma de guardián. Si bien, Shin Ah aparece resguardándola de la lluvia, mientras una sonriente Yona agradece el gesto. Pero lo importante en la ilustración es que ambos se ven representados al margen del combate. Aparecen como casi como niños pequeños, haciendo relucir el tipo de relación que han forjado entre ellos.

Su contraportada esta vez también cuenta con una gran ilustración a color. Protagonizada de nuevo por Shin Ah, nos muestra al chico sin su máscara, con una mirada decisiva, preparado para actuar. Como si esta sirviese de justificación para con su portada, asegurándonos que el Dragón Azul se encuentra tan capacitado para el combate como el resto de sus compañeros.

Por último, encontramos de nuevo con una portada rústica con sobrecubierta clásica en un formato de 11,5 x 17,5cm y un total de 192 páginas divididas en un total de seis capítulos. De igual forma que en su anterior publicación. El volumen está perfectamente localizado a nuestro idioma cortesía de Sandra Nogués (BRKDoll Studio).

Óscar Martínez

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