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A la hora de contar una historia hay una serie de normas que tener en cuenta. No vamos a entrar en una clase de storytelling, porque ni soy la persona indicada para ello, ni cuento con el espacio necesario. Pero es importante partir de esta idea. Y Sword Art Online no lo hace.

Seamos más exactos. A1-Pictures no lo hace. La introducción a Sword Art Online es lenta, pero también es torpe. Pasa un minuto y medio hasta que no vemos en pantalla «Welcome to Sword Art Online» e incluso así el espacio publicitario que dedican al juego bajo ese tono ominoso le hace flaco favor a una presentación que se encuentra falta de fuerza.

Pasemos ahora a Aincrad, la obra original de Reki Kawahara. No son pocas las veces que he dicho, y seguiré diciendo, que Keiichi Sigsawa consigue adaptar mejor las líneas de su obra incluso jugando en terreno contrario. Pero incluso así, Aincrad abre con la premisa de la muerte. Kirito se enfrenta a un lizardman en uno de los pisos superiores y, aunque la necesidad de recurrir a un narrador es puramente obligatoria, el inicio se resuelve con una fuerza mucho mayor. Hay una inmersión que parte de la tensión y el desconocimiento. Algo de lo que suele carecer el anime.

Vale, echemos el freno. Al margen de la eterna disputa entre fuente original y adaptación, lo cierto es que Kawahara consigue construir a un personaje más humano. Ya en esas primeras páginas nos muestra como teme a la muerte de forma real. La idea de perder la vida es sincera y Kirito sufre el agotamiento y la fragilidad propias de la psique humana en esa mazmorra. Algo que, siento, no había visto nunca de forma tan remarcada en su adaptación hasta el cuarto capítulo de Alicization.

Entendiendo a la obra original

No ha pasado mucho desde que lanzamos nuestras primeras impresiones de Sword Art Online Alicization. Pero la idea de considerarla como la “redención de sus predecesoras” seguía atacando mis inseguridades. Sin embargo, llegados al cuarto capítulo he sentido la imperiosa necesidad de transformar la idea en texto. Porque Alicization llega con la fuerza de un huracán y no teme en arremeter contra los elementos que empañaron la idea de la que parte la obra.

La forma en la que da inicio, partiendo del suspense, juega mucho a su favor. Es similar a Aincrad, sí. Pero la experiencia —quizás también el espacio— la hace mucho más poderosa. Porque ya conocemos a Kirito, pero ignoramos el mundo en el que se encuentra, sus leyes, sus habitantes… E incluso aunque se tome un hiatus para volver a Underworld, el factor de la duda sigue levitando sobre la evolución de su desarrollo para trabajar en una experiencia inmersiva.

La idea general sigue siendo la muerte. Pero esta se mitiga y da paso a otras. A la confusión, el desconocimiento o el abrazo de un pasado que no es del todo legítimo. Aquí la muerte no es tanto un fin como una posibilidad. No sabemos si Kirito puede hacer “respawn” en este mundo digital, tampoco sabemos que ocurre fuera o si su cuerpo ha sobrevivido a los efectos de la parálisis.

Dudas. Así la obra juega, no solo con el espectador, sino también con el propio personaje. Aincrad, en todo su esplendor, no dejaba de ser un MMORPG. Sin embargo Underworld cuenta con sus propias leyes y existen particularidades, como que los hechizos y artes sean comandos del sistema, pero sigue siendo algo completamente nuevo y diferenciado. Olvida a los enemigos finales y las posibilidades del PK para sumergirse en algo mucho más amplio. Más natural.

La muerte como protagonista

Con todo, y volviendo al punto del que partía este comentario, es que Kawahara consigue construir a un personaje más humano que nunca con este arco. El hecho de arrebatar a Kirito ese aura de héroe inmortal y reducirlo a un espadachín de bajo nivel sirve para que pueda construir su propio papel —algo que en la obra original se perdía entre los saltos temporales.

La batalla del cuarto capítulo, especialmente, sirve como punto de partida para escenificar este nuevo punto de vista. Porque Kirito se abalanza sobre el enemigo y consigue herirle de gravedad, pero cuando baja la guardia se encuentra ante la promesa de la muerte. Incluso la herida que recibe en el hombro tiene un factor mucho más determinante. Porque duele. Rompe con los esquemas. Con ese personaje que podía ser golpeado una y otra vez por una banda de PKs sin que su barra de HP se redujese.

Aquí dicha barra da paso a una incomodidad. Los polígonos se convierten en sangre y la visceralidad —aunque siempre en un tono leve— se convierte en bandera para abrazar una experiencia más real. La muerte deja de ser un concepto abstracto basado en la mente de un psicópata para tomar forma propia y acechar en cada error. Kirito sangra, sufre y cuando arrebata la vida ese acto va más allá de reducir la vitalidad a cero y esperar a la recompensa. El espacio que plantea esta situación supera con creces todo lo visto hasta ahora.

Y lo hace porque trae consigo cierta desesperación. El momento en que Eugeo es herido de muerte es todo un paralelismo con la ejecución de Sachi y compañía en Aincrad. Pero también una muestra de la evolución de sus líneas. La carga emocional es tal en este segundo ejemplo que casi choca contra su idea. Kirito se mueve con lentitud y la escena se torna confusa, pero cuando ella muere tiene incluso unos segundos para despedirse. Es una muerte anunciada.

Sin embargo, la de Eugeo se convierte en todo un juego de tensiones. Kirito es derribado, tiembla, siente la muerte. El miedo se convierte en determinación y Eugeo sale a la carrera pero la escena se rompe con fragilidad y es, precisamente, la inseguridad de su protagonista quien causa la (casi) muerte del chico. Hay un plano contraplano, se entiende que el enemigo ha visto la señal, Eugeo trastabilla y entonces llega el golpe final. Hay detalles, desde luego. Una breve ralentización, el pavoneo del rival, la luz que se apaga… pero se entiende que ha habido una evolución notable entre una y otra escena.

Definiendo la obra

Y no solo se aplica a esa escena. Porque hay una epifanía, un flashback que sirve las veces como estructura narrativa y al instante, un grito. Es el mismo Kirito que gritaba en la escena de Aincrad pero ahora lo hace con determinación, dejándose llevar por esa desesperación. Es mucho más humano.

Y es entonces cuando Yuki Kajiura hace su magia. Pasamos de un silencio sepulcral que hace resonar las pisadas del enemigo a un tema épico que resuena con el grito de Kirito y una escena donde Yoshihiro Kanno pierde los estribos y consigue mimetizar su dirección y la coreografía con la rabia del personaje que representa para cerrar con una de las mejores secuencias de la obra.

Todo esto para volver a tomar un descanso luego. Porque Alicization se mueve despacio pero con una pulcridad absoluta. No solo es que dedique el portento técnico propio de una película a la serie, sino que además no teme en avanzar poco a poco. No necesita enmarcar un «Welcome to Sword Art Online» en pantalla para que sigamos mirando. Esta ha sido la primera muestra de acción en cuatro episodios —sin tener en cuenta que el primero servía de doble entrega— y su final nos deja claro que no hemos visto más que el prólogo.

Es un cambio de perspectiva. De dirección. Y parece llevarla por el camino correcto. Aún recuerdo el sudor frío al pulsar el botón de “publicar” bajo el pretexto de que esta era la redención que Sword Art Online se merecía. Pero sé que esta vez no habrá duda. Aún hay espacio para los errores pero por el momento Alicization ha escenificado algo completamente nuevo. No solo hay fe. Es que el equipo al cargo está trabajando en la entrega más portentosa que podríamos esperar. Una promesa firme que tiene oportunidad de brillar con más fuerza que nunca.

Óscar Martínez

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