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¿FICCIÓN O NO FICCIÓN?

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Si hacemos ejercicio retrospectivo de nuestra experiencia cinematográfica en el terreno español, advertiremos que la Transición marcó un antes y un después para nuestro cine. La revolución de la libertad frente al período opresivo vivido definió el desarrollo de un cine rico en intenciones y miradas, y estableció dos focos en la producción más experimental y vanguardista. Así es, Madrid y Barcelona fueron objetivos de innovación y de una enorme ruptura, que exploró y desarrolló las posibilidades de nuestro cine. Si el devenir siguiente abrió las líneas madrileñas a una centralización sustancial de nuestra industria, Barcelona defendió la subsistencia de ese cine más autoral, y asentó las bases de una escuela fructífera y definitoria en la composición de nuestro cine.

No es casual que, años más tarde, el desarrollo del máster de creación documental de la Pompeu Fabra fuera el argumento para determinar las bases de la consolidación del contemporáneo término de la “no ficción”. Efectivamente en torno a ese proceso académico y en torno al desarrollo artístico de Barcelona hemos encontrado una corriente de autores que en la vanguardia y en las definiciones más híbridas han desarrollado su expresividad cinematográfica. Por ello, acudir al reciente estreno de La última primavera de Isabel Lamberti, premio Nuevos Directores en el pasado Festival de San Sebastián, nos sirve para revisar de una manera mínima pero eficaz los hitos y figuras que han definido en la estela reciente, el acercamiento y la ruptura de límites entre la ficción y la no ficción, como síntoma del progresivo e inclusivo ejercicio en crecimiento del Séptimo Arte.

En Entre dos aguas de Isaki Lacuesta, los límites entre la ficción y la no ficción están muy distorsionados.

La última primavera aprovecha una realidad candente, actual y absolutamente real para ficcionar una historia, historia que al final no pierde ni un ápice de honestidad por muy elaborada que se encuentre. En este sentido, humanizando y rompiendo moldes sobre la realidad gitana, encontramos un referente claro, ese Isaki Lacuesta, maravilloso artífice de ese doble dibujo sobre la historia de Israel: ese niño, que sale adelante gracias a la pasión de Camarón y que años más tarde, en su etapa adulta, consigue salvar su vida gracias a la fuerza inconmensurable del artista de San Fernando. La leyenda del tiempo y Entre dos aguas, dos películas que saben estructurar una ficción, pero teniendo siempre muy presente su realidad documental. De igual manera, y siguiendo en esta estela, que Carmen y Lola, premiada ópera prima de Arantxa Echevarría, que, aunque con un despeje mayor en su construcción de personajes, consigue en su planteamiento formal y en ciertas inclusiones actorales un dibujo de exactitud en la no ficción.

Miradas sociales que aprovechan la hibridación para contar historias que defienden ideas, situaciones y contextos, que se convierten en ejercicios de reivindicación de una manera orgánica y honesta. Entendiendo esta formulación, uno no puede dejar de admirar la trayectoria del inusual Antonio Méndez Esparza. La mirada de un español a la realidad estadounidense, en unos ejercicios en los que los límites entre la no ficción que se aborda y la construcción ficcionada de personajes no admite fronteras. Aquí y allá, y La vida y nada más ponen nombre a esta osadía, y reafirman un talento y una mirada al margen de nuestra industria, por su capacidad de comprensión de estas fronteras y su ánimo de readaptarlas a la mirada de una realidad foránea. Y hablamos de social, pero la mezcolanza también admite otras intenciones.

Carmina o revienta de Paco León es el claro ejemplo de aprovechamiento de los recursos que plantea la no ficción, para construir una ficción.

Por un lado, la hazaña de Gustavo Salmerón, Muchos hijos, un mono y un castillo, sobre su particular madre Julita Salmerón, que nos sumerge en una comedia con mucha ciencia ficción a partir de un ejercicio claramente documental. O todo lo contrario, posicionar una postura de falso documental a través de una realidad claramente ficcionada, es el caso de la doble propuesta de Carmina, Carmina o revienta, y Carmina y amén, del siempre interesante Paco León, que construye dos películas repletas de humor y complejas derivas, jugando a desmontar la idea de lo documental. Y cerramos la idea de lo híbrido con una posibilidad, que va más allá de las intenciones comunicativas o culturales, las que atañen al cine por el cine en su continuo ejercicio de reinvención y adaptación, poniendo énfasis en dos autores tan asociados a la esfera de Barcelona como claramente internacionalizados por su amplio recorrido de festivales. Por un lado, la mano variable y experimentadora de José Luis Guerín, y por otro, la epopeya narrativa y observadora de Jaime Rosales. Dos artistas tan diferentes como finalmente unidos en su objetivo de redefinir el cine, rompiendo todos los moldes que impiden un desarrollo libre a la hora de entender el Séptimo Arte.

La llegada de La última primavera, dadas estas breves pinceladas, viene a definir una necesidad de apertura ante un cine, o directamente ante el cine, como modelo de expresión, de búsqueda, de entendimiento, de relación entre lo que se ficciona y lo que no. La necesidad de dar cabida a historias honestas, que rompen límites en su construcción y dimensión, jugando a la ruptura de etiquetas, que evitan un entendimiento del cine, y en general del arte, mucho más complejo.

Alberto Tovar

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