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Siempre es un placer reencontrarse con Gillian Flynn. Ya sea en papel o llevada a la pequeña o gran pantalla. Heridas abiertas es, curiosamente, la primera novela que escribió, y la última en ser adaptada. Antes que esta, pasaron por las salas de cine Lugares oscuros, con Charlize Theron como protagonista, y la estupenda Perdida, de David Fincher. Todas ellas tienen un denominador común: son thrillers psicológicos protagonizados por mujeres, que ya sea por factores externos o, por el contrario, inherentes a ellas mismas, son portadoras de las psiques más dañadas, atormentadas o retorcidas. Decía Flynn en su cruzada por la igualdad de la mujer que la violencia y la maldad no son cuestión de género; que ellas son bien capaces de cometer las mismas atrocidades que ellos. Sus sórdidas y truculentas historias nos han demostrado que tenía razón, y además nos han atrapado a más no poder. Con Heridas abiertas, que no es excepción, ocurre exactamente lo mismo.

ABRIENDO LA PUERTA…

Heridas abiertas transcurre en la localidad ficticia de Wind Gap, Misuri. Un pequeño pueblo ganadero, salpicado de algunas mansiones, bares y falsedad. Allí, las noticias corren como la pólvora, todo el mundo está enterado de hasta el último detalle de la vida del vecino, y el más mínimo desliz vale para que te despellejen sin piedad y de la forma más incisiva posible. A este agujero de falsas apariencias regresa Camille Preaker, que tras once años sin pisar el lugar donde se crio, ahora se dedica a escribir en un pequeño periódico. El asesinato de una niña y la desaparición de otra en su pueblo natal la llevarán de vuelta al pozo de sus fantasmas y traumas del pasado, a fin de conseguir un reportaje jugoso.

Hablan de esta serie como un cruce entre Big Little Lies (con la que comparte director, Jean-Marc Vallée) y True Detective, aunque para ser honestos, tiene bastante más de la segunda que de la primera. Los crímenes no son el eje principal de Heridas abiertas, pero los oscuros lugares que habita son mucho más cercanos al mundo del detective Cohle que al Monterrey de Celeste Wright o Madeline Mackenzie.

…A LA GUARIDA DE LOS MONSTRUOS

En Sharp Objects (título original, que se traduce como objetos afilados) hay asesinatos escabrosos, vestidos etéreos, vodka camuflado en botellas de agua, un par de policías (uno joven, el otro veterano) que dan palos de ciego, mudos flashbacks que indican que algo ha ido (y va) terriblemente mal y, sobre todo, una incómoda y enrarecida atmósfera que convierte los ocho capítulos de esta miniserie en una adaptación muy fidedigna de la novela homónima en la que se basa.

Pero si hay algo que destaque en Heridas abiertas, esa es Amy Adams. La anestesia en alcohol de su Camille se contagia en el ritmo pausado de una historia que va cortando con más profundidad cada vez. Hay muchas heridas que se abren con su retorno a Wind Gap, y no todas han dejado marcas en la piel. Retorna a un hogar en el que su madre Adora (encarnada por la excelentemente elegida Patricia Clarkson), que siempre prefirió a su hermana (fallecida cuando eran pequeñas) por encima de ella, la acoge más como un inconveniente que como una alegría. Además, ahora está volcada en su otra hija, Amma (Eliza Scanlen), una de esas adolescentes que en casa luce pulcros vestidos de niña buena, pero que se los remanga hasta convertir en minifalda cuando sale a la calle con sus amigas y sus padres no pueden ser testigos de sus correrías. Camille, con todas sus secuelas tanto físicas como psicológicas, vuelve a sentirse tan fuera de lugar como cuando creció allí (imposible no recordar el Derry de IT al ver a Sophia Lillis como una joven Adams). Por encima de la investigación de los asesinatos, es la historia de esta mujer la que hace saltar los puntos. Una historia tan turbia como aterradora, de la que no somos capaces de apartar la mirada.

Heridas abiertas se estrena el 8 de julio en HBO, y un día después en HBO España.

Aitziber Polo

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