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Crítica de Fruits Basket
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FRUITS BASKET: EL ALMA DE LA INOCENCIA

El tiempo, cuando lo tratamos en una perspectiva relacional a las obras que visitamos, siempre es una idea especialmente subjetiva. Me he visto enfrentando líneas como estas al hablar de Kingdom Hearts III, el broche final a una saga que me enamoró de crío. Me vi en la misma tesitura al hablar del regreso de Fruits Basket y en cómo la obra había cambiado con su nueva versión.

Sin embargo, es ahora cuando, al escribir sobre la inocencia de la obra de Natsuki Takaya, me doy cuenta de que no todo es referente a como haya cambiado la misma. Sino a cuanto hayamos cambiado nosotros. La verdadera magia de Fruits Basket no reside en cómo consigue adaptar su imagen, en los cambios de guión o en el nuevo uso de la iluminación. Sino en cómo consigue llegarnos y atraparnos en su calidez cuando el tiempo y sus confines solo han afectado a una cara de la moneda.

Más que un regreso

Fruits Basket está de vuelta. No solo su imagen, insisto, sino su sentimiento. La obra no atiende al fanservice; no propone un regreso o un tributo, sino una nueva oportunidad de alcanzar lo que nunca logró. Ahora el título adaptará al completo la obra de Takaya y no es un hecho dirigido solo a quienes pasamos por ella en su día, sino que ha demostrado apreciar a partes iguales a quienes vuelvan como a quienes empiecen ahora sus líneas.

Es mucho más que un regreso, es una confirmación sobre la representación de la autora. Una pequeña declaración de intenciones sobre una obra capaz de cautivara a su público con la más pura ternura y que, incluso veinte años después, siente que no ha dado todo lo que tenía. Una pequeña nueva oportunidad que parece llegar con la única intención de sentir y transmitir.

El momento en que Tohru, en una de esas primeras escenas, mira al cielo y se promete un nuevo día funciona, no solo de símil para con la serie y su desarrollo, sino también como promesa de lo que está por llegar. Una importante tarea de introspección sobre sí misma que revela la intencionalidad de esta nueva versión de la misma pero que también apoya la emocionalidad de la obra y todo lo que ello conlleva.

El alma de la inocencia

Es esa ternura de Tohru, esa inocencia, la que radica en los confines de Fruits Basket y moldea la obra para que sea lo que es. No lo es todo, por supuesto, y más adelante indagaremos en cómo la psique de otros personajes mueven los engranajes del total, pero si es una parte tan importante como especial, porque el intimismo de la chica y la fuerza interior de la misma juegan un papel importante, no solo dentro de la obra, sino también con todo lo que la misma expresa.

Es algo que ya se citaba en páginas anteriores pero que resulta necesario remarcarlo porque la chica funciona como catalizador emocional, así como apoyo, del resto de personajes sin necesidad de perder su propia personalidad. Sin necesidad de ser presentada como el interés romántico de nadie, Tohru establece los vínculos necesarios para hacer avanzar la obra y lo hace, además, partiendo del más puro sentimentalismo y logrando conectar tanto con el resto de personajes como con el lector sin necesidad de apurar esfuerzos o caer en escenas forzadas. Es pura inocencia todo lo que necesita para bordar su papel.

Uno que, de nuevo, influye a todo el devenir de la obra por como la chica consigue ver el mundo en un color que no siempre está presente en nuestras vidas. Arrojada a las más pura (y cómica) situación desastrosa, consigue tomar las riendas de su vida para seguir adelante tanto con ella como con todos los sueños que la componen. Como si se tratase de una utopía en forma de persona, consiguiendo iluminar al resto con su luz sin necesidad de deslumbrar.

Bajo la naturalidad de los pequeños momentos

Con todo, Fruits Basket no solo cuenta con Tohru. En tan solo tres capítulos la obra consigue presentar de forma magistral tanto a Yuki como a Kyo, mostrando su carácter pero indagando en su personalidad y presentando esa idea tan particular del género de que nada es lo que parece. Un planteamiento simple, que calcan otras muchas obras, pero que Fruits Basket consigue dominar y que trata de una forma tan natural que resulta difícil no entenderlo como algo tan convincente como coherente.

Están esas pequeñas escenas que juegan con el humor simple, pero cariñoso, del que hace gala la obra. El momento en que Tohru sale con un perro, una rata y un gato a cuestas y cara de haberse encontrado con un fantasma. Pero también las tantas veces que la situación le fuerza a tocar a Yuki y mostrar su verdadera forma. Un escenario que brilla por el planteamiento tan simple de su originalidad y que no toma parte en el drama per se, sino que lo canaliza y convierte en una parte tan intrínseca de su juego que el hecho de que los Soma tomen la apariencia de animales al ser tocados por alguien del sexo contrario deja de ser una idea con cierto tono absurdo a una constante en cuestión de minutos.

Y es que su desarrollo emocional juega especialmente con ello, otorgando una naturalidad coherente a sus escenas, haciendo de su juego algo tan común como cualquier slice of life corriente. Algo que resulta a la par, y de nuevo, especialmente tierno y que consigue convertir los pequeños momentos en puertas hacia los sentimientos de sus personajes.

Lo hace de forma constante y con una complicidad absoluta. Es algo que no puedo evitar relacionar, salvando las distancias, con como Hajime Kamoshida utiliza las particularidades de Rascal Does not Dream of Bunny Girl Senpai para establecer esos vínculos emocionales que dan fuerza a su tratamiento del síndrome de la adolescencia sin que se conviertan en recursos obtusos.

Rompiendo con los estereotipos

Sin embargo, y volviendo al punto principal, Takaya consigue tratar a sus personajes por encima de los estereotipos que representan. Son simples, rayanos en los convencionalismos más clásicos del anime. Pero la autora rompe con esa imagen incluso antes de que tengamos tiempo a aceptar que vuelven a ser “más de lo mismo”. Su juego del gato y el ratón va mucho más allá de trabajar en el típico formato harem del género sino que estipula —además bajo los trazos de la mitología china— una batalla real en la que ambas partes se sienten incómodos con sí mismos. Insuficientes y bajo claras carencias emocionales.

Yuki hace el papel de chico perfecto pero esconde tras de sí el enorme temor del rechazo. La sombras de los barrotes que le encierran y la alejan de cualquier normalidad social que pueda habitar en su vida. Su papel es férreo pero es presa de su propia maldición y del hecho de ser lo que no es bajo una apariencia falsa y el deseo de ocupar ese sitio de forma verdadera. Un punto que no se aprovecha, como en el caso de Kamoshida, para tratar la crítica social, pero que juega con la identificación personal a muchos niveles.

Mientras tanto Kyo ocupa el lado opuesta de la balanza. El chico rebelde y obtuso. Fuerte pero en realidad inseguro; frágil. Un papel de tsundere que, de nuevo, resulta harto conocido pero que la obra consigue romper bajo la fragilidad de un chico endeble que no consigue encajar en la sociedad, no alimentado por sus miedos, sino por sus propias inseguridades — más allá de la maldición que recae sobre él.

Fruits Basket logra tender puentes, tirar muros y pintar un escenario tan tierno como emocional en estos primeros tres episodios. Unos que exploran a sus personajes y que retratan un factor emocional que se entiende por encima de los estereotipos que representan en primera instancia. Una obra que no teme al tiempo. No olvida a quienes pasaron por ella pero tiende sus brazos a quien no haya pasado por sus líneas e ignora el tiempo que ha pasado desde su inicio. Porque el alma de la inocencia, su positivismo y lo que representa es tan importante hoy como lo fue ayer.

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Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.