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Crítica final de Munou Na Nana
ANIME / MANGA CRÍTICAS REDACTORES

MUNOU NA NANA: DE SOMBRAS Y PERSONAS

Munou no Nana dejaba claras sus intenciones en sus primeros capítulos. No solo era una obra basada en la figura del antihéroe y claramente inspirada por esa inmortal Battle Royale, también era una pequeña crítica enmascarada y que ayudaba a plantear el dilema de los poderes y la fantasía del héroe desde otro punto de vista. Munou na Nana era, en efecto, la antítesis a la idea general que destilan entregas como My Hero Academia.

Su forma de enmarcar el peligro, los “enemigos de la humanidad” resultaba original sin necesidad de ser algo demasiado innovador. Era, no obstante, un golpe sobre la mesa que revelaba una nueva forma de llevar su concepto hacia adelante. Una de esas series que consiguen mantener la tensión entre semana y semana y que hacen de ese puente estéril toda una dulce agonía para conocer el desenlace de su último conflicto.

Siguiendo un camino propio

Pero Munou na Nana es también una obra decidida a seguir su propia convicción hasta el final. La forma en la que su narrativa jugaba con la sorpresa —con el misterio que envolvía a Nana y su naturaleza como asesina encubierta— amenazaba con saltar más allá de sus muros para traspasar al concepto general de la serie, sembrando la duda y consiguiendo que algunos de sus personajes, más allá de su protagonista, acabasen entrando en su núcleo más emocional.

Lo hacía ya desde un principio con Nakajima, al que enmarcaba como supuesto protagonista antes de convertirse en la primera víctima. Lo hacía, también, con Kyoya, al que conseguía convertir en un imprescindible de su desarrollo, siempre tras los pasos de Nana. Pero lo hacía, por última instancia, con Michiru, el eje del cambio y una de las apariciones más notables de su complejo narrativo. Y es que el arco final de Nana ha brillado, precisamente, por aplicar ese mismo juego que utilizaba en su estructura general.

Nunca pasó desapercibido ese ending en el que todos los personajes se presentan felices —por no citarlos vivos— junto a su protagonista. Tampoco lo hacía esa playa desierta, ese recuerdo abandonado como única referencia a los sentimientos de su protagonista. La idea, entonces, apuntaba a como Nana había sido apartada de una vida corriente, condenada al mismo nivel que sus propias víctimas. Condenada a vivir bajo el peso de una vida de asesinatos “por un bien mayor”. Pero igual que la serie giraba sobre sí misma para proclamar su sorpresa en su inicio, también lo ha hecho así para cambiar su paradigma final.

Un cambio fruto del cariño

Al final la gran sorpresa de Munou Na Nana no pasa tanto por cómo se desarrolla cada caso y cada asesinato, sino por como Nana es capaz de abrazar su propia humanidad para dejar atrás sus traumas del pasado. Es un concepto constante en la serie, en cómo la misma obliga —no solo a su protagonista, sino también a quien pasa por sus líneas— a plantearse la moralidad que se esconde en las sombras de cada acto que se comete.

La transformación de Nana es una constante pero que se cuece a fuego lento, mientras la chica se abre a sus compañeros y comienza a entenderse poco a poco a sí misma, dejando de lado los traumas del pasado que la han convertido, al fin y al cabo, en una asesina a sueldo. Una manipulación que pasa por encima de sus propias capacidades y acaba recayendo sobre su responsabilidad, apuntando siempre hacia esa lista de “potenciales víctimas mortales” con la que carga más en su consciencia que en su mano.

En el mismo espacio que la última temporada de Shingeki no Kyojin, Munou Na Nana ha llevado a su escenario el drama de los niños soldado. El hecho de acabar con sus propias convicciones, con su propia humanidad, para convertirlos en meros peones que usar con fines beligerantes. Un punto que no sólo crítica, sino que también expone chocando contra su propia idea original, la de los “enemigos de la humanidad”.

Y es que si la espera entre capítulo y capítulo era antes guiada por el próximo asesinato, sus últimos capítulos se encuentran liderados por esas muestras de cariño y ternura. Por esa dolorosa corriente que abre heridas para curarlas, mostrando cuánto daño han hecho en su camino. La historia de Nana y Michiru es solo una breve parte de su guion y nunca fue pensada bajo el mismo ideal de Adachi to Shimamura, pero consigue brillar con mayor luz que la de la propia obra, acaparando su contenido y cambiando las reglas del juego una vez más.

Al final, la mayor sorpresa no es una sorpresa. La playa vacía siempre estuvo ahí. El drama final siempre estuvo ahí. Su sorpresa es, por lo tanto, ese camino hasta el final. El saber cuánto ha perdido Nana para conseguir encontrarse a sí misma. El ver que el engaño iba mucho más allá de ella y entender que la realidad sobre los “enemigos de la humanidad” se encuentra mucho más distorsionada de lo que podría parecer. Un final a la altura de una obra que, sin llegar convertirse en una de las mejores entregas del año, se ha atrevido a seguir su propio camino hasta su final, enmarcando un momento que queda muy por encima de lo que podríamos haber esperado en sus compases iniciales. 

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.