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MY HERO ACADEMIA S4: HÉROES ENTRE BAMBALINAS

La parrilla de estrenos de la temporada de anime de otoño 2019 me decía muchas cosas. Entre ellas, que no volvería a caer una cuarta vez en las garras de My Hero Academia. Que habían obras tan prometedoras como diferentes a las que lanzarse. Beastars, la adaptación de un manga que destella con luz propia o, por citar otro extremo, la faceta más entrañable del isekai con Ascendance of a Bookworm.

Superhéroes otra vez. Los malos y los buenos. Una balanza moral que se rige por tus acciones en función de tus poderes. Una dicotomía que hemos visto cientos de veces en multitud de contextos, con sus deconstrucciones propias y evoluciones argumentales. Y, sin embargo, la cercanía de My Hero Academia ha conseguido hacerme renunciar a mis planes con una visión del héroe que atraviesa, de nuevo, planos generales para mostrarnos una faceta tan ajena como cercana. La figura del héroe más allá de su plantel.

El día a día como marco interpretativo

Si la tercera temporada de la adaptación de Kōhei Horikoshi ya cumplía con méritos propios a través de su festival de deportes o la acampada de estudiantes, el hecho de enmarcar el inicio de esta nueva entrega con las prácticas estudiantiles sirve, una vez más, para mostrarnos el nivel de la obra. Y es que My Hero Academia rompe con los estereotipos clásicos del género y nos lleva a los pequeños detalles del día a día.

Su universo imagina un lugar donde los héroes son más que las figuras autoritarias que definen la justicia. Son personas, como tú o como yo. Y es que, aunque es un factor recurrente, por ejemplo, en los isekai, la idea de convertir a Deku en una aproximación a un avatar siempre ha sido un juego que ha hecho de la serie un campo cercano y de fácil entendimiento. Un tierno abrazo que permite la identificación del espectador y que, sin entrar en complejidades argumentales nos invita a disfrutar de un clásico de la ficción manteniendo muchos de sus puntos pero rompiendo con los suficientes como para mantenerse fresca en todo momento.

Las fricciones invisibles entre Deku y Togata, como posibles sucesores del One for All, son tensiones que podemos extrapolar perfectamente a situaciones corrientes de la vida real. Y pese a que el fanatismo de Nighteye sirve como una clara contraposición para cortar con la tensión generada, no deja de ser una afición clásica entre los seguidores del género. Una forma de conectar, de llevarnos a través de pequeños detalles que hablan de cada uno de sus personajes. De como, antes qué superhéroes, son personas.

La sociedad como eje

Un punto con el que sigue jugando, moviendo ambas partes de la balanza y recordando que los extremos se tocan en cuanto a que hablamos, fuera de particularidades, de personas. Porque igual la sociedad abraza y alaba al fuerte, también rechaza e ignora al débil. Y, aunque siempre se aplica en un tímido segundo plano, My Hero Academia sigue hablando de ello. De cómo son quienes se mueven entre las sombras. No solo de aquellos que se mueven por ambiciones oscuras, sino quienes no cumplen con las aspiraciones básicas para representar a la sociedad.

No deja de ser, por supuesto, un sistema elitista, que premia a los más hábiles y margina a los que no alcanzan ciertos puntos. Un desequilibrio que la obra representa a través de la versatilidad de los poderes en función de la personalidad de cada uno de sus personajes y que nos ofrece puntos de vista tan importantes como el de quien se siente rechazado y abandonado por contar con un poder de escasa utilidad. No solo presenta a sus villanos: gusta de hablar de ellos. De cómo el Símbolo de la Justicia atenta contra su propia existencia.

La aparición de drogas capaces de aumentar los poderes de sus usuarios, así como la trama que se cuece en las guaridas de la yakuza para debilitar a quienes imparten justicia en la ciudad es una muestra de cómo la obra avanza firmemente hacia un espacio más maduro y con nuevas capacidades introspectivas de dichos papeles, jugando a algo más que hablar del héroe entre bambalinas. El momento en que la obra se pregunta como «pueden contribuir a la sociedad» establece una nueva discusión que hace más grande todavía la brecha entre héroe y villano. Pero una que, a su vez, sirve como identificativo de cada uno, más allá del clásico concepto de vaqueros e indios.

Todos los representantes del conflicto que presenta la obra cuentan con sus propias motivaciones y pensamientos propios. Un hecho completamente necesario para establecer el juego del que hace uso su narrativa, en pos de enfrentar a ambos bandos más allá de la clara distinción que realiza a través de sus inclinaciones morales y que incluso se permite explorar a nivel interno, suponiendo claras diferencias entre los ideales de sus integrantes.

La evolución liderada por el cambio generacional

Con todo, el punto más destacable de esta nueva entrega de My Hero Academia es, seguramente, la importancia de su tono. De la apuesta por el cambio. Porque todo apunta a la evolución. A como el paso del tiempo lo cambia todo. Un cambio que, a su vez, sirve para destacar una vez más el papel que cumple cada uno de sus personajes a través de la obra.

El crecimiento les lleva a entender su posición y su deber. Ya no son niños y, pese a haberse enfrentado a situaciones límite anteriormente, ser un héroe va mucho más allá de hacer gala de tus poderes frente al villano de turno. Kirishima se convierte en uno de los principales ejemplos de ello y de cómo su evolución no es más ni menos que, de nuevo, ese movimiento que se produce con la sociedad como eje.

Pero más allá de ello, My Hero Academia vuelve con el ideal de que la era actual toca a su fin. Si bien, es algo que se encontraba plenamente presente en su última emisión —especialmente notable a través del último enfrentamiento de All Might—, el enfoque esta vez es un mucho más derrotero. Que surge de la pasión y la motivación del héroe, pero que nos enfrenta a una cruda realidad. A la idea de que él, como símbolo, se ha perdido. A la idea de que, posiblemente, no le quede tanto tiempo como pueda parecer. Un sentimiento general que también se hace notar en sus villanos, en cómo mueven ficha a través de un entramado mucho más complejo y con unos ideales definidos que esta vez van más allá de la simple idea de caos.

Un sentimiento constante que nos arroja al caos y la incertidumbre. A la pérdida de la imagen de Deku como avatar y el cómo abraza su propia idea de héroe y la expone para lograr sus metas. Una constante señal de que se acerca un punto de inflexión que cambiará tanto sus vidas como, posiblemente, el ritmo de la obra. Y es que, aunque My Hero Academia nos ha regalado un inicio especialmente pausado, parece que sus engranajes se ponen en marcha de nuevo. El héroe entre bambalinas se prepara para dar su propio salto al escenario.

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Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.