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I’VE BEEN KILLING SLIMES FOR 300 YEARS AND MAXED OUT MY LEVEL, UNA LECCIÓN DE CUIDADO PERSONAL

El tiempo pasa y con él seguimos escribiendo. Es, a veces, una sensación rara. Como de estar parado frente a su paso mientras las palabras se repiten una y otra vez. En este tiempo han pasado decenas de series con un mismo eje por esta misma hoja en blanco. La fantasía y, una vez más, el deseo inherente de escapar hacia ella, han propiciado una expansión del isekai cada vez más y más tangible. Lo que antes era un género prácticamente de nicho ahora es una tendencia que ocupa un espacio enorme a lo largo y ancho de las propuestas que encontramos cada temporada en la parrilla de estrenos.

Un hecho que, si bien destaca muchos de los problemas del género —una extensión de los que acarrea el medio— también se hace eco de cómo el mismo se ha ido transformando y evolucionando poco a poco. Volvemos a pisar lo clásico y volvemos a caer en fangales como el de Mushoku Tensei, pero también exploramos nuevas ideas y con sus más y sus menos, alcanzamos nuevas metas. Obras como That Time I Got Reincarnated as a Slime, So I’m a Spider, so What? o Miss Kobayashi’s Dragon Maid se han alineado esta temporada para hablar de algo más que muerte o épica. Y, junto a ellas, se encuentra I’ve Been Killing Slimes For 300 Years And Maxed Out My Level.

Un nuevo plano

Incluso así, la entrega de Revoroot dista algunos pasos de las ya mencionadas proponiendo un estilo más enfocado al slice of life que a la propia fantasía. Su historia no deja de ser la de Azusa, una simple oficinista que fallece por el agotamiento del sobretrabajo y decide buscar una nueva meta al tener una segunda oportunidad. Bendecida con el don de la inmortalidad, su idea no es otra que la de vivir una vida tranquila, feliz y extremadamente lenta.

Es, a su vez, un potencial derrochado y un atrevimiento con todos los puntos posibles. I’ve Been Killing Slimes For 300 Years And Maxed Out My Level se resume a sí misma a través de su título y no busca nada más allá de ofrecer una vertiente de la fantasía enfocada en el cuidado más personal. Una obra que destila cariño por todos sus poros y que no va más allá del tierno abrazo al que se acogen sus líneas.

Con todo, no es tanto su excéntrica combinación de conceptos la que se hace notar como eje principal de la serie, sino su constante insistencia en lo importante que resulta, de nuevo, el cuidado. Azusa porta por bandera la idea de dejar de lado el sobreesfuerzo. Si hay algo por lo que vale la pena aplicar toda nuestra energía es, precisamente, por nosotres mismes. Un valor tan simple como lógico que, por desgracia, tendemos a olvidar con demasiada facilidad.

Hemos hablado mucho de esas series que se convierten en un bálsamo al final del día, pero hasta ahora, esta ha sido la única que ha tenido la bondad de recordarme que me debo a mí mismo y no a mi trabajo. Y ese es, sin duda, un detalle que aprecio como nada.

¿Y la fantasía qué?

I’ve Been Killing Slimes For 300 Years And Maxed Out My Level no deja de ser una obra que absorbe y utiliza una gran parte de los conceptos propios del isekai. Un punto que se deja ver en como utiliza —de forma vaga— los complejos del rol japonés para sus propios fines. No solo lo hace presentando a sus personajes poco a poco, en ese aire a party de RPG, sino también en la idea de que Azusa alcanza el máximo nivel derrotando a slimes durante trescientos años. Casi como una referencia a la ironía de Saitama.

Pero donde One Punch Man pretendía reconstruir el género, parece que la obra de marras se conforma con narrarnos el día a día de sus protagonistas. Una idea que, volviendo al inicio, no deja tan de lado en su evolución. Raro será el capítulo en el que Azusa no desate sus poderes para demostrar, una vez más, que es la criatura más poderosa existente. Y, sin embargo, es un concepto que siempre tiene el humor por bandera. Hay demostraciones de poder, desde luego. Y Revoroot pone su magia para que el dulce aire que envuelve a la serie tome cierto aspecto fiero de forma puntual. Pero es un énfasis que sirve de aderezo y nunca como foco principal.

Una victoria en favor de la desconexión y la paz interior de la que hace gala el título en toda su extensión y que centra sus esfuerzos en la idea de una familia que se construye poco a poco, haciendo hincapié en la idea del esfuerzo individual y pausado, que apuesta por valores intrínsecamente relacionados con la distensión y la progresión individual. Sin presiones, solo con el camino por delante.

Si puedes hacerlo mañana, no lo hagas hoy; cuídate

Con tan solo tres episodios, I’ve Been Killing Slimes For 300 Years And Maxed Out My Level se ha convertido en una pieza esencial de esta temporada. Es una serie que, en lo personal, me ayuda a lidiar con la ansiedad y el ritmo del día a día. Un espacio que llama a parar el reloj, a dejar de lado los problemas y pensar en dar lo mejor de nosotres mismes sin necesidad de darlo todo. Necesitamos más series como esta.

La narrativa de Kisetsu Morita destila una calma saludable. No invita a disociar, simplemente propone una dinámica diferente. Un espacio seguro donde sentirnos cómodes y descansar. Con toda su simpleza, I’ve Been Killing Slimes For 300 Years And Maxed Out My Level me llena de energía y positividad. Sus personajes son carismáticos y su carácter resulta adorable, sin pisar la línea del fetiche —hablamos de Japón y aunque su tono se entiende como algo más adulto seguimos contando con un fanservice gratuito y absurdo—, aporta una dulzura consistente que se corresponde con los valores de la obra.

Queda mucho por ver que más pueden aportar Azusa y compañía pero, de momento y con la vista puesta en su cuarto capítulo, me pregunto qué puede salir mal en una obra que pasa de la ternura del día a día a una batalla entre dragones y la bruja más poderosa del mundo. Más allá de su fantasía, de su tono absurdo y de su dulzura innata, hay un tono cargado de sinceridad que infunde ternura en cada episodio.

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Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.