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búsqueda de identidad en Rascal Does Not Dream of Bunny Girl Senpai
ANIME / MANGA OPINIÓN REDACTORES

A TRAVÉS DE RASCAL DOES NOT DREAM OF BUNNY GIRL: LO QUE (NO) SOY

Hajime Kamoshida va más allá de la crítica. Su estructura, sobre el papel, apunta a la crítica social más descafeinada con tintes de slice of life. Pero a medidas que avanzas a través de Rascal Does Not Dream of Bunny Girl Senpai es notable cómo el autor no pretende solo criticar, sino investigar.

Su idea, en general, atraviesa el concepto de la ansiedad social para realizar una introspección a lo largo de diferentes casos —ya sea por identificación personal o atractivo argumental. Se entiende así en el caso de Mai y su invisibilidad. Y ocurre lo mismo con Koga y la ansiedad que siente por encontrar su sitio en el escalafón social. Sin embargo, y aunque no lo descarta, cuando es el turno de Futaba nos encontramos con un cariz mucho más personal. No es tanto el que piensan de ti, sino que piensas tu de ti mismo.

La presión más allá de lo social

Lejos de debatir la estrategia del autor, lo realmente importante es como el grito de silencio que marcaba el inicio de la obra se expande más allá del instituto y consigue adaptarse a espacios más pequeños. Es un juego de enfoques. El instituto puede convertirse en el foco principal de los problemas, pero la obra ve más allá de él. El hogar, la playa o la estación son puntos recurrentes en las escenas de Bunny Girl. Y lo son porque sus personajes son más que recursos narrativos.

Quizás por ese motivo considero que el penúltimo arco de la obra es un paso más allá. Que el autor deje de lado, en gran parte, el instituto, no representa un alejamiento de la crítica. Sino un demostrativo de que ve más allá de los problemas que se generan en el aula. En este caso, identifica también los que se producen en casa. Pero, incluso más allá de ello, se fija en los que se producen en nuestro yo interno. La eterna batalla que libramos en nuestro propio ser.

Esta vez el Síndrome de la Pubertad se presenta de la forma más simple posible —y de hecho, lo hace incluso con una introducción que parte del humor—, a través del cambio de cuerpos. Un recurso que no apunta tanto a la falta de ingenio como a la simplicidad de lo que está dispuesto a hablar su autor. Del hecho de que, a veces, los peores problemas, los más afilados, los generamos nosotros mismos. De nuestras inseguridades, nuestros miedos, nuestra angustia.

En el caso de Nodoka, esta ansiedad se resume en un punto principal. Su admiración por Mai. Hay valores externos, por supuesto, porque su madrastra lleva su presión hasta el punto de convertir a Mai y sus proezas en una obsesión. Pero, incluso así, su figura nunca sirve como punto de inflexión sino que al final es una muestra de como Nodoka busca un premio emocional por haber cumplido con una tarea impuesta a la que no encuentra sentido.

El peso de los pequeños detalles

Pese a ello, siento que su foco mira hacia a otro lado. De nuevo, se posa en la exploración. En el porqué antes que en el cómo. El ejemplo más práctico es el que se da en una de las primeras escenas del arco. En el momento en el que Doka se da cuenta que no podrá engañar a los amigos de Mai. Salvo por un detalle. Ella no tiene amigos. Es un detalle sutil. Apenas se le da importancia, pero la afirmación cae con aplomo y la escena queda en silencio durante unos segundos antes de que la chica prosiga su camino.

Ocurre algo similar en la estación. Ella asegura que, pese a ser una idol, nadie la conoce. Y es en ese momento cuando el tren —símbolo de progreso— la oculta. La niega y corta la escena. Porque no hay nada más que decir. Es una alusión a la complejidad del síndrome que, esta vez, se ancla en el complejo de inferioridad que siente bajo el peso de ser la hermanastra de una actriz famosa. Sin embargo, escenas como la anterior sirven para mostrar algo más.

Son prueba de los pequeños fragmentos de cada una. Esas lacerantes esquirlas que saltan de su roce con la vida misma y que marcan a ambas. Una pequeña guía a través de la vida de la una y la otra que sirven, en gran medida, para destacar las luces y sombras. Porque ni Mai tiene una historia tan grande como Doka cree, ni ella misma se encuentra tan abajo como siente.

«¿Porque no puedes hacer lo que hace Mai?». Por supuesto, no todo es parte de estos pequeños detalles. Esta vez los padres, aunque su presencia sea prácticamente nula, ejercen las veces del símbolo de la ansiedad. Es un recurso simple, pero no por ello menos eficaz, porque realmente solo sirve como vehículo narrativo para poder explorar las debilidades y miedos que les acechan. Es el origen del trastorno; de la inestabilidad mental que lleva a Nodoka a pasar por el Síndrome de la Pubertad, pero no es tanto el punto a tratar.

En tu sombra

La figura de la hermana mayor sirve de comodín. Sin ir más lejos, la obra lo extrapola a Kamisato y sin alejarnos de esta misma temporada lo vemos en Bloom into You, con el fijamiento de Touko por lo que dejó atrás su hermana. Un sujeto elíptico que reside en los padres y que se entiende en la presión que ejercen a través de esa figura. El fijamiento con la perfección de una que recae en la soledad y el abandono de la otra.

Así la obra juega con los matices sentimentales. Nodoka le espeta a su hermana que la odia por llevarse todo lo que ella quería. Pero cuando se ve en su lugar se encuentra con la verdadera soledad e incluso antes de poder meterse en su piel acaba cayendo presa de un ataque de ansiedad ante la presión de su trabajo.

Pero, ante esto, Mai tampoco es capaz de portarse como le corresponde en un primer momento. Sus capacidades sociales le impiden responder como una hermana mayor y el peso de la responsabilidad cae en lado de nadie y ambas se ven obligadas a responder por los problemas de la otra. A aceptarse mutuamente.

Al final, el veneno es antídoto a su vez. Porque es la propia Mai quien muestra a su hermana el camino a seguir, como ella se lo mostró en el pasado. Es ella quien, a través de su cuerpo, consigue todo lo que la misma no había logrado. Incluso el cariño de su madre que tanto tiempo había buscado. Una forma de romper con las cadenas, con el peso que carga Nodoka y con la ansiedad que siente. Esta vez reducido a su máximo exponente en forma de una admiración frustrada por la falta de afecto, reflejado en una recompensa emocional que la chica busca a ciegas; tanteando un mundo que no reconoce como suyo pero que sigue por puro instinto en busca de dicha recompensa.

Así la falta de Sakuta en la resolución de la fórmula —aunque tanto él como Futaba, incluso Kaede, tienen su particular espacio— se entiende como un pequeño distanciamiento de la crítica. Una que, de nuevo, existe, pero que toma forma en otro sentimiento. En la idea de la libertad. De romper las cadenas de la admiración y seguir el camino que nosotros queramos tomar. Las líneas de Kamoshida se repiten una y otra vez. Nodoka vive anclada en una realidad prácticamente hostil (como Koga), comportándose de forma diferente a lo que cree (como Futaba) y perdiendo el horizonte de su propia vida (como Mai) en busca de dar un paso fuera de ese lugar (como Kaede) para conseguir sentirse a salvo en su propio ser.

Un recurso recurrente que toma forma a medida que se repite. Un grito de silencio que suena cada vez más alto y que abre nuevos espacios para recordarnos que el dolor y el miedo no siempre se ocultan tras cuatro paredes. Un pequeño empujón que nos recuerda que no estamos solos pero también que no tenemos porqué seguir el camino de otra persona, sino dibujar uno propio.

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.