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TRUE DETECTIVE 3: EL RETORNO A LA FÓRMULA DEL ÉXITO

Se estrenó a principios de 2014 y se convirtió en la revelación seriéfila del año y una de las ficciones estrella de HBO. True Detective narraba la larga y ardua investigación de dos policías a los que dieron vida un redescubierto Matthew McConaughey y un siempre solvente Woody Harrelson. Las fortunas y virtudes que acompañaron a esa primera temporada, no se vieron sin embargo trasladadas a la segunda entrega de la serie. Se estrenaba en junio del año siguiente, y a pesar de contar con un reparto igualmente estelar (Colin Farrell, Rachel McAdams, Vince Vaughn y Taylor Kitsch), decepcionó a crítica y público a partes iguales. Pero Nic Pizzolatto, creador de la serie, no ha tirado la toalla y aunque hayamos tenido que esperar unos cuantos años más, ha vuelto a las andadas con una tercera temporada que, contra todo pronóstico y cuando ya creíamos el tren descarrilado, ha reconducido True Detective a la secuela que merecía.

La pareja de policías y el entorno rural

El formato buddy movie policiaco que tomó Pizzolatto como base de la serie (y que poco después revisitaríamos con la patria La Isla Mínima), es sin duda sello característico y aval de la misma. La otra clave fundamental de True Detective residía en su faceta estilística y atmosférica, conseguida al situar la acción en la pantanosa Luisiana. La segunda temporada rompió con estas dos premisas, dejando por un lado la correspondiente investigación en manos de un reparto coral, y por otra trasladándose a una urbe ficticia de California. Este cambio radical en el enfoque fue un error que se pagó caro y distanció al espectador de los personajes y de un entramado de historias más enmarañado de la cuenta. Con su tercera temporada, True Detective ha vuelto a los orígenes del “menos es más”. Volvemos a los dos agentes de la ley, y volvemos a un escenario rural, sito esta vez en Arkansas y los paisajes naturales de Los Ozarks. En ese pequeño pueblo en el que desaparecen los pequeños Julie y Will Purcell, conocemos a Wayne Hays (Mahershala Ali, protagonista indiscutible al igual que lo fue el personaje de McConaughey en la primera temporada) y Roland West (Stephen Dorff), cuya evolución y dinámicas personales con quienes los rodean se vuelven tan importantes como los propios avances en el caso que tratan de resolver.

La temporalidad fragmentada

Otro de los factores comunes entre la primera y la tercera temporada es la división de la historia en distintas líneas temporales: aquí 1980, 1990 y 2015. La revisión del caso y el interés de una periodista por indagar al respecto sirven de vehículo narrativo para un guión perfectamente pensado y ejecutado. Se nota que Pizzolatto ha trabajado esta vez sin prisas (cosa que no ocurrió en la segunda temporada) y sabe muy bien cómo dosificar la información que se nos da en cada trama y hasta dónde avanzarlas antes de saltar a otras. Además, hacer que el personaje de Mahershala Ali tenga problemas de memoria en 2015 ha sido una importantísima baza durante toda la serie, y por su puesto también en su final.

Conexiones y conclusión

La desaparición de los niños Purcell (y el homicidio de uno de ellos) ha tenido desde el principio pequeñas reminiscencias o guiños a los crímenes rituales del primer True Detective. La simbología con la que ya se toparon Rust Cohle y Marty Hart en la temporada uno, fue rescatada a lo grande cercana la season finale, de cara a dar los últimos coletazos de plausibilidad a una hipotética gran conspiración que de alguna forma conectase la trama de la tercera temporada con la de la primera. Como era de esperar, ello no resultó ser más que una maniobra de distracción al llegar a un penúltimo capítulo en el que quedó prácticamente clara la línea de resolución del caso: un crimen de naturaleza mucho más personal y consensuada de lo que parecía en un primer momento. ¿Qué ha quedado entonces para el episodio final? Unos cuantos requiebros (que no giros totalmente inesperados) que han llevado a que el caso quede cerrado para el espectador. ¿O no sólo para él? De nuevo nos quedamos con un hombre cuyas lagunas nos dificultan dilucidar si es consciente o no de haber resuelto el caso de su vida, y con una mujer (Carmen Ejogo) que, habiendo llegado por su propia cuenta a las conclusiones acertadas mucho antes, fue desoída cuando quiso ayudar.

La acogida que ha tenido esta tercera temporada ha sido mucho más cálida que la que tuvo su predecesora, y la razón no es otra que la vuelta al origen, a lo que funcionó en primera instancia. Nunca llueve a gusto de todos y habrá quienes la critiquen por ir muy sobre seguro o, salvando las distancias, parecerse demasiado a la primera. Pero, ¿acaso es eso un error? True Detective nos ha vuelto a regalar ocho capítulos de gran calidad, con grandes interpretaciones, y que guste más o menos su final, ha sido coherente consigo misma. Agreguemos a todo ello haber recobrado nuestro interés. No le podemos pedir más.

Aitziber Polo

 


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Criminóloga con sueños de directora. Pisé el cine por primera vez a los dos años. Con siete vi cómo un cocodrilo gigante se zampaba una vaca entera de un bocado en Mandíbulas, y empecé a leer a Stephen King (y así me he quedado). Mi película perfecta tendría guión de los Coen, banda sonora de Zimmer + Horner y plotwist made in Shyamalan.