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Yona, Princesa del Amanecer es una de esas obras que rompen tabúes. Norma Editorial nos trae una obra de redención y evolución. No solo para la propia Yona, sino también para su demografía, el Shojo.

¡Sigue el viaje de Yona y sus compañeros junto a nosotros!

El periplo de la chica es uno de espinas. De amor y odio. De dolor y sufrimiento. Pero también uno, de nuevo, evolutivo. Que nos permite explorar de forma antropológica e incluso psicológica las relaciones entre la chica y sus acompañantes. Formando una suerte de harem inverso que, rompiendo con lo establecido, es mucho más que una serie de romances entre la chica y el resto del grupo.

Durante su séptimo volumen, el argumento de Yona, Princesa del Amanecer alcanzaba un summit. La princesa no solo lucha, sino que se cobra su primera vida. Es un punto importante y que requiere de un espacio para la reflexión. Algo que vimos a lo largo de su anterior entrega pero que Mizuho Kusanagi extiende un tomo más allá con la novena publicación de su obra.

No es tanto un parón, sino una evolución lenta. Porque sabíamos mucho de ella, de Yona, pero poco de su mundo. Las reglas, los personajes, están claros, pero sus horizontes se extienden mucho más allá de esos detalles. Y es que si en el octavo tomo la autora se centraba en el clan de la tierra y la autoridad de Soo-Won como rey, ahora es el turno de hablar de otros temas con un trasfondo más humano.

Yona, Princesa del Amanecer #9 abre con toda una declaración de intenciones. La escena de Ik-Soo abrazando a Yoon es la primera imagen que nos ofrece y se convierte en un precedente de lo que vamos a vivir. Porque la vuelta a las tierras del clan del fuego tiene un sentido implícito en su historia: el sufrimiento. Era el lugar que abría las puertas del mundo a Yona, el lugar donde la chica aprendía que el reino utópico con el que soñaba su padre no era más que eso, un sueño. El regreso ahora se entiende como parte del ‘viaje del héroe’ (en este caso, de la heroína), porque tras afrontar otros males y peligros la chica ya está preparada para soportar la cruel realidad que le ampara.

Y aquí Kusanagi juega con su guion para ofrecer diferentes planteamientos. Primero, la forma en que Yoon ayuda a los habitantes es una forma de hacer que el lector empatice con el chico y entienda porque en sus primeros compases se mostraba hostil ante Yona. Algo que extiende rápidamente a la chica y que contagia al grupo entero. Lo hace con un formato casi cómico —un recurso al que la autora recurre cuando necesita hablar de injusticia social— que permite explorar tanto a la protagonista como a sus compañeros en un trasfondo muy humano, a la vez que cumple con las expectativas del tempo que la autora busca para distender su argumento.

El eje principal está claro: ‘El Dragón Oscuro y los Alegres Muertos de Hambre’. La forma en la que el grupo principal escenifica y actúa como bandidos en favor de los más pobre y detrimento de los más ricos —con esa fabulosa referencia a Robin Hood— suena al principio como un chiste. Una forma, de nuevo, de enmascarar la injusticia reinante en Koka con un toque de humor. Pero lejos de estancarse en un recurso tan simple, Kusanagi prepara algo entre las sombras de su ejecución.

Es un movimiento astuto y que, además, trae consigo pequeños fragmentos de acción que oxigenan su evolución y demuestran la mejoría de la autora con el trazo. Porque recuerdo mencionar el potencial de la misma en ese primer tomo, donde se limitaba a hacer danzar la naginata de Hak en un plano general pero ahora es capaz de jugar entre viñetas y añadir a los cuatro dragones o a Yona cuando lo necesita. Y no solo es que el añadido juegue en favor de la composición sino que demuestra saber separar la acción en pequeñas viñetas bien diferenciadas.

Pero lo verdaderamente importantes es que, con la excusa de las incursiones de la banda de Yona, la autora deja a la chica a solas con Shin-Ah, el Dragón Azul. Y no solo es que sea una escena tierna, sino que se suma al plantel cómico anterior para desarrollar una gran secuencia narrativa a la que la autora puede apelar sin mucha dificultad. Para ello hace uso de la ternura de ambos personajes, pero construye un nuevo perfil para Yona. Uno que ya habíamos visto en su primer encuentro con el chico pero que ahora toma fuerza y sirve para reforzar las relaciones entre ambos personajes.

Es una introspección tan sincera y tierna que la pausa en su guion brilla por momentos. Porque demuestra que las relaciones que entabla ella con cada dragón son completamente diferentes y mientras que, por ejemplo, intenta mostrarse como una mujer fuerte ante Jae-Ha, su postura con Shin-Ah es una extremadamente maternal. Una forma de jugar con el contexto de la búsqueda y la obtención de la fuerza sobrenatural de los guerreros para ensalzar la ternura de la chica.

«Algún día muéstrame tu sonrisa, ¿vale, Shin-Ah? Seguro que estás adorable»

Pero antes de que la escena se pueda permitir una evolución más notable, Kusanagi decide que toca mover todas las piezas que había colocado hasta ahora en el tablero. Porque la llegada de unos bandidos tras las actuaciones del grupo se convierte en un importante contrapeso moral que tira abajo todo lo vivido hasta el momento y rompe con la distensión. Por una vez su guion decide tomar la situación como lo que es y lo realiza de la forma más seria posible: con el asesinato de un niño.

Se trata de una forma leve y no le da todo el protagonismo que debería, pero la idea está clara. Mientras que Yona y compañía se imponían por la fuerza por lo que sentían como un deber moral esas personas lo hacen, no por avaricia, sino por hambre. La autora consigue, en cierta forma —algo que, de nuevo, llevaba anunciando desde la obertura del volumen— crear un trasfondo humano donde el maleante no es más que otra víctima de un gobierno opresor.

Así encierra a Yona en un conflicto múltiple. Porque la chica es atrapada por los bandidos, incapaz de superar la atadura de su captor mientras siente como la vida del niño se pierde y la de aquellos hombres se retuerce. Mientras, además, la de Shin-Ah corre peligro. «Es frustrante… es desesperante». Y esta vez Kusanagi consigue transmitirla. Esa sensación, esa opresión que corre y atenaza la menta de la chica.

Y entonces explota. Shin-Ah revela su poder, los ojos de Dragón Azul, y los tonos clásicos de la obra se tiñen de seinen. De obra adulta. Porque se vuelve a caer en el precio de la ética. Hay un elemento disociativo en el despertar del chico. Porque la escena se podría identificar con cientos de shonen donde él despierta sus poderes innatos y solo ella puede calmarlos. De hecho es un recurso en el que Inuyasha sobresalía.

Pero, de nuevo, en el caso de Yona, no es solo un poder innato. Es un elemento de disociación. Los ojos de Shin-Ah provocan un tormento mental, encierran a sus enemigos en una suerte de ilusión y los paraliza en un torrente de dolor que afecta incluso a sus nervios y músculos; el peligro existe. Pero el chico disfruta, el Dragón siente la sed de sangre, las ganas de despedazar e incluso cuando sus enemigos se rinden entre alaridos de dolor, él sigue. La dicotomía entre Shin-Ah y el Dragón, entre la mente del chico y la del depredador despiadado, es real. Y no solo se representa de forma narrativa sino que además cuenta con una gran exposición en sus páginas, cargadas de tinta negra, con un entramado tan denso que transmite sobremanera ese peso mental.

Y sí, la escena se salva, como no podría ser de otra forma, con la chica abrazándole, devolviéndolo a su estado original. Pero no se entiende como que él recupere la compostura, sino como si realmente se librase de un ente que le controla. E incluso así, el guión gira entorno a los miedos del chico, a no ser aceptado. A perderse de nuevo en la oscuridad, vagando a solas, sin nadie que se atreva a acogerle.

«Tengo miedo de que nadie vuelva a pronunciar mi nombre nunca»

La forma en que su historia nos muestra a Yona es una declaración. Porque no es la Yona de su volumen original. Es tan tierna, tan maternal, que demuestra un enorme cambio. Hay un esfuerzo, un enorme cambio a nivel emocional. Y cuando ella sonríe y le promete protegerle consigue tirar abajo los muros de los tópicos para escenificar algo realmente puro. Porque ella es la heredera al trono, y su evolución como persona podría marcar el destino de todo un reino.

En las anotaciones que Mizuho Kusanagi realiza a lo largo de la obra hay uno que me llamó especialmente la atención. Y es que la autora promete abandonar el parón argumental al final de este volumen para continuar la historia con el siguiente. No sé hasta que punto considera esto como un parón pero siento que la forma en la que está creando una estructura para su mundo es importante. Sea como sea, estaremos preparados para continuar el viaje junto a Yona.

Aunque Yona, Princesa del Amanecer #8 obviaba el juego visual que estaba realizando hasta ahora la obra con sus portadas, el noveno volumen vuelve a las clásicas andadas de la misma y nos presenta una portada escenificada por el recién llegado Zenos y la princesa. Una que recuerda en exceso a la presentación de su cuarto tomo, en la que posaba la chica junto a Yoon en un entorno floral.

En este caso la paleta de colores cálidos vuelven a hacerse con el formato pero se incluyen unas tonalidades blancas que juegan con la idea de la tranquilidad —algo que quizás se encuentre referido a la idea del parón que comentaba su autora. Además, las expresiones de ambos personajes tienen un tono distintivo, difícil de ver incluso en las escenas más distendidas de la obra.

Por último, nos encontramos de nuevo con una portada rústica con sobrecubierta clásica en un formato de 11,5 x 17,5cm y un total de 192 páginas divididas en un total de seis capítulos. De igual forma que en su anterior publicación. El volumen está perfectamente localizado a nuestro idioma cortesía de Sandra Nogués (BRKDoll Studio).

Óscar Martínez

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