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Yona, Princesa del Amanecer es una de esas obras que rompen tabúes. Norma Editorial nos trae una obra de redención y evolución. No solo para la propia Yona, sino también para su demografía, el Shojo.

¡Sigue el viaje de Yona y sus compañeros junto a nosotros!

El periplo de la chica es uno de espinas. De amor y odio. De dolor y sufrimiento. Pero también uno, de nuevo, evolutivo. Que nos permite explorar de forma antropológica e incluso psicológica las relaciones entre la chica y sus acompañantes. Formando una suerte de harem inverso que, rompiendo con lo establecido, es mucho más que una serie de romances entre la chica y el resto del grupo.

Yona, Princesa del Amanecer #8 supone un cambio. No es algo que deba cogernos por sorpresa, ya que tras las tensiones de su anterior tomo, era necesario un espacio diferente. Y es que Mizuho Kusanagi conseguía llevar a la chica al límite en los anteriores capítulos. Tras vivir recluida en una castillo durante toda su vida, Yona se ve obligada a vivir los puntos más oscuros de su país. La muerte y la desesperación enturbian la visión de paz utópica que su padre deseaba e incluso las manos de la princesa llegan a mancharse de sangre.

Casi podría decirse que, de esta forma, Yona atraviesa el muro que aún quedaba entre su antigua y su actual vida. Se convierte en asesina. Por justicia, por supuesto, pero da el último paso que la alejaría de las enseñanzas del antiguo rey, de su padre. Por eso, tras haber alcanzado tal nivel de intensidad, era necesario que la obra tomase un pequeño respiro y nos pusiese de nuevo en el camino. Ya solo queda un dragón.

Y el guión de Kusanagi no tarda en salvar ese problema de forma magistral. Porque lo hace ofreciendo ese pequeño espacio que, de nuevo, era completamente necesario, pero sin perder el hilo conductor de la obra. Es espontáneo, igual que la llegada de Zeno, el Dragón Amarillo y último de los cuatro descendientes de los Dragones de la leyenda. Un chico joven, de personalidad arrolladora y —al parecer— sin ninguna habilidad en concreto, que parece llegar para romper con el tono implícito de la obra y su trasfondo.

Una inclusión que en cierta forma suena forzada, como salida de ninguna parte. Pero también ayuda a defender su argumento, que —incluso con sus brillantes excepciones— empezaba a resultar algo cíclico. De Dragón en Dragón, persiguiendo una antigua leyenda, haciendo caso omiso a los movimientos del reino de Koka y su nuevo regente.

Y es algo que también se nota, y en cierto modo incluso fatiga, en sus siguientes líneas. Porque el grupo decide dirigirse de nuevo al santuario de Ik-Soo para descubrir que la espada y el escudo del elegido aún no han sido revelados. El viaje parece estar tan estacado como siempre. Sin rumbo fijo, solo deambulando.

Con todo, es el propio Zeno quien consigue apartar en cierta forma esa fatiga argumental y al lanzar una pregunta. Una cuestión que, si se lee entre líneas, es fácilmente interpretable como un movimiento de guion, casi como una pregunta que se realiza a si mismo.

«¿Para que has reunido a los cuatro dragones?»

Es una pausa, una sola viñeta que cae a plomo y se dispersa a lo largo de las siguientes páginas. Pero antes de diluirse del todo nos devuelve una escena preciosa. Una Yona, decisiva, que le hace una promesa al propio Ik-Soo. Pero no es al monje a quien se lo hace. Sino a si misma, al recuerdo de su padre. Casi como si fuese una despedida. Es una punto que remarca las líneas anteriores y recuerda como la princesa ha cambiado después de someterse al dolor.

«Padre, perdóname, por favor. Voy a tomar las armas para proteger tu país.» Es una cita cargada por la determinación, pero que recuerda a algo más. A alguien más. Su encontronazo con Soo-Won en la ciudad de Awa y su incapacidad para desenvainar la espada. Y entonces la princesa, el muro frente a la adversidad, se desploma. Su verdadero camino no es otro que convertirse en alguien capaz de desenvainar esa espada y luchar. Por su vida y por su reino.

Así Kusanagi demuestra que sabe como mover las fichas en el tablero. En tan solo unos pocos capítulos transforma su obra en diferentes angulos, tratando tanto la motivación, como la pérdida, la esperanza y la derrota moral. Es hora de volver a cambiar las tornas.

El mundo gira y nos vemos en el papel de Soo-Won. No sorprende, ya que su aparición en el séptimo volumen no era más que un reclamo. Un aviso. Algo que la autora aprovecha para realizar una introspección. Para humanizar a su antagonista, si es que era necesario. Es un movimiento tan lógico como inteligente, porque aunque el chico era presentado como alguien afable, el giro que provoca en el reino le desprende de ello y lo marca como una persona fría y poco compasiva.

Sin embargo, a lo largo de toda la extensión que nos propone este nuevo tomo se le ve en la misma postura en que lo conocimos. Una fachada de humildad. Un hombre incluso bobalicón y de gran corazón. Así es como se hace con el clan de la tierra, actuando tras la máscara de su propio papel. Es un apartado donde Kusanagi parece tomar notas de Sun Tzu y su magnum opus, “El Arte del a Guerra”.

Y es que Soo-Won se aprovecha de la sed de batalla del general del clan para probarlo en un combate táctico. Un juego de guerra que parece estúpido en primer momento pero que nos demuestra las capacidades del nuevo regente. Con un solo acto como ese consigue reactivar la economía del país y volver a convertir en su general en héroe. Pero incluso así, el objetivo de la obra no es tanto el demostrarnos el increíble potencial del chico, sino mandarnos una pregunta.

¿Es Soo-Won el rey que Koka necesitaba? Quiero decir, Il será recordado por sus promesas de paz, pero también por la pérdida de tierras, la caída de la moral por parte del ejército y por ser incapaz de controlar su propio reino. Sin embargo, su sobrino demuestra tener las capacidades aptas para reinar. Es fuerte, inteligente y un gran estratega. Bueno con el pueblo y sus habitantes, cercano a ellos. No necesita esconderse tras los muros del castillo.

No es que esto justifique el asesinato del antiguo monarca pero su historia lo plantea de forma que nosotros, como lectores, debamos apelar al distintivo moral y pensar por nuestra parte que es lo que resulta correcto y que no. Un juego moral que, además, se contrapone al camino de Yona. ¿Que hará la princesa? A ojos de sus súbditos no ha habido golpe de estado, solo la llegada del rey que Koka merecía.

Quizás ese sea el motivo por el que el volumen nos regala un pequeño epílogo. Su capítulo 47, ‘Una lluvia muy bienvenida’, no es más que eso. Una pequeña despedida que sirve para volver a encontrar el enfoque adecuado para su historia. Con Yona entrenando con la espada incluso bajo el peso de los elementos. Una combinación de humor y drama que supura auto superación. Un cierre determinante, con Hak besando la frente de la princesa, que promete mucho más de lo que hemos visto hasta ahora. Porque los caminos se bifurcan y resultará complicado encontrar el punto al que dirigirse.

Yona, Princesa del Amanecer #8 rompe con la estética de sus anteriores tomos. Tras una larga lista de repetir el mismo juego en este apartado, la portada de Kusanagi decide que no es hora de que Yona siga como protagonista. Esta vez, y no podría ser algo más acertado, es el turno de Soo-Won. Un majestuoso rey que ocupa la primera plana del octavo volumen ataviado con las ropas de regente y con el animal espiritual que la propia autora le brinda de forma metafórica. Un halcón. El símbolo de su realeza, de su capacidad de ver por encima del reino y protegerlo.

Es un descanso que juega a favor del manga y le ofrece una ruptura de esos términos tan conocidos. Algo a valorar, que ayuda a pausar la acción desenfrenada que llevaba ya por costumbre y que, a su vez, eleva a Soo-Won. Una forma de introducirse en el conflicto. ¿Quien debería ser el nuevo rey? Pese a que es el contenido de sus páginas lo que resulta realmente determinante, icnluso con su portada se quiere asegurar algo. Algo que seguramente sea el preludio de una verdadera disputa moral.

Por último, encontramos de nuevo con una portada rústica con sobrecubierta clásica en un formato de 11,5 x 17,5cm y un total de 192 páginas divididas en un total de seis capítulos. De igual forma que en su anterior publicación. El volumen está perfectamente localizado a nuestro idioma cortesía de Sandra Nogués (BRKDoll Studio).

Óscar Martínez

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