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Yona, Princesa del Amanecer es una de esas obras que rompen tabúes. Norma Editorial nos trae una obra de redención y evolución. No solo para la propia Yona, sino también para su demografía, el Shojo.

¡Sigue el viaje de Yona y sus compañeros junto a nosotros!

El periplo de la chica es uno de espinas. De amor y odio. De dolor y sufrimiento. Pero también uno, de nuevo, evolutivo. Que nos permite explorar de forma antropológica e incluso psicológica las relaciones entre la chica y sus acompañantes. Formando una suerte de harem inverso que, rompiendo con lo establecido, es mucho más que una serie de romances entre la chica y el resto del grupo.

Sin ir más lejos, la propia Kusanagi nos brinda una ilustración en su sexto tomo en el que nos muestra a sus personajes en forma de escolares. Una forma de decirnos que, desde luego, la historia de la chica encajaría incluso en uno de esos clásicos fanfics que sitúan la acción de las obras originales en un trasfondo escolar de tintes orientales. Sin embargo, y contra todo pronóstico, su autora realiza un trabajo más parecido a La Heroica Leyenda de Arslan que a School Rumble o Non Non Biyori.

 

Así, el comienzo de su séptimo tomo abre de forma abrupta, con la chica introducida en el barco del tirano de Awa, Yang-Kum-Yi, haciéndose pasar por una chica inocente que será vendida como prostituta al reino vecino. Un acto de valentía que atenta contra su propia vida y demuestra cuánto ha aprendido la chica. Una evolución que juega en contra de los principios que le habían acompañado desde nacimiento, siendo la hija de un rey que detestaba el uso de las armas.

Sin embargo, se siente una evolución necesaria, casi obligatoria. Porque el viaje de la chica dista mucho de centrarse tan sólo en su persona. También sirve como descubrimiento, una forma de ver el reino que debería proteger y gobernar. Una terapia de choque que sirve para mostrar lo que la utopía del rey Il escondía: corrupción, asesinatos, tratas y esclavismo. Injusticias que hacen fuerte a una princesa que se siente capaz de sacrificarse por su pueblo, que demuestra que las enseñanzas de su padre no son más que sueños inalcanzables para una sociedad que crece de la semilla del mal. Alimentada por el hambre, las enfermedades y el inclemente azote de la pobreza. La forma en que reina y reino se construyen a su vez.

No obstante, y aunque no lo hace menos disfrutable, se intuyecierta cobardía en la narrativa de Kusanagi. Porque sí, la autora se atreve a tratar temas que resultan ajenos —en su mayoría— al género, pero a su vez consigue tan sólo arañar la superficie. La misma se presenta como una persona dulce y entrañable a través de las muchas anotaciones personales que encontramos a través del tomo, algo que sirve como matiz en contra de los temas que se han añadido en los últimos tomos. Pero, incluso así, es imposible no sentir que al final todos estos trasfondos son escenarios para que la figura de la princesa se eleve ante la desgracia.

No le quita valor a la obra, que brilla en la mirada de Yona al oír los desgarradores gritos de una madre que ha perdido a su hijo, en cómo las mujeres luchan ante la idea de verse convertidas en objetos o en como los antes pescadores ahora se auto-proclaman piratas para desterrar a quienes matan a sus hijos y esclavizan a sus mujeres. Si bien el drama siempre es ligeramente superficial, la idea está ahí. La fuerza está ahí.

Y esto es algo que, por suerte y desgracia, se vive de forma intensa en este volumen. Porque Yona, Princesa del Amanecer #7 es, de principio a fin, intenso. Y además de las reflexiones, los matices y las tonalidades de la tinta en unas escenas de batalla naval nocturna que se pintan difusas y rápidas ante la temeridad de los bandos enfrentados, se atreve a ir un paso más allá.

Y lo hace con la determinación de Yona, rompiendo el último tabú: la muerte. Porque aunque la chica ya había sido representada con esa cara de determinación, la que el propio Yang-Kum-Yi clasificaba como “la de una bestia”, en este tomo va más allá al ser la propia chica quien acaba con el tirano de un disparo en el pecho. Es una muerte elegante, precisa, enmarcada por una grandiosa Yona, que se erige en lo alto del barco mientras el cobarde intenta escapar en un bote.  Algo que engrandece su propio dibujo con planos anchos, donde destaca a la chica bajo la pálida luz de la luna. Pero pese a ser la primera muerte de manos de la chica, se queda en el olvido en pos de la celebración. Un sabor agridulce que empaña, en cierta forma, el mejor volumen hasta el momento.

Y si el atrevimiento llega hasta tal nivel es porque el volumen no finaliza con la muerte del tirano sino que enfrenta a Yona con su mayor miedo: Soo-Won. El encuentro, remarcadamente forzado, aunque de igual forma inesperado, no solo hiela la sangre de Yona sino que pretende hacer lo propio con el lector. Algo que consigue sin apenas esfuerzo. Porque juega con los contrastes. Convierte a Yona, una guerrera victoriosa que ha acabado con el mal de la ciudad, en una pequeña chica amparada por el monarca regente. El usurpador que acabó contra la vida de su padre y atentó contra la suya propia.

Es una escena breve, una con la que Kusanagi abre el verdadero arco de la obra y siembra la discordia. Porque es el Soo-Won que Yona recuerda. Protector, amable. Casi parece un guardián más de la chica. E incluso cuando esta intenta apuñalarlo, él se limita a sujetar su mano con delicadeza mientras la protege de a vista de sus guardias. Una forma de demostrar que el chico es mucho más que un tirano. La dicotomía entre las vidas de dos personas que se han criado en los bandos opuestos de la realeza. De la utopía a la cruda realidad.

Algo que pone el verdadero broche final al tomo —aunque en realidad el mismo se ve cerrado por un capítulo de comedia protagonizado por Kija que sirve como contrapeso a la intensidad general del volumen— y abre de nuevo la veda de la emotividad con una Yona frágil de nuevo, que se lanza a los brazos de Gi-gang. Pero también del miedo, del futuro y que lanza una pregunta clara y alta. ¿Qué busca Soo-Won?

Yona, Princesa del Amanecer #7 sigue los pasos de sus tomos anteriores. No es novedad, sino algo que hemos comentado desde su cuarta entrega (aunque también se puede ver, en otros contextos, en las anteriores) y que, de nuevo, no falta en esta.

Siguiendo con el esquema general, son Yona y Jae-Ha, el Dragón Verde, los protagonistas de la portada de este séptimo volumen. Si bien, las relaciones anteriores denotaban amor, amistad o reciprocidad, esta vez se centran en la fortaleza de la chica. Podemos verla a ella tensando el arco mientras su compañero le guía. Una clara referencia a como es ella quien le salva al asesinar al tirano, además de evocar las bases de su relación, cuando invierten roles, siendo ella la salvada al recoger las hierbas sensujo. Una práctica que no deja de resultar fresca y que da cierto valor a sus portadas, siendo algo más que simplemente estético y contando con cierto valor añadido en forma simbólica que siente mucho por los personajes de su obra. Una vez más, se siente el cariño de la autora y de la editorial que se encuentra detrás de su publicación.

Por último, encontramos de nuevo con una portada rústica con sobrecubierta clásica en un formato de 11,5 x 17,5cm y un total de 192 páginas divididas en un total de seis capítulos. De igual forma que en su anterior publicación. El volumen está perfectamente localizado a nuestro idioma cortesía de Sandra Nogués (BRKDoll Studio).

Óscar Martínez

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