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THE GOLDEN SHEEP, SANGRANDO EL PASADO

«¿Os acordáis de Tsugu Miikura?»

La espera es, para todos, un elemento especialmente conocido. Pero a veces también es uno ajeno. El tiempo, más allá de su concepción física, suele representarse como un objeto del romance. Del drama. Porque dentro de la espera el tiempo se sigue sucediendo. Miles, millones de vidas, siguen caminando mientras nosotros paramos. Mientras esperamos. ¿Y qué pasa cuando termina la espera?

Una despedida y una pregunta. Un «Lo siento, abuela» y un «¿Os acordáis de Tsugu Miikura?» son más que suficientes para realizar una radiografía de lo que representa, en su esencia, The Golden Sheep. Porque la obra de Kaori Ozaki habla del tiempo. De la espera, pero también del regreso. De lo que ganamos, pero especialmente de lo que perdemos. De nuevo, del tiempo.

Un viaje de vuelta

Porque cuando la obra da sus primeros pasos han pasado seis años. Seis años desde que Tsugu abandonase su hogar. Desde que dejase atrás a Sora, Yûshin y Asari, sus amigos de la infancia. El regreso, ahora, parece inalterado. Son sus amigos, al fin y al cabo. Pero si el tiempo es un elemento que juega en nuestra contra, todavía lo es mucho más la separación. Los cambios. Porque nada es inamovible. Mucho menos cuando son las emociones las que tiran de nosotros.

Sora no es la misma persona. Asari no es la misma persona. Yushin, desde luego, no es la misma persona. ¿Pero lo es Tsugu? Ella también ha cambiado, pero la ilusión, la esperanza en la naturaleza del ser humano y su constante inocencia la ciega ante lo crudo y frío que se pinta el mundo real. A Tsugu le apasiona la música, el deseo ardiente de un rock’n roll eternamente joven, definido por los compases de Led Zeppelin y coreado por la inmortal voz de un Axl Rose que romantizaba con ojos claros como el cielo y la seguridad de aquella persona a quien sentimos como alguien especial. Su mundo es todo aquello que quepa en sus casos y pueda traducirse a un idioma tan universal como es la música.

Pese a que The Golden Sheep se aleja de la espontaneidad de Inio Asano o el duro golpe de realidad de Kabi Nagata, las líneas de Ozaki no dejan de ser una balada triste sobre la juventud. Una que se aproxima, salvando las distancias, a la narrativa de Bethany Hockenberry y Scott Benson en un afilado Night in the Woods, llamando al lector a tomar parte del conflicto emocional que propone; llamando a posicionarse y acabar magullado entre sus tantas espinas en un —irrefrenable— afán por desenredar la maraña que hace sangrar sus líneas.

La anatomía del cambio

Y es que Ozaki no duda en hablar, siempre partiendo de esa carismática naturalidad sensible, del bullying, del suicidio, de la soledad o de la pérdida. Sora, en silencio, un acoso que rompe su espíritu hasta el punto de llevarlo a una decisión crítica. Yushino ha disfrazado su aspecto bajo el de ejecutor por miedo a ser, una vez más, ejecutado en términos sociales. Y aunque Asari y Tsugu se observan tras un prisma diferente, la primera cae en su propia soledad emocional —una cárcel de cristal fomentada por sus propios miedos y paranoias— mientras que la segunda parece utilizar el chat de su difunto padre, sin respuesta, cómo un lugar de desahogo que la mantiene cuerda ante la realidad de una realidad más fría de lo que ella esperaba.

Así The Golden Sheep no se siente tanto como un drama protagonizado por el dolor invisible y los horrores de una etapa marcada por las imposiciones sociales sino casi como un diario personal. Reacciona ante el bullying, pero no lo combate, sino que se mantiene como espectadora de una obra protagonizada por emociones. Una obra que habla de “tú a tu”, que te sonríe a la cara mientras te apuñala y te obliga a ceder ante sus designios. No solo con una gran capacidad de inmersión, sino también ante la triste idea del cazador cazado y el como las heridas, especialmente las que no dejamos que el resto vean, son las que nos cambian.

«Hoy una amiga ha llorado por mí».

Son escenas definidas en el día a día. Escenas que ocurren a nuestro alrededor. Analogías constantes a dramas de pupitre que atentan contra vidas sin que la espera se vea alterada; sin que nadie deje de caminar. Analogías al miedo de ser presa del futuro, a la muerte de los sueños y la esperanza. Analogías a los muros. A su pueblo y sus montañas, a la reclusión que representan, como sombras que se ciernen sobre la idea de escapar. The Golden Sheep habla de todo lo citado. De cómo, junto a ello, el pasado y el paso del tiempo nos hace sangrar.

Cuesta no identificar algunos de sus trazos con las ideas de Solanin. Pero allí donde Asano retorcía y obligaba a afrontar situaciones para avanzar hacia la vida adulta, Ozaki se niega y persigue una idea anterior a ella, al encontrar una identidad propia antes de dar el siguiente paso. Un elemento que marca ese tono tan personal de The Golden Sheep a fuego. Un tono con el que cuesta no sentirse identificado pero que se atreve a romper con su propia inmersión, cuando lo necesita, para recordarnos que no se trata de un espejo, sino de actores y actrices viviendo bajo sus propias presiones.

The Golden Sheep es algo más que eso, desde luego, y destripar su guion sería obviar la magia de su autora y sus líneas. Una magia capaz de romperte a través de delgadas y precisas líneas que bailan junto a una composición que se siente capaz de prescindir de los textos para permitir que sean sus acciones las que narren. Un camino a la perdición que nace de la esperanza, de cerrar heridas del pasado y solventar los errores que nos han llevado a ser quienes somos. A cambiar.

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.