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valor introspectivo de Solanin
ANIME / MANGA OPINIÓN REDACTORES

SOLANIN: EL INCONFORMISMO DE UNA REALIDAD AJENA

Me he levantado con los ojos enrojecidos. Vista nublada, lágrimas cayendo por las mejillas al contacto de los ojos con la luz de la mañana y una molestia generalizada que ha tomado por costumbre darme los buenos días. No necesito pensar en las razones, sé que ayer estuve hasta demasiado tarde frente a la pantalla, escribiendo. Lo peor es que sé que hoy ocurrirá lo mismo. Primero porque adoro la tranquilidad de la noche como fuente de inspiración; alejada de gritos, discusiones y otras interrupciones. Pero también sé que la falta de tiempo me llevará a dedicarle esas horas a mi sueño.

En su análisis de La Desaparición de Haruhi Suzumiya, José Altozano cita uno de los valores más destacados de la narrativa de Nagaru Tanigawa, el hecho de afrontar que nuestra vida no es «como aquello que nos vendió el arte». Por tiempo y contexto, la considero una publicación alejada de mi pensamiento, pero sigue siendo una a la que vuelvo siempre en busca de inspiración. Una a la que, tras mucho tiempo sin hacerlo, volví después de cerrar las páginas de Solanin.

Los ecos del pasado

El vídeo no va a cambiar por más veces que lo vea. Lo sé. Pero tiene cierta importancia; una reminiscencia de tiempos anteriores y una base sobre la que sustenté mi crecimiento personal y mis valores como crítico mientras intentaba ascender por una espiral adornada de sufrimiento, decepción y, muchas de las veces, ansiedad, que siempre he querido observar con un deje acaramelado. Supongo que, de nuevo, en busca de aquello que nos prometía el arte.

No me di cuenta, al cerrar Solanin, que no me había prometido nada. No me di cuenta, hasta largo rato después de cerrarlo, de lo mucho que me había afectado. Como una hoja ligera y fina que se retuerce entre mis deseos más importantes y mis tribulaciones más frágiles, atentando con romper la escasa estabilidad que las mantiene en pie y amenazando con derribar ese muro que separa la cruda realidad de lo que otras obras han prometido.

Al pasar por sus líneas una voz interior me repetía algo. Que no podía ser más duro que lo que narra Kabi Nagata en Mi experiencia lesbiana con la soledad. No lo es. La realidad de Solanin es una más abstracta, pero tan sólida que su peso resulta tan asfixiante como lo que narra en sus páginas. Porque Inio Asano no busca la identificación personal. No es algo tan concreto como lo que traza Nagata, sino un compendio de realidades que convergen en un punto exacto y se rebelan contra todo aquello que lucha por evadirse de su camino.

Más allá de las metáforas o los juegos de palabras, Asano se lanza decidido, sin preámbulos. Lo suyo es una historia, no un espejo. Pero en sus confines consigue que te veas representado hasta el punto de querer gritar “basta” a una lámina de papel. Un juego que pasa una y otra vez por la parábola del “y si…”. Un juego imaginativo que no solo hace malabares con los condicionales de una vida, sino que extrapola y aumenta su radio para comprender que no es más que una parte innata de la fría realidad. Momentos tan simples como el llegar a tu nuevo hogar y preguntarte quién habrá vivido en él antes, trazar una línea imaginaria al ver un objeto o reconocer una habitación. Narrar una historia que se aleja de cualquier hecho que haya propuesto el arte.

Solanin no pretende ir más allá. La historia de Meiko no es más que otra historia corriente, que ocurre en una lugar y tiempo concreto a la vez que lo hacen cientos, miles de historias más en ese lugar y tiempo concreto. Una lluvia fría que recuerda y ejerce de testigo de que su paso por el mundo no es el que ella había ideado. Un trabajo frustrado, un amor perdido en el momento álgido de su vida y un sueño prestado que nunca llega a cumplirse. Y, por supuesto, las cajas de verduras. Esas dichosas cajas de verduras. El indicativo en forma pasiva de que siempre arrastramos los ecos del pasado. Lo que fue y ya no es.

Más allá del presente

A lo largo de su narrativa Asano introduce fragmentos ajenos. Realidades tangentes que ocurren en ese espacio designado sin tener porque cruzar por el punto en el que se centra su historia. El hombre mayor que envía cartas a su difunta esposa. El productor de música que olvida su sueño en busca de una estabilidad económica. El jefe de Meiko, que sin tener presencia alguna en la obra, indica su reticencia a aceptar que el tiempo mella su vida.

Todas son tan reales como las de Meiko o Taneda. Todas comparten la misma estructura; la de algo que fue pero que ya no es. Sin embargo, al igual que ocurre con sus protagonistas, la importancia no reside sólo en lo que son, sino que se estructura de forma tridimensional; pasado, futuro y presente. Todos pasan por sus oportunidades, construyen su propio camino. Todos avanzan, cambian, siempre en función de su propia perspectiva.

Asano recuerda que, en su aniversario por los diez años de Solanin, que Taneda es idiota. Y es cierto. Taneda es idiota. Todos hemos sido idiotas alguna vez. Con todo, me quedo con su estupidez. Con la idea de luchar, siempre, hasta el final. El amor que el chico dedica a la música va mucho más allá de lo que seguramente cualquier persona ajena a su realidad pueda comprender; quizás incluso él mismo lo siente en algunos momentos de la obra. Yo, desde luego, no consigo comprender porque a veces dedico tanto a escribir. Supongo que simplemente, nos llena.

Solanin es una lluvia fría. Pero, con todo lo que conlleva hacerlo, hay quienes adoramos salir a recibirla y acabar empapados por el mero hecho de sentirla. Por el mero hecho de sentirnos vivos. Supongo, sin dejar este manojo de cavilaciones frágiles, que es por esto por lo que nadamos contracorriente, en busca de aquello que se antoja tan inalcanzable. Quizás, después de todo, Taneda no fuese tan idiota. Quizás tan solo sea un luchador más. Otra persona que busca no morir aplastada ante la asfixiante realidad.

Pero, siguiendo con los condicionales que tomo prestados de Asano, quizás no todo tiene por que ser tan malo. Meiko es tanto o más fuerte que Taneda. A lo largo de toda la obra vemos como la chica lucha por sobrevivir a la realidad. No es la única. Kato, Jiro y Ai lo hacen también. Ayukawa y Ohashi tampoco son excepciones. La música ejerce de punto de intersección para todos ellos. Es el contraste entre la madurez y esa etapa que vivimos en busca de lo que nos prometió el arte. Pero son dos etapas que no tienen porque existir en dimensiones diferentes. Y esa es la verdad mejor representada de Solanin.

Se ha vuelto a hacer tarde. Seguramente mañana me levante con los ojos enrojecidos de nuevo. Volveré a preguntarme qué hago con mi vida y me lamentaré por mi suerte. Pero no todo es tan malo. Igual que ocurre en Solanin, he atesorado grandes momentos con mi pareja, con mis compañeros. Incluso a solas, con un pequeño foco, una libreta y un boli; amparado por esta tranquilidad nocturna. Mi vida, tal y como anticipa Asano en su despedida, también ha cambiado. Sé que es posible que en unos años no vuelva a escribir —quizás sea este podría ser mi último texto. Meiko afirma, en las últimas páginas de la obra original, que desearía poder parar el tiempo en ese momento, no pasar de esa misma página. Pero el tiempo no concede este tipo de concesiones. Con todo, su epílogo sirve para enseñarnos algo. Que el tiempo no tiene porque frenarnos. Que el presente no será el futuro pero que jamás debemos rendirnos.

He hablado demasiado poco de Solanin. De su desarrollo, de su juego. Pero no puedo hacerlo. Inio Asano ha roto con mi inconformidad a la hora de introducir mi propia realidad en un texto, en dejarme llevar por la más absoluta subjetividad. Esa es la introspectiva de la obra, una por la que cada persona debe pasar por su propio pie. Descubrir Solanin mientras uno se descubre a sí mismo.

«En Tokyo una está rodeada de monstruos».

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.