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Solemos identificar el manga con la ficción. Es una afirmación generalista, sin duda, pero es que también hablamos de un concepto general. El manga es un exponente cultural y como tal cuenta con decenas de subgéneros, decenas de estilos, de temáticas.

Pero incluso así, solemos identificar el manga con algo ficticio. Quiero pensar que lo hacemos porque, incluso dentro de ese factor cultural, gustamos de acudir al manga como terapia. Una forma de transportarnos al mundo del autor y abandonar las tribulaciones del día a día. Pero, ¿qué pasa cuando no es así?

¿Qué pasa cuando el manga no es más que una extensión de ese día a día? Cuando el manga no es ficticio. Porque sí, quizás no es lo más corriente. Pero al fin y al cabo el manga es una forma cultura basada en la expresión. Y cuando la persona que se expresa decide no hacerlo siguiendo las reglas de la ficción algo cambia.

Esto es, precisamente, lo que pasa con la obra de Kabi Nagata. Porque sus líneas no solo son no-ficticias. Sino que además son introspectivas. Son las líneas de su vida. De cómo la autor se ha enfrentado a sus problemas. De cómo se ha caído y se ha vuelto a levantar antes de caer aún más fuerte. Mi experiencia lesbiana con la soledad va mucho más allá de lo que su propio título pueda indicar. Es tan personal pero a la vez tan inmensamente accesible que Nagata es capaz de hacer que el lector sienta cada una de esas líneas.

Es difícil hablar de Mi experiencia lesbiana con la soledad. Es extremadamente difícil. Primero porque cualquier palabra referida al trabajo de Nagata es una valoración a su discurso. Uno que puede sonar diferente dependiendo de quien sea la persona que se sumerja en sus palabras. Pero también resulta difícil porque la experiencia que narra su obra es tan personal —y a la vez tan cercana— que cuesta incluso suponerla como obra. Con esto solo quiero decir que, independientemente del momento en que leas estas palabras, pienses en leer la obra. Hazlo antes de seguir, hazlo después. No es relevante. Pero hazlo. Porque lo que Nagata cuenta en su obra no puede extrapolarse a la valoración subjetiva de un individuo ajeno a su vida.

Kabi Nagata ejerce de brújula en su obra. Pese a que la historia que narra —su propia historia— está referida a sus vivencias, al cómo superó la depresión y se atrevió a ser una persona adulta, a su vez parece que hable a cualquier persona que la lea. Mi experiencia lesbiana con la soledad es una obra liberadora, con la que la autora ha conseguido superar sus miedos, ansiedades y problemas para liberarse, no sólo como tal, sino también como persona. Pero a su vez parece querer convertirse en un pequeño bote salvavidas.

Porque sus entresijos se encuentran repletos de mensajes. Algunos a plena vista, otros más ocultos. Pero siempre motivadores. Unos dirigidos a las personas como ella, un voto de confianza por todas aquellas personas que se sienten ajenas a un mundo que parece avanzar siempre demasiado rápido, sin pensar en quienes han tropezado por el camino. Kabi Nagata parece mandar un mensaje muy claro mientras narra su propia experiencia. «No estás solo/a».

Es una obra con unos tintes muy marcados. Una que habla sobre cómo la autora se enfrentó al hecho de tener que convertirse en adulta sin saber realmente cómo hacerlo. Habla del mundo hostil que nos rodea, de lo implacable que es con aquellos que son incapaces de acogerse a sus normas. Mientras la sociedad rehúsa ayudar a aquellas personas que se ahogan en el mar de presiones que azotan a quienes no son capaces de encontrar un hueco en la confusa sociedad que vivimos, Nagata tiende una mano. Una mano amiga que realmente no va más allá de contar sus propias experiencias. Pero que resulta grata y cálida de todas formas.

Su dibujo, que abandona en cierta forma el estilo clásico del manga y opta por uno más distendido, ayuda a moverse en esas líneas. Porque la autora ilustra su obra en un simple bitono rosa/negro para diferencias las escenas en las que su propio personaje se mueve. De esta forma su narrativa se amolda con facilidad a ese dibujo tan simple, divertido incluso en los momentos más duros. No por necesidad del guion, sino porque es la propia Nagata quien lo ilustra con los ojos de quien ha superado esos traumas. Porque los observa ya lejanos.

Es una distensión, de hecho, extremadamente cercana. Una forma fácil de atrapar al lector y hacerle sentir cómodo en sus líneas aunque lo que se narre en ellas sea totalmente diferente. No es que los problemas que cuenta pierdan peso de esta forma, pero si los hace sentir más humanos. Es sincero. Dista millas del drama pero tampoco pretende ser humor. Es, simplemente, la historia de Kabi Nagata.

La autora repasa levemente su infancia y adolescencia para hablar de cómo su mundo se hundió en su juventud. Desde el momento en el que abandonó la universidad hasta como a sus 28 años se atrevió a concertar una cita con una scort lesbiana para afrontar todos sus miedos. La misma pasa por decenas de momentos, desde la búsqueda de trabajo, el pánico a relacionarse con otras personas, a ser rechazada, al cómo se sintió capaz de hacer aquello que realmente le gustaba hacer. Pero lo más interesante es que es una historia real. Hay romanticismo en sus tonos pero nunca la rebasa.

Mi experiencia lesbiana con la soledad habla sobre muchas cosas. Pero a su vez solo lo hace sobre una. Sobre Kabi Nagata. Sus miedos, sus pasiones, la ansiedad que le provocó problemas alimenticios y la hundió en la más profunda miseria mental y moral. Su nivel introspectivo es tal que resulta demasiado fácil verse identificado —como si del reflejo de un espejo se tratase— entre sus viñetas. Es fácil sentir esos miedos, pensar en que es ese mismo sentimiento que aflora en tu pecho cuando menos lo esperas. Y por eso, en determinados momentos, es una obra que no duda en clavarte el cuchillo y removerlo entre tus entrañas.

Pero Mi experiencia lesbiana con la soledad también es una obra llena de positivismo, de auto-superación. Y, de nuevo, no acude al romanticismo para ello. Los pasos que da Nagata en ella son tan pequeños que para una persona corriente puede parecerle ridículo. Pero es una evolución enorme y maravillosa. Una que, además, sabe que aún queda mucho por delante.

Kabi Nagata se desangra en el papel para nosotros. Pero su tono, siempre ameno e incluso divertido, conecta de una forma especial. No teme en revelar sus problemas alimenticios. Tampoco teme en hablar de cómo los cortes se convierten en una representación física, entendible y tangible, del dolor invisible. Pero jamás lo convierte en drama. No pretende que nos lamentemos por ella. Al final, la obra solo tiene una pretensión: la de hacer que, tanto Nagata como nosotros, podamos sentirnos mejor con nosotros mismos.

Mi experiencia lesbiana con la soledad se presenta de forma tan simple como la que supone. Su portada goza de un intenso color rosa (el mismo que la autora usará, de forma más tenue, a lo largo de la obra a modo de ilustración) en el que la propia Kani Nagata se ve representada como una chica menuda y algo desaliñada frente al cuerpo de la scort que supuso aquél paso tan grande para ella. Es un diseño extremadamente sencillo —aunque se compone del uso de tramas que ayudan a establecer un estilo visual pero que no se utilizan sobre su propio cuerpo, destacando la fragilidad de su avatar— pero totalmente representativo de la obra en conjunto. Casi se siente como la autora quiso abrirse por completo en el propio diseño de la portada.

En lo técnico, la edición de la obra a manos de Fandogamia Editorial se establece en un formato A5, algo más grande que los clásicos volúmenes tankobon, con una portada rústica con sobrecubiertas. Las 143 páginas que la componen se dividen en seis capítulos, todas ellas impresas en ese bitono rosa/negro sobre el blanco del papel que tan bien le sienta a la obra. La traducción de este tomo único ha sido llevada a cabo, sin ningún error aparente, por Nagareboshi, a manos de Luis Alis.

Óscar Martínez

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