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La edición de Steins;Gate 0 dista cada día —cada capítulo— más de la de su obra original. Las distancias se agrandan y sus creadores se permiten más los recursos distensivos y la presentación de una Akihabara más “otaku”.

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Esto, por un lado, ayuda a rebajar las tensiones que se producen a lo largo de la obra, pero por otro rebaja tanto los conflictos que se presentan en él que me pregunto si seguimos viendo Steins;Gate o hemos acabado en una suerte de anime slice of life con un protagonista ligeramente similar a Okabe Rintaro.

Distensión

Hay un momento —quizás uno de mis preferidos a lo largo del capítulo, si os soy sincero— en el que la comedia de Steins;Gate 0 sabe jugar con la sutileza y resulta divertida de verdad. Es algo tan simple como la llegada de Maho al aeropuerto de Narita, totalmente oculta por su maleta y vistiendo sus ya comunes pares de zapatos diferentes.

Y me gusta porque es una apelación a la identidad de los individuos a los que explora la obra. Porque si Okabe es una persona destrozada por la depresión, por no poder haber evitado la muerte de Kurisu, Maho también carga con parte de ese peso. El hecho de compararse constantemente con Salieri, en relación a Mozart, demuestra una inseguridad y una falta de amor propio que enmarca a la chica pero que no se suele ver más allá de esos pequeños momentos.

Y por desgracia es algo que se extiende a la duración completa de este episodio. Porque las líneas de Steins;Gate 0, ahora, parecen saber explorar a sus personajes solo bajo el punto de vista cómico. Una recurrencia que libera tensión y hace de su extensión algo más amable. Pero el momento en el que una obra del calibre de la que hablamos necesita ser amable dictamina la pérdida de su identidad. Porque Steins;Gate era cruel, y tenía grandes momentos de humor, por supuesto, pero jamás olvidada su objetivo.

Historias perdidas

Este décimo quinto capítulo de Steins;Gate 0 me resulta una cosa brillante porque consigue explorar a sus personajes y darnos parte de eso que su obra original no pudo darnos —el trato humano con Suzuha— pero para ello recurre a una dirección casi ridícula y un trasfondo tan cómico como sobrante.

Porque el momento en que Suzu y Feyris hablan de la madre de la primera es uno importante. Porque le da un pasado a la chica y demuestra que es más que una soldado; tiene vida, recuerdos. Pero luego su desarrollo se tuerce. Quizás es por ese aire tan distendido que acompaña a la obra y todo se deba al simple hecho de que la chica quiere ver a sus padres reunirse, a un deseo interno e incluso infantil. Pero aún así, la forma en que se desenvuelve se distancia mucho de lo que representa su drama.

Desconozco si estos momentos aparecen en la novela visual original —si alguien lo hace y quiere arrojar algo de luz, siempre se agradece— pero se entiende que en ese formato, con el espacio que brinda y los ritmos narrativos que seguía, como mínimo, la VN de la obra original, se pueden permitir. Sin embargo, con las limitaciones que tiene el anime se sienten sobrantes como poco.

Tiene momentos emocionalmente desgarradores. Porque realmente hace un buen trabajo al explorar a Suzuha y su pasado. Y la foto final, en la que aparece junto a Yuki, se entiende como algo mucho más que un deseo infantil. Es el hecho de reunirse con su difunta madre, de compensar la muerte que aún considera como culpa suya. Es mucho más que un reencuentro y la obra lo siente con mucha fuerza. Pero había mejores maneras de llegar a ese punto.

Con todo, su final resulta relativamente importante. El que Kagari siga vigilando nos advierte de que a la trama aún le queda mucho por evolucionar, de que aún hay más que descubrir. Pero resulta demasiado triste que cada capítulo acabe de la misma forma. Con una supuesta promesa de que hay algo por llegar. Tendremos que esperar a ver cómo continúa.

Óscar Martínez

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