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TOWER OF GOD, CEGADO POR LA LUZ DE UNA ESTRELLA

En 2012 estalló la primera polémica del medio en la que recuerdo haberme visto envuelto. Pero, más allá de ello, lo que recuerdo mejor fue el verme inmerso en la inseguridad personal de sentirme cómodo en parte del discurso narrativo que planteaba A-1 Pictures en su interpretación de la obra de Reki Kawahara. Una obra que se erigía sobre la individualidad e incluso respaldaba el papel protagonista de su “héroe” con la actuación de un harem barato. Sin embargo, yo me sentía acogido en las pocas líneas que se hacían eco de su “role reversal”.

Recuerdo, vagamente, los momentos en los que, por algún motivo, la obra parecía reprimirse para dar un nuevo valor a sus personajes — algo sobre lo que su autor ha conseguido imponerse con cambios destacables. Uno no era él, por una vez, sino ella, quien tomaba las riendas para guiar y marcar el camino. Más allá de preferencias personales, resultaba refrescante el cambio de postura.

Un camino a oscuras

Ahora Tower of God retoma ese discurso. No lo voy a negar, llevo muchos años siendo consciente de la existencia de la obra de SIU, pero su estilo narrativo me parecía recursivo, el producto de un imaginario de fantasía explotado en el medio y que, seguramente, no podría aportar nada nuevo a la enorme lista de trabajos que repasan la misma temática. No podría estar más equivocado.

No solo es que el autor consiga construir un mundo especialmente convincente, sino que además hace de las relaciones interpersonales su propio mecanismo narrativo para justificar la escalada a lo largo de la Torre de Dios. Una figura mística que atrae a cientos de criaturas de la más sofisticada diversidad con un ideal fijo: hacerse con aquello que se encuentra en lo más alto de la torre. Es en este punto donde reside el potencial de la serie, en como el objetivo de todos y cada uno de sus personajes corta su personalidad y muestra sus ambiciones respecto a la misma.

Se podría decir que son las propias ambiciones las que se convierten en la estela que siguen en su ascenso. Rak y sus demostraciones de poder, Khun y su propia redención, Anaak y su búsqueda de venganza. Son conceptos simples, desde luego, pero que consiguen entrelazarse para dar forma a una telaraña de relaciones interpersonales que les dota de vida y consigue darles el suficiente valor como para reconocer la identificación personal.

Sin embargo, el punto más brillante, la estrella de la obra, resulta ser también la más tenue. Porque Bam es casi una imagen residual del meme que ha girado en torno a Shinji y su falta de determinación. Es un chico ingenuo, terminalmente débil e incapaz de mostrar la pura y necesaria ambición para conseguir llegar hasta lo más alto de la torre. Si al principio hablaba de cómo Sword Art Online hacía uso del “role reversal” para romper con su individualismo y muestra de poder, Tower of God traza el camino inverso para empoderar a Bam a través de un concepto muy diferente.

La crueldad de la ascensión

Porque, si bien Bam llega a la torre para perseguir a Rachel, todo lo que el chico persigue es una ciega y oscura idealización del amor. Es precisamente este romanticismo roto el que sirve de atracción principal para la serie, pero también resulta convertirse en una escena completamente diferente en el momento en que ella pasa a convertirse en un mcguffin para, en su retorno, demostrar que el camino que el chico persigue es uno que jamás ha existido.

Si Made in Abyss tomaba el descenso como metáfora de la pérdida de la humanidad, de la desesperación y la transformación de la psique en sí misma, en este caso la ascensión se ve traducida en un retorcido y cruel paralelismo, donde es el precio del ascenso el que toma el rol de Dios.

«Yo ya no soy la Rachel a la que tú querías».

El breve fragmento que ha mostrado la producción de Crunchyroll y Webtoon hasta ahora ya es testigo de las tensiones entre Anaak y Endorsi —más allá de eso, y quizás se deba leer entre líneas, de lo que significa ser una Princesa de Jahad, a manos de la segunda—, la relación de complicidad entre Shibisu y Serena o incluso de la pérdida de Hoh en base a los sentimientos que lo atenazan y lo llevan a la desesperación.

Más allá de eso, y volviendo al punto principal, es la relación entre Bam y Rachel la que se supone como el epicentro de este drama épico. El momento en el que Hoh revela sus planes muestra la verdadera cara de Rachel. Ella, quien marcha a la torre con la intención de alcanzar las estrellas, dejando tras de sí a quien había entregado todo su cariño. Ella, quien se ve eclipsada, alejada de cualquier tipo de cualidad especial, por los poderes de él. Un muro que se impone ante el cielo estrellado que busca.

Mientras tanto, Bam muestra su naturaleza desde el primer momento. Él, completamente dependiente emocionalmente de Rachel, la ve como la estrella que lo sacó del pozo de oscuridad en el que vivía encerrado. El suyo, de nuevo, es un camino de oposición, que no busca sino su propia estabilidad —su amor, todo lo que representa su vida— sin conseguir entender que es su propia luz la que muestra la cara de Rachel. Es él quien la frena en su ascenso.

Estrellas equidistantes

Rachel no tiene amigos. Tampoco poderes. Todo lo que tiene, todo lo que la guía, es una insaciable ansia por alcanzar su objetivo. Sin conocer cuales son los secretos que se esconden tras el pasado de la pareja, resulta evidente en su regreso que Bam no es más que su mayor obstáculo. Ella no es, ni mucho menos, una villana, sino dueña de su propio destino y concesiones. Bam no tiene cabida junto a ella.

Y es que Tower of God podría haber sido, fácilmente, una obra distinta. La reciprocidad que se le niega a su protagonista no es sólo producto de la crueldad de la ascensión, es fruto de la ambición de la estrella a la que persigue. El costumbrismo argumental dicta otro tipo de encuentro, uno en el que la pareja se reencuentra para vivir un final feliz. Una donde, seguramente, sea la ascensión en sí misma la que sirve para empoderar a su protagonista hasta poder alcanzarla. Pero SIU destierra a Bam a un camino oscuro donde todo lo que le hace crecer es la estela sombría que persigue por ser incapaz de aceptar la realidad. Un camino que tiene su fin en la muerte o la aceptación. Pero, ¿puede proseguir el ascenso un personaje como él?

Bam no habría pasado del primer piso sin la ayuda de Yuri. Además, es Endorsi quien le protege en el último examen y es también ella quien decide abrirse de forma única y exclusiva hacia el chico. La figura del mismo no se ve reducido a un harem inverso centrado en las relaciones heterosexuales. Khun y Rak forman un vínculo irrompible con el chico y poco a poco él mismo consigue ganar puntos con el resto del casting.

Tower of God rompe con el estereotipo clásico del “héroe” para reducirlo a la figura inocente e ingenua que da voz coral al grupo. Pero, más allá de ello, empodera a su “princesa” hasta el punto de llevarla a caminar sola por un camino escarpado con el único objetivo de cumplir una ambición personal, sin importar lo que haya que dejar atrás para conseguirla. Un cambio de papeles que supone, únicamente, la punta del iceberg de lo que tiene por ofrecer la obra.

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.