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Descenso en Made in Abyss
ANIME / MANGA OPINIÓN REDACTORES

MADE IN ABYSS: GROTESCA INOCENCIA

«A aquellos que dediquen su persona a desafiar al Abismo, un lugar al que incluso la oscuridad en sí misma teme afrontar, el propio Abismo lo devolverá todo. Vida, muerte. Maldición y bendición. La totalidad de un todo. Al final del viaje, ¿que clase de desenlace encontrarán? Solo podrán decidirlo quienes se atrevan a enfrentarlo».

Hay algo en el fondo del Abismo. Algo que nadie conoce pero que todo el mundo desea. Poder, conocimiento… no importa. Repasar el porqué no es menester porque, al fin y al cabo, es el misterio el que ejerce de escenario y cultura; de leyenda y creencia. De mismísimo Dios.

El Abismo en Made in Abyss es más que lo que representa su propia existencia física. Es el principio y el fin. El de la vida y la muerte. Pero también el del viaje. Su misticismo es el origen propio de su mundo —no de forma literal pero sí como recurso narrativo imperante sobre la obra—, el motivo por el que tiene sentido que nos arrojemos a una misión con la certeza de que jamás volveremos a ver lo que dejamos atrás. Porque en el todo que supone el Abismo no existe la moral. No existe la ética. Solo una grotesca inocencia que no teme en convertirse en juez supremo de quien no se siente representado por su propio juicio.

La forma del contraste

Akihito Tsukushi arrastra alguno de sus fetiches más oscuros a su universo de fantasía. Su idea, sin embargo, ejerce de contraste identificativo ante el camino a recorrer. Su forma de asignar el horror a la belleza no solo es un característico recurso para crear un mundo tan hostil como efímero, sino también de dar cabida a un producto retorcido que mantiene la inocencia como el estandarte de su propia locura con la clara intención de convertir, de nuevo, el contraste en el núcleo de su estructura.

El hecho de que la historia nos ponga en la piel de niños no es más que una muestra de esta insana fantasía. Un uso peligroso de la inocencia que, sin embargo, sirve para recalcar la imagen de un mundo grotesco y oscuro que abre las puertas a quien quiera discernirse en su mística pero que no se supone como un imperativo.

Lo que para el lector es una idea ajena, quizás incluso un punto por encima de lo que consideramos estrictamente moral en una obra, para sus actores y actrices no es más que una realidad latente. Su escena de apertura ya muestra como Riko ha aprendido a vivir en ella. Sus primeros pasos nos indican que la chica sabe cómo moverse por la zona, el hecho de que rece ante los restos de un habitante de antiguas civilizaciones demuestra que el concepto de la muerte no es tan abstracto como resultaría, en otros casos, para una niña de su edad. Pero el ataque que sufre y el cómo se desenvuelve al huir nos dice algo más. Que sabe cómo sobrevivir a los peligros que la acechan.

La inocencia que muestra Tsukushi en sus líneas es un pretexto que nosotros cargamos de nuestra propia psique; de nuestra realidad. Identificamos su figura con ella, porque nos resulta natural. Sin embargo, la naturalidad en las líneas que propone la obra se encuentran cargadas de un tono más oscuro. Todo lo que se encuentra cerca del Abismo pasa por sus leyes. Por su atracción. Una conexión invisible que reside tanto en el misticismo que ocultan sus brumas como en el deseo inherente del ser humano por ser adalid del descubrimiento. Una valentía innata que nos impulsa, nos mueve y nos mata.

Así la idea de su autor traza un arco que pretende unir el ansia incansable del descubrimiento a la idea de lo intangible a través de un contraste que sirve de pretexto narrativo para justificar todo lo que ocurre en su espacio. Para crear un marco para lo fantástico, para lo oscuro que guarda el Abismo en su haber. Pero también para lo retorcido que puede llegar a resultar el hombre en su búsqueda incansable por lograr todo aquello que se escapa de sus dedos. El realismo de la obra no se basa en crear un escenario que atienda ante los conceptos que consideramos válidos, sino en hacer del mismo algo que pueda sentirse real bajo su propia mirada.

El Abismo distorsiona las leyes de su propio mundo. Las físicas, pero también las humanas. Cada capa tiene tiene sus propias particularidades; la construcción de un mundo tan inverosímil que fragmenta la realidad y la hace propia. Juega con los sentidos, con las emociones. Lo embarga todo para darle una nueva forma. Para insistir en ese contraste que arranca a sus personajes de todo atisbo de aparente coherencia y les enfrenta a una nueva realidad. El Bosque Invertido y sus cascadas, que apuntan al cielo. Las Fortunas Eternas, su simbologia y secretos. La misma maldición del Abismo. El atrevimiento en sí mismo es parte de este contraste. Uno que enfrenta al hombre contra una deidad abstracta que habita en cada punto del descenso.

Simbología del descenso

«Antes de mí ninguna cosa fue creada
sólo las eternas, y yo eternamente duro:
¡Perded toda esperanza los que entráis!».
— Dante Alighieri, Infierno, Canto III

La simbología del descenso que traza Akihito Tsukushi en su obra no es algo completamente nuevo. El concepto de la verticalidad siempre se ha explorado como símil. Como regla ética, incluso. Es fácil identificar la estructura del Abismo con la Divina Comedia de Dante Alighieri, quizás con el «facilis descensus averno» de la Eneida.

Que la estructura el Abismo se edifique en torno a la bajada y no sobre la subida sirve las veces como esa misma simbología. Porque es el propio ser abstracto el que dicta las leyes sobre su mundo. Y cuanto más se adentran en él sus personajes más quedan atrapados por las redes que tiende a lo largo y ancho de su descenso. La división en sí misma ya es un indicativo de ello. Y es que Tsukushi lo estructura de esta forma, en formato diferencial, para entender de forma más literal lo que supone atravesar las entrañas del lugar.

No es solo que cada capa cuente con su propio ecosistema y hábitats, sino que estos se encrudecen a medida que se desciende. La primera capa, aún iluminada por los rayos del sol, apenas muestra peligros. Sin embargo, en la segunda cambian sus reglas casi de forma extrema y plantea la existencia de criaturas capaces de acabar con la vida de un ser humano en cuestión de segundos. Por supuesto, esto se agrava a medida que bajamos a través de sus capas, llegando a los peligros insospechables que habitan en la cuarta capa, donde las criaturas sobrepasan límites físicos.

Pero no solo son sus criaturas las que cambian. De nuevo, también es su terreno, sus formas y ecosistemas. La simbología del descenso se aplica a todo su mundo. La llegada a la zona más baja de la segunda capa priva a los aventureros de la luz del sol y es el propio misticismo del Abismo el que lo ilumina a partir de la tercera, con su propio campo de fuerza. Lo mismo ocurre con cómo plantea su mundo, creando estructuras tan antinaturales como hermosas. Igual de mortales.

Los cálices de los gigantes, hogar de la cuarta capa, resultan ser los estanques donde nacen las criaturas que habitan las huevas que esculpen la pared de la Gran Falla mientras que las aclamadas fortunas eternas que crecen a lo largo de todo el Abismo —y que los propios aventureros utilizan con cierta connotación fúnebre— sirven de disfraz para algunos de los cazadores más perversos que habitan en su reino de fantasía.

El paisaje se retuerce a medida que descendemos hasta el fondo del Abismo. Llegamos al Mar de cadáveres, la extensión más ancha conocida por el hombre, pero también la más inerte. Cubierta por un cielo muerto e invadida por temibles depredadores que habitan en aguas oscuras y secretas. Bajo la misma yace la Capital sin retorno, un lugar vacuo, perdido, donde solo espera la muerte a quienes osen realizar el descenso. El último descenso. Porque la belleza del Abismo no es más que un pretexto. Al igual que lo es la idea del descenso. Al final su simbología no tiene más que un único significado. La pérdida de la humanidad.

La ética del fin

«En su profundidad, el Abismo atraviesa tu mente. Al final consigue atrapar tu cuerpo también. Más allá de la maldición de la sexta capa, esta no se manifiesta al momento. Te afecta poco a poco, con cada expedición, con cada una de las veces que te enfrentas a la muerte o la locura. Hasta el punto de retorcer la piel de tu cabeza».

La que se supone como el último nivel de la maldición, «muerte o pérdida de la humanidad» no es más que un conjunto. Es la propia ética del fin que propone la obra. Los aventureros se ven atraídos hacia un viaje sin fin. Incluso los que lo superan. Porque no hay un fin en el Abismo. No es algo espacial. No es algo tangible. La división de sus capas, la peligrosidad de sus habitantes, la finalidad del descenso… todo eso se pierde en el viaje. Porque, al final, la pérdida es inevitable en el mismo.

La estructura vertical va más allá de cómo afecta a sus criaturas o su entorno. También, y por encima de todo, afecta al humano. La maldición del Abismo solo se da contra las personas, sirviendo de alguna forma casi de justicia moral contra los efectos que el propio descenso aplica sobre quién se atreve a realizarlo.

Los silbatos blancos, las únicas personas con capacidad real para descender hasta la quinta capa y regresar con vida, han trascendido a la humanidad. No solo en lo físico, también en lo mental. Y, esencialmente, también en lo moral. Ozen asegura haber perdido el juicio en algunos de sus descensos. Ahora la mujer habita en la segunda capa, lejos de Orth y los núcleos humanos. Ácida, cínica y tan apática como cruel, se muestra casi insensible a la realidad, trastornada por las voces que susurran en las entrañas del Abismo. Wakuna y Srajo desaparecieron en algún momento de la historia bajo la quinta capa, el último atisbo de humanidad.

Así es Bondrewd, el mayor representante de la imperante ética del fin que propone Tsukushi. La idea final del propio simbolismo del descenso representado en un ser que dista mucho de ser, incluso la sombra de un hombre. Tan frío y cruel que ha abandonado su propia humanidad para representar al mismo Abismo.

El autor logra representar la idea de anti-ética a través del personaje. Una suerte de científico que habita la quinta capa —representando así la idea de que se encuentra en el borde final del descenso, así como del concepto de humano— en busca de ideales que marcan la pérdida de todo atisbo moral. No hay justificación. No hay miedo. Se dice que aquellos quienes fueron en su búsqueda para hacerle pagar por sus crímenes jamás volvieron.

La simbología del descenso toma su última forma en este concepto de sustracción moral, dando cabida a un engendro capaz de experimentar con niños hasta su muerte — sino incluso con un destino peor. Dando cobijo a este morbo por lo grotesco que la obra escenifica a través de su extensión. Es parte de su fantasía, de sus leyes. Producto de la metáfora misma que representa a través del viaje. Cada paso hacia sus profundidades marca un descenso moral y psicológico.

La pérdida de la humanidad va mucho más allá de lo que entendemos por la forma física. La maldición tiene muchas caras pero la más imponente es la del ser humano. La que trastorna y retuerce el viaje hacia el interior del Abismo. Porque todo lo que pasa por él se inclina ante sus leyes. Una batalla sin sentido, con un vencedor declarado incluso antes de que comience la contienda. Sin embargo, solo los que consigan desafiar al Abismo podrán escoger su propio desenlace. Y el de Riko y Reg no ha hecho más que comenzar. Un viaje hacia lo más profundo que no entiende de leyes, humanas o morales. Tampoco naturales. Uno que, más allá de su propia épica, nos muestra los confines del Abismo para demostrarnos, una vez más, que el ser humano es su exponente más oscuro.

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.