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El Palomitrón

Una figura de sonrisa pícara y gesto agudo se deja ver en un hotel de la Gran Vía. Don Mancini (Chicago, 1963) habla acelerado, dejando que las frases se armen solo al final de la última palabra. El director y guionista, creador de ese mito moderno del horror que es Chucky, visitó Madrid para recoger el premio Maestro del Fantástico que le otorgaba el Festival Nocturna de Madrid.

Una botella de agua semivacía nos advierte del rato que lleva sentado el bueno de Mancini, pero atiende a las preguntas con una amabilidad que no se presupone al hacedor del muñeco diabólico. 30 años después, Don Mancini habla de Chucky, de la nueva serie que está desarrollando y de su lucha como activista de los derechos LGBTQ. De todo, siempre con inteligencia.

Además de esta, ¿cuál es la pregunta más rara que le han hecho?

Don Mancini: Me han preguntado un par de veces por mi relación con los fans y cómo de lejos llega. Es extraña, pero no tanto, creo. Probablemente lo sea esta.

¿Cómo nace Chucky? Usted ya ha desmentido varias veces que haya relación alguna con el Muñeco Robert.

D. M.: Sí, muchas veces se dice lo del Muñeco Robert, pero yo no tenía ni idea de la existencia de esa leyenda. Mi padre trabaja en publicidad, y de niño estuve muy expuesto a ese mundo. Mi padre probaba las campañas conmigo y mis hermanas, así que al principio todo nace como una sátira oscura del mundo de la publicidad y su impacto en los niños.

La idea de hacerlo a través de un muñeco llegó cuando en los ochenta llegó el boom de las Cabbage Patch Kids. El equivalente de hoy en día estaría en el Fortnite, por ejemplo. Un fenómeno de popularidad tan tremendo que afectaba a todo el mundo. La publicidad era tremendamente agresiva.

Claro, hay episodios de La zona muerta en los que los muñecos tienen vida (Talky Tina), o la Trilogy of Terror, que son auténticos referentes y me inspiraron para mezclarlos con mi concepto inicial. Ridiculizar la publicidad era el motivo, y poder aprovechar los avances tecnológicos fue la casualidad.

¿Cómo pasa Chucky de ser un referente de la maldad a uno de la comedia?

D. M.: Era la mejor manera de mantenerme entretenido. No quería repetirme ni hacer la misma película varias veces, que es algo que pasa mucho en el cine de terror. Chucky ha probado ser un personaje muy versátil, al que podemos poner en muchos sitios: horror, comedia, caminos intermedios. Disfruto mucho cambiando el registro.

La gracia de Chucky es que es intrínsecamente absurdo: es un muñeco de juguete que mata personas. No hay que ignorar eso, sino abrazarlo y ver qué ocurre.

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¿Se siente usted culpable de los temores nocturnos de miles de niños?

D. M.: Es muy interesante y me lo preguntan mucho. Probablemente esta sí sea la pregunta más extraña que me han hecho. Acepto felizmente la responsabilidad y estoy muy orgulloso de las pesadillas que he causado.

¿Cómo fue sacar la primera película adelante?

D. M.: Fue difícil, pero fue muy bonito. En el proceso participó también Tom Holland, el director junto al que reescribimos el guion, y mucho más equipo. Fue un trabajo de equipo, era la única forma de que todo saliera adelante. Creo que también ayudó que fuera la película indicada en el momento indicado, lo cual ya sabía cuando la estábamos escribiendo. Por lo que sé, y al mismo tiempo que yo, había al menos 15 personas desarrollando conceptos parecidos. ¡Qué rabia! Tuve mucha suerte de poder acabar rápido.

Si usted tuviera la misma edad que entonces, ¿volvería a rodar la película? ¿Cómo de distinta sería?

D. M.: No cambiaría la experiencia, porque todo salió genial. Eso sí, cambiaría algunas cosas de la primera película. Son detalles con los que he aprendido a convivir en paz, pero que sin duda cambiaría. El vudú, por ejemplo. A los fans les parece gustar, y por eso me gustó reírme de ello en las secuelas. Lo hice poniendo en las manos de Jennifer Tilly el libro Vudú para tontos. Es algo bastante estúpido.

Cumpliéndose ahora 30 años, he estado presente en varias proyecciones con público. Hace mucho tiempo que no veía la película en pantalla grande y ha sido muy interesante. Todavía me da pavor llegar a la parte del vudú. Lo quitaría, está superanticuado, o lo presentaría de una manera menos racista. Ese acento jamaicano es hiriente.

¿Por qué Chucky sigue despertando la atención de las nuevas generaciones?

D. M.: Creo que los detalles que no me gustan son menores, porque se podrían quitar, y la película seguiría contando lo mismo. *suena una muñeca* ¡Dios, parece que lo estuviera oyendo! Hay algo muy universal en nuestra fascinación y miedo por los muñecos. Creo que todo se basa en que son distorsiones del ser humano: se parecen a nosotros, incluso hablan como nosotros, pero no son nosotros. Nuestra respuesta siempre es primaria, y creo que es una de las razones de la popularidad. Por supuesto, el humor también ha ayudado, y la importante labor vocal de Brad Dourif, un maestro.

Creo que se debe también a que ha sido una de las puertas de entrada de mucha gente en el terror. En convenciones y eventos de ese tipo, la gente me dice: “Vi la película con cinco años y me aterrorizó” y es como “¿por qué te dejaron verla con esa edad? No es mi culpa”.

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¿Hay que estar un poco loco para trabajar en el cine de terror o todo el mundo tiene dentro el bichito?

D. M.: Creo que de ninguna manera lo tenemos todos dentro, pero no diría tanto loco como diferente. No es universal, no es para todo el mundo, pero es para el mundo suficiente.

Siendo Chucky un icono de los ochenta, ¿por qué cree que la cultura audiovisual se empeña en volver a aquella época?

D. M.: Solo es nostalgia. Creo que cada época vuelve a 20 o 30 años atrás porque, bueno, los adultos en esa época eran niños. Claro que eras más feliz cuando eras un niño. Cuando yo estaba en la universidad eran los cincuenta, la gente no paraba de hablar de Días felices. Es inevitable.

Halloween acaba de reventar la taquilla norteamericana. ¿No es un poquito triste que un personaje tan antiguo desbanque a nuevas figuras?

D. M.: Me gusta pensar que podemos tener ambas cosas. De todas formas, Hollywood está más difícil que nunca. Lo único que quieren hacer son “marcas”, ya sean secuelas, reboots o la transformación de algo que ya ha sido popular en otro campo: libros, cómics, etc. Solo hay un interés por los beneficios.

¿Cómo está preparando la nueva serie de Chucky?

D. M.: No puedo decir mucho, porque estamos en los primeros días de producción. De hecho, cuando terminemos la entrevista volveré a mi hotel a trabajar en ello. Lo que sí puedo decir es que será la pieza más perturbadora de todo lo que hemos hecho con Chucky. Él seguirá siendo él, con sus bromas, pero intentaremos llevar la serie por un camino más perturbador respecto a la vida real. No se parecerá a nada de lo que hemos hecho antes. Sé que es un poco vago decir solo eso, pero el resumen es: ¡te vas a cagar!

Después de La maldición de Chucky y Cult of Chucky, donde volvía un poquito el humor, aquí daremos un volantazo hacia el horror otra vez.

¿El cine de terror es machista?

D. M.: Sí. Absolutamente. Es una industria muy machista. Ahora mismo bastante menos que antes, porque cada vez hay más espacio para directoras y mujeres de la industria, pero está pasando muy lentamente. Hemos visto lo que ha pasado en Hollywood con el movimiento #MeToo y sus consecuencias, que son casi todas positivas. De hecho, es de lo que más orgulloso estoy: cómo hemos ido inyectado en mis películas una sensibilidad gay distinta en el género. Lo hace especial.

Como un creador de cultura abiertamente gay, ¿cómo es vivir en la América de Trump?

D. M.: Vivir en Los Ángeles es una suerte, porque es como estar en una burbuja. Si eres gay, probablemente sea el mejor lugar del mundo para vivir, además de San Francisco y Nueva York. Pero da mucho miedo. Los tiempos de Trump son los tiempos del miedo. Día a día, ves como intentan eliminar derechos que ha conseguido el movimiento LGBTQ, y da mucho miedo. Aunque claro, todo esto entra dentro de su agenda del miedo y su reclamo a la gente blanca asustada por los cambios del mundo y del país.

Mi novio, por ejemplo, es brasileño, y allí tienen que lidiar con un tipo igual o peor, que es Bolsonaro. Creo que son tiempos perturbadores y que todo empezó con la votación del brexit. Recuerdo que estaba en Canadá cuando ocurrió la votación, trabajando en Channel Zero, y de verdad me impactó. Cuando en 2016 se eligió a Trump, al día siguiente tuve que coger un avión. Cuando estábamos embarcando, había un tipo poniendo un discurso del KKK a todo trapo. Una de las azafatas le dijo que, por favor, lo apagara, y él le respondió: “Hazme hacerlo”. Me dio mucho miedo, pero supe en ese mismo instante que había sido por la confianza de ver a uno de los tuyos en el poder.

Cine español, ¿qué ve Don Mancini?

D. M.Almodóvar, por supuesto. Los primeros trabajos de Amenábar también me gustan mucho. Y, bueno, me llevo muy bien con Jaume Collet-Serra.

La última película que le dio mucho miedo.

D. M.: Hereditary. Me gustó todo menos el final, que me dejó un poco frío, pero supongo que esa era la intención.

¿Mira Don Mancini debajo de su cama?

D. M.: Miro más encima (ríe).

[Transcripción completa de la entrevista con Don Mancini con motivo del VI Festival Nocturna Madrid]

 

Matías G. Rebolledo

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