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Crítica de Ahiru no Sora destacada - El Palomitrón
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AHIRU NO SORA: EL VUELO DEL CISNE

El spokon es un género que suele aportar su granito de arena en cada temporada. Sin ir más lejos, en la parrilla de otoño figuran producciones como Chihayafuru o Hoshiai no Sora —esta última, además, se erige como una de las mejores series de la temporada— que acompasan a la serie de marras, Ahiru no Sora. En general, el spokon es un género que vende, que atrapa con relativa facilidad a quien esté dispuesto a sumergirse en su propuesta. Infinidad de deportes han servido como objeto narrativo pero, en realidad, lo que importa del género trasciende cualquier faceta meramente técnica. Aquí venimos a ilusionarnos por los avances logrados, a alegrarnos por esa sufrida victoria o a sentir rabia y pena ante la, a veces, injusta derrota. En definitiva, a sentir. Porque da igual que se trate de natación, vóley, shōgi, baloncesto o danza, lo que verdaderamente importa es el factor humano. Los protagonistas son los engranajes que hacen mover la maquinaria emocional; de la interacción entre ellos surge la chispa que prende el escenario, ese clic necesario para que el espectador conecte y sea uno más. Una pieza más de la pista, del escenario que delimite la obra en cuestión.

A veces son movimientos de pequeñas piezas desplazándose por un blanquecino tablero. Otras, hipnóticas danzas fruto de la inmensidad del trabajo previo, de incontables gotas de sudor inundando el suelo sobre el que finalmente se consigue brillar. También lo es ese intercambio de relevos que trasciende lo físico y material, pues la «antorcha» se aviva a golpe de espíritu, sentimientos y legado. Infinitos rostros, infinitos caminos para delimitar el eje, el centro de gravedad. A su alrededor, un acervo de estados anímicos, conflictos internos, grupales y emociones orbitando como astros. Estrellas que, de alinearse eficazmente, hacen que su intenso brillo permita atisbar la inmensidad del escenario. ¿Es Ahiru no Sora, pues, una ficción que cuenta con una serie de astros perfectamente alineados o, al menos, con la suficiente predisposición como para que sea así? La respuesta rápida y sencilla es no, aunque lo correcto sería matizar; porque quizá no lo necesita, quizá sus intenciones narrativas sean otras. O, quizá, simplemente necesite más tiempo.  

Crítica de Ahiru no Sora Sora - El Palomitrón

El patito feo

Ahiru no Sora es la adaptación del manga homónimo de Takeshi Hinata, serie que comenzaría en 2003 y que aún sigue en publicación contando con medio centenar de volúmenes y más de 23 millones de copias vendidas. Considero necesario mencionar este dato porque no hay nada más certero y mortífero que el paso del tiempo, y los 16 años de diferencia proyectan una sombra lo suficientemente alargada como para dejar pasar de largo. Porque Ahiru no Sora tiene cierto regusto añejo tanto en algunas facetas de diseño como en su tono, tomando muy claramente como referente la obra de Takehiko Inoue, Slam Dunk.

Su historia sigue los pasos de Sora Kurumatani, un adolescente que ama el baloncesto y es transferido a un nuevo instituto de preparatoria. Nuevo entorno y nuevos rostros, pero también nuevas oportunidades. Sora es un chaval de baja estatura, que apenas roza el metro y medio de altura, hecho que podría suponer un enorme obstáculo para cualquiera con vistas a practicar tal deporte, pero no para él. Su pasión por jugar al básquet le llevará a intentar unirse al club de su nuevo instituto. Y recalco intentar, porque el club no es más que un reducto formado por un grupo de delincuentes juveniles más preocupados por marcar territorio y enzarzarse en trifulcas con bandas de otros centros que en promover la actividad propiamente dicha de su asociación. Momoharu Hanazono es su líder, y también la primera torre que tendrá que derribar Sora. Quién diría que los primeros muros por sobrepasar estarían tan alejados del brillo de la cancha.

Crítica de Ahiru no Sora Momoharu - El Palomitrón

Su sinopsis ya lo deja todo claro, y sus primeros compases terminan de disipar cualquier atisbo de duda. Ahiru no Sora es, de nuevo, la historia del débil, de aquel capaz de lidiar con la frustración, las injusticias y tirar hacia delante. Y no solamente eso, sino de contagiar a sus más cercanos. Transmitir con increíble facilidad y naturalidad ese espíritu de superación, de reconstrucción de vínculos con algo que quizá algunos abandonaron tiempo atrás por razones varias. Poco a poco, a fuego lento, Ahiru no Sora emplea una receta ya conocida para preparar un plato que, probablemente, ya hayamos probado alguna que otra vez. Sin embargo, es en su olor familiar, en su dulce sabor, donde encontramos razones para volver a caer en él. En degustar sin mayores cavilaciones.

Chicos sin talento

Keizo Kusakawa, director de la producción, peca a la hora de plantear unos compases iniciales que se exceden demasiado en resaltar la «debilidad» del protagonista y cómo ésta es objeto de mofa y agresión por parte de otros. Una representación que se siente algo forzada y que busca demasiado pronto el efecto de compasión por parte del espectador, más aún cuando el drama se perfila y comienzan a mostrarse retazos de un pasado y una promesa. Pero aquí Ahiru no Sora sí es efectiva, porque no solo juega con una reiterativa simbología que tiene como objeto principal la figura del gorrión y el pato —aves muy pequeñas o con la incapacidad de echar el vuelo— sino también con la materialización de promesas y lazos. Ese par de zapatillas que representan la conexión entre una madre y un hijo; la prueba de la perseverancia, de aceptar nuestras debilidades y buscar fortalezas. Ese par de deportivas que tarde o temprano derraparán por la pista en grandes citas no son más que la materialización de intangibles emocionales. Un recurso sencillo, tibio en apariencia, pero siempre efectivo. Del mismo modo que lo fuera en Música de acero, obra de Mizu Sahara.     

Crítica de Ahiru no Sora madre Sora - El Palomitrón

Y si ese simbolismo que impregna Ahiru no Sora gana en fuerza es también por quién hay detrás del mismo. Porque ciñéndonos al género deportivo, cuesta encontrar obras de renombre donde la mujer tenga un trato y un rol con mayor protagonismo. Ahiru no Sora habla sobre el básquet, sobre un chaval de metro y medio que quiere aprender a volar y que sus compañeros vuelen con él; explora la competición masculina del deporte. Pero, ¿cuál es el referente de Sora? Su madre. Una de las mejores jugadoras de baloncesto y ex-jugadora de la selección japonesa femenina. Aquí los ídolos, las figuras masculinas de gran renombre, quedan despejadas de la ecuación. Todo lo que Sora es y representa se lo debe a su madre, Yuka Kurumatani. Sus valores y la forma de entender el deporte son influencia directa de la misma. Esto, junto al papel de Madoka Yabuuchi, capitana del equipo femenino de básquet del instituto, hacen de Ahiru no Sora una producción que a pesar de contar con un humor en ocasiones propiamente machista —sobre todo en su comienzo—, denota cierta preocupación narrativa en ampliar la óptica, en empoderar a la mujer y no menospreciar su influencia en el deporte

Alzar el vuelo

Un deporte que, por otro lado, lo acerca a la realidad alejándose de miradas contemplativas y deteniéndose cuando es necesario para explicar tecnicismos y derivados. Su trato respecto el mismo es el de querer hacerlo lo más real posible, acercarlo al público y suprimir posibles barreras de entrada. La preocupación de la producción por hacer que entendamos lo que sucede en el juego es notoria pero, ¿qué ocurre con el desarrollo del factor humano? Ahiru no Sora no sorprende, no reinventa ninguna fórmula, pero también es efectiva cuando tiene que mover y crear interacción entre sus piezas. Nace del más vil prejuicio para intentar echar a volar. Habla de destinos que parecían sellados y en los que finalmente parece avivar una luz; de afrontar la derrota —no únicamente la que tiene que ver con el deporte— y superar sus secuelas; de la búsqueda de equilibrio e intentar ser mejores; de la necesidad de despojarse del opresivo temor a fracasar de nuevo y actuar acorde a las demandas de nuestra voz interior. Insta a la creación de lazos, vínculos que formen una red de apoyo capaz de levantar con fuerza a cualquiera que tropiece durante el arduo camino. 

Crítica de Ahiru no Sora Sora 2 - El Palomitrón

Interesantes ideas revueltas entre unos primeros pasos que delimitan la formación de un equipo, la conjunción de diversas y nada fáciles personalidades en torno a un objetivo común. Ahiru no Sora tiene la nada desdeñable cifra de 50 episodios para poder explotar la faceta más introspectiva de sus personajes, y el estudio Diomedéa la responsabilidad de mantener en el tiempo una calidad de producción que aun manteniéndose bajo cierto halo de modestia, cumple dejando buen sabor de boca. De nuevo, Ahiru no Sora es una serie que tampoco despunta por un trabajo técnico soberbio. En reiteradas escenas la calidad de dibujo pierde fuelle, pero el diseño de sus personajes es carismático y variado, además de tener la capacidad de retrotraer a otra época. La animación aprovecha una paleta de colores cálidos y tonalidades pastel que endulzan el envoltorio de una maquinaria que, como era de esperar, despliega mayores recursos en el transcurso de los partidos. Ahí la animación se torna ágil, dinámica, situándose y enfatizando en los planos donde más merece prestar atención y destacar del resto. 

Ahiru no Sora es, con todo, una serie que cuenta con suficientes elementos como para llamar la atención y enganchar al consumidor medio de spokon. Quizá carezca de una mayor profundidad a la hora de tratar ciertos temas —al contrario que Hoshiai no Sora— pero sus argumentos, su propuesta, es lo suficientemente atractiva como para conseguir que cada miércoles acuda a su terreno de juego. Incluso con sus fallos, logra que no quiera perderme una epopeya que se cimienta sobre segundas oportunidades. Sobre fracasados que buscan dejar de serlo. El periplo en el que un pequeño y desvalido pato termina convirtiéndose en un bello cisne.

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Edu Allepuz

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Intento de muchas cosas y una de las piezas que hacen funcionar la sección manganime. Ávido lector de manga, enamorado de la tinta y de la tragedia de Sui Ishida. Firme defensor de la industria como arte y la abolición de estúpidas etiquetas.