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Hace un mes que los caballos y diligencias llegaron a Netflix, y ahora que entramos en fechas navideñas y hay más tiempo para ponerse al día con los deberes seriéfilos, no podemos dejar pasar la ocasión de reivindicar Godless. Nos gusta ver cómo de vez en cuando, algún que otro wéstern se cuela en el cine o la televisión hoy día, especialmente en esta última, pues quitando honrosas excepciones (Deadwood o Infierno sobre ruedas), es tierra yerma para este género. Tenemos la maravillosa Westworld, es cierto, pero el Salvaje Oeste es allí un decorado de parque temático (literalmente), y las implicaciones y razón de ser de la serie son totalmente distintas. Con Godless retornamos al Oeste americano de toda la vida. O mejor dicho, retornamos al Oeste americano de siempre, no adulterado pero sí actualizado. Nos encontramos ante un wéstern desprovisto del corsé del conservadurismo, y esto es lo que más nos gusta de ella: que trata temas y adquiere perspectivas que hace no tantos años no asomaban ni en este ni en ningún otro tipo de producciones.

Tras su visualización, no son pocos los que se han sentido estafados al no encontrar en Godless la bandera del feminismo que hipotéticamente enarbolaba la ficción. Es lo que es: una película (alargada) de vaqueros. Y realmente no necesita ser otra cosa, pues logra encapsular lo mejor de cada mundo: la manera de hacer tradicional, con elementos que la acercan a la manera de pensar y de vivir moderna.

La tradición

Podría decirse que Godless es una película completa, con su planteamiento, su nudo y su desenlace, espaciados a lo largo siete episodios (cada uno de ellos oscila entre la hora y hora y veinte de duración). Su realización es absolutamente cinematográfica, y se nota en el pulso narrativo de su director, Scott Frank (guionista de Minority Report o Logan, que ya apuntaba maneras de wéstern), que quería hacer una de vaqueros a la antigua usanza.

Por un lado, se respetan y reverencian en todo momento una fotografía y una banda sonora fieles al género, sólidas y atinadas. Por otro, el argumento sigue una única trama lineal sin complicaciones: un joven pistolero (Roy Goode) deserta de la banda de forajidos a la que pertenece y, huyendo del líder de la misma (Frank Griffin), se refugia en un pueblo casi exclusivamente habitado por mujeres. Así, entran en juego los manidos y a la vez característicos temas del wéstern: traición, venganza o redención. Por último, la serie tiene un ritmo más bien reposado. En este caso con fuegos cruzados no demasiado frecuentes, que sin embargo, cuando aparecen, están notablemente conseguidos.

La innovación

Como ya hemos señalado, la propia trama no tiene sobresaltos revolucionarios para con su género: la historia principal es eminentemente masculina. No obstante, su contexto es el caldo de cultivo perfecto para poder hacer esa “actualización” o vuelta de tuerca que comentábamos. El protagonista, Roy Goode, da a parar en La Belle, pueblo en el que, con contadas excepciones como el sheriff y su adjunto, solo viven mujeres viudas a causa de haber fallecido sus esposos en un accidente en la mina (principal medio de sustento de la localidad). Esta trágica circunstancia hace que esas mujeres hayan encauzado su vida por sendas mucho más libres y honestas consigo mismas: Alice conforma a las afueras de La Belle un núcleo familiar matriarcal y mestizo; Mary Agnes vive acorde a su sexualidad; y ante la ausencia de hombres, Callie abandona el burdel para dedicarse a la enseñanza.

Mientras nos vamos preparando para el enfrentamiento entre Frank Griffin y Roy Goode, Godless se toma su tiempo en dibujarnos perfectamente a estos y a cada uno de los anteriormente citados personajes, cuyas historias son colindantes a la principal. De forma azarosa y casual, la llegada del protagonista a La Belle nos permite situar en el mapa del wéstern clásico temáticas de diversidad que existen desde que el mundo es mundo, pero que solo han adquirido visibilidad real de un tiempo a esta parte.

El arco de los personajes es el punto fuerte de Godless, y además se ve reforzado por unas actuaciones sensacionales que van desde los protagonistas: Jack O’Connell (Skins, Invencible) en el papel del héroe, un soberbio Jeff Daniels (Steve Jobs, Marte) como villano, y la que fue Lady Mary Crowley, Michelle Dockery (Downton Abbey, Buena conducta) junto con Merritt Wever (The Walking Dead, New Girl) como las potentes cabecillas del plantel femenino; hasta los secundarios: Scoot McNairy (Halt and Catch Fire, Argo), Thomas Brodie-Sangster (El corredor del laberinto, Juego de tronos) o Kim Coates (Hijos de la anarquía).

Qué duda cabe de que a nosotros nos ha convencido. ¿Cumple con lo que “vendía” o se queda a medio camino, como muchos dicen? Nuestra recomendación es dejar a un lado las expectativas de encontrar un producto marcadamente feminista y disfrutar de las bondades de esta miniserie que ha sabido reinventar el género sin perder sus raíces.

Aitziber Polo

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