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Sweet country desierto - El Palomitron

LOS ANTECEDENTES

Warwick Thornton debutó en la dirección en 2009 con la película Samson & Delilah, por la que ganó la Camara d’Or en el Festival de Cannes. Ya en aquella obra el director dejaba entrever su especial interés en ahondar en las raíces de su país y tratar de compensar de alguna manera con su arte las injusticias históricas a las que habían sido sometidos los aborígenes. La película, con una magnífica acogida por parte de la crítica, llegó incluso a ser seleccionada por la Academia de Cine Australiana para que representara al país en los Oscar de 2010. Sin embargo, los siguientes trabajos de Thornton lo alejaron de su elemento, de ese mapa de los horrores nacionales. Cuatro años después presentó el documental The Darkside, con testimonios directos de gente que relataba sus experiencias con el más allá, y The Turning, una película colaborativa en la que varios autores adaptaban sus historias favoritas del escritor australiano Tom Winton. La experiencia de dirigir en compañía debió ser positiva, porque un año después presentó Words with Gods, en la que diferentes directores (entre ellos Guillermo Arriaga, Emir Kusturica, el magnífico Bahman Ghobadi y nuestro Álex de la Iglesia) aportaban su visión sin paliativos de la religión. Hemos tenido que esperar hasta ahora para ver a Thornton volver a pisar el territorio que más le interesa, probablemente porque es el que más le duele. Simultáneamente hemos podido disfrutar de We Don’t Need a Map, un documental en el que explora la herencia cultural de Australia y la relación entre los indígenas y los blancos que se establecieron en el país, y la que ahora nos ocupa: Sweet Country.

LA PELÍCULA

La Australia de 1929 no era un país dulce para los aborígenes que habían sido esclavizados y habían visto como su preciosa tierra, su paraíso de arena, pasaba a convertirse en propiedad del hombre blanco. La violencia se agazapaba detrás de cada esquina. La del colonizador, ejercida con sadismo contra su aquellos aborígenes a los que consideraba sus posesiones, seres inferiores de su pertenencia. Y la violencia, también, de esos aborígenes que, serviciales y mansos, aguantaban los golpes y las humillaciones de sus amos pero bullían por dentro como un volcán que, paciente y diligente, aguardaba para entrar en erupción. Sweet Country es la historia de un asesinato y una huida. Es una historia verídica que nos hace creer en la justicia, acaso la poética, al tiempo que nos recuerda que en el centro del corazón los seres humanos no tenemos un oasis, sino un desierto.

Sweet Country se basa en la historia de real de Sam, un aborigen que tras matar en defensa propia al señor al que servía se vio obligado a emprender una interminable huida con su esposa. Fugitivos de la justicia y perseguidos por la ley, Sam contaba a su favor con un mayor conocimiento del terreno y de los entresijos del desierto, pero los contratiempos del camino vaticinaban que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a la ley y a sus verdugos.

El Premio Especial de Jurado obtenido en el Festival de Venecia, donde La forma del agua se hizo con el premio a la Mejor película y Xavier Legrand conquistó el premio a la Mejor dirección por Custodia compartida, avala a este wéstern duro y seco, cargado de violencia contenida. Es una película decididamente sombría que no renuncia a la simbología para contarle al espectador dos historias: la de una huida y la de la posibilidad de una Australia mejor.

Pero son los paisajes, fotografiados por el propio Thornton, los que aportan a la historia la épica necesaria. No siempre es un espectáculo agradable y no siempre consigue mantener el pulso narrativo, pero el corazón que late bajo la tierra, un viejo corazón que late deprisa, se deja ver en la inmensidad de sus espacios y en la arrebatadora belleza de sus planos.

Sweet country aborígenes - El Palomitrón

ELLOS Y ELLAS

Warwick Thornton se apoya en las notables interpretaciones de Hamilton Morris, que construye un debut brillante y repleto de sensibilidad, y el resto del elenco, entre los que destaca la participación del incombustible Sam Neill (Thor: Ragnarok). Sus interpretaciones son de una entrega apabullante, y son sus rostros embravecidos y su fisicalidad lo que dotan a sus personajes de verosimilitud.

LA SORPRESA

El cine australiano, a priori, no goza del gancho comercial del estadounidense ni del estatus cultural del europeo. Por eso Sweet Country es, en sí misma, una sorpresa para el público desconocedor de una cultura dispuesta a compartir su visión propia. Si bien el director juega con las claves del wéstern americano más clásico, esta balada triste suena diferente.

sweet-country-el-palomitronLA SECUENCIA/EL MOMENTO

Arranca la película y la mirada se posa en un caldero lleno de agua. Mientras el agua empieza a hervir y las primeras burbujas asoman, escuchamos a unos hombres pelearse. No podemos verlos; el director nos obliga a seguir mirando el agua, que poco a poco va alcanzando el mayor punto de ebullición. Paralelamente, la pelea entre los hombres se pone tensa. Aún no lo sabemos, pero podemos intuir que la violencia ha estallado y no tardaremos en conocer las consecuencias.

TE GUSTARÁ SI…

Si te gustan los wésterns clásicos en su forma pero osados a la hora de explorar nuevos territorios cinematográficos. Además, como no podía ser de otra manera, la película se posiciona del lado del pueblo oprimido (los aborígenes) y supone una carta de amor y justicia para su país.

LO MEJOR

  • La fotografía de Warwick Thornton, de una belleza poderosa.
  • La sensación de estar simultáneamente realizando una exploración a una cultura desconocida y disfrutando de una obra cinematográfica narrada con pulso.

LO PEOR

  • Su estilo crudo evita en ocasiones la empatía total con los protagonistas.
  • El montaje discontinuo se siente algo forzado en ocasiones.

Alex Merino

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