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Reseña de Yona, Princesa del Amanecer #22 y #23
ANIME / MANGA REDACTORES RESEÑAS

BIBLIOTECA: YONA, PRINCESA DEL AMANECER #22 y #23

Mizuho Kusanagi ha evolucionado mucho a lo largo de su obra. Norma Editorial ha editado ya más de once tomos de la misma. Los cuales hemos leído y analizado hasta ahora, embarcandonos en la aventura de Yona y compañía. Descubriendo sus miedos y temores. Pero también sus sueños.

¡Sigue el viaje de Yona y sus compañeros junto a nosotros!

Mucho ha cambiado ya aquella pequeña princesa que vivía el exilio y el asesinato de su padre como el fin del mundo que la cubría. Pero también ha cambiado mucho para la mano que se encarga de mover los hilos. No solo es que Kusanagi haya logrado una notable mejora en la dirección de su arte —logrando ofrecer una nueva profundidad a ese estilo shojo que ya perfilaba en otras obras como Yoiko no Kokoroe o NG Life— sino que además consigue diseñar nuevos movimientos narrativos que hacen de Yona, Princesa del Amanecer una obra completamente única.

Reseña de Yona, princesa del amanecer #22 y #23


Monarca y princesa. Usurpador y heredera. Asesino y exiliada. El trasfondo de fantasía con el que Mizuho Kusanagi adorna el periplo de Yona se encuentra repleto de títulos y condiciones que sirven para dar forma a un drama tanto político como personal que conforma la identidad de una de las obras más destacables en su género.

Es precisamente sobre esas figuras —como son la Bestia del Trueno o los Cuatro Dragones— sobre las que la autora hace girar la obra, consiguiendo que su enfoque sea trascendental a las barreras de su demografía y nos envuelva en trifulcas políticas y sociales que, en un principio, nada tienen a ver con los desidios de una obra que se enmarca en el espacio romántico.

Y es por ese mismo motivo el hecho de que no extrañe ver a Kusanagi tomándose permisos. Iniciando un nuevo volumen, no con Yona, sino con Lili, a quien ha empoderado durante las últimas entregas hasta el punto de hacerla una suerte de sombra del marco de la princesa. Permisos de más, al mostrarnos a una chica poderosa y temeraria, capaz de plantar frente al rey de una nación a quien, ahora sí, reconoce como un usurpador y no como el monarca legítimo. Incluso así, sabemos que Yona, Princesa del Amanecer, gusta de los dobles sentidos, de intentar ahondar más allá de lo que vemos a simple vista.

Porque, de nuevo, sabemos, Soo-Won no solo es un usurpador. También es un salvador. Asesino de reyes, amante del pueblo. Y es que el propio se anuncia como tal en las páginas que dan forma a los últimos tomos de la serie. Un hombre que siempre se ha presentado envuelto en sombras y representando la faceta más misteriosa e imponente de la obra, pero que a su vez deja entrever un sentimiento humano y cálido que nunca parece identificarse con el engaño o el disfraz. Soo-Won es un rey, ante todo y siempre. Y lo es, en esencia, porque ama a su pueblo. No solo por como lo enmarca en sus palabras, sino por como lo ha demostrado hasta ahora, socorriendo a todos los clanes que conforman el reino y sofocando rebeliones y tráfico de personas y drogas antes de poner en marcha su plan para recuperar la gloria perdida.

Un motivo que lleva a Lili a odiarlo sin ser capaz de enfrentarlo. Porque su lealtad hacia Yona le obliga a ello. Pero, a su vez, reconoce que el hombre parece una persona de confianza. Una persona que busca lo mejor para su gente. Incluso si para ello tiene que obrar en contra de su propia humanidad. Porque la introducción de Lili no solo sirve para hilar la historia y conectarnos a través de cierto flashback, sino que también hace las veces de anunciadora. Nos repite, sin necesidad de alardearlo, un hecho que nos hemos preguntado una y otra vez a lo largo de la obra. ¿Es realmente malvado Soo-Won?

Pero esa pregunta conecta con otra más. ¿A quién ama realmente Yona? ¿A Hak o a Soo-Won? Guardián y detractor, aunque guardián también. Una dicotomía que gira sobre la obra, la absorbe y la gobierna por entera, con juegos narrativos como el que nos presenta su autora al llevar a Hak al límite para recuperar el guardapelo de su enemigo, de su amigo, del objeto de amor de la persona por la que daría la vida. Un juego constante, que se abre al fin a dos bandas y por el que Lili vuelve a mover ficha con su atrevimiento ante el nuevo rey.

«¿No me digas que en realidad deseas que sobreviva?»

Pero el juego del drama no es el único que conoce la autora. No en una obra que ha avanzado a pasos agigantados desde la más pura simplicidad hasta un entramado político que se extiende a naciones enteras. Y es así como entra en juego el País de Xin, el último reducto que resiste a los movimientos de Koka y que, a causa de ello, se encuentra fracturado en dos.

Un juego que, pese a haberse visto a través de Kai y Sei, consigue (resultando, aún así, mínimamente recursivo) sentirse fresco gracias a la inclusión de nuevos personajes. Porque Algira y Vold son una necesaria bocanada de aire fresco para una obra que ya ha vuelto sobre sus pasos demasiadas veces. Así sus nuevos integrantes y los breves giros que sea realizan sirven para revitalizar la obra. No solo con Algira y sus gatos o el carisma de la princesa Tao, sino también con escenas como la de la misma socorriendo a Yona de los dolores de la menstruación —otra forma sutil de la autora de recordarnos que la princesa ya es una mujer— o las constantes referencias a los dragones como monstruos y demonios.

Así la visita al País de Xin supone otro nuevo eslabón en la cadena evolutiva de Yona, Princesa del Amanecer. Las tensiones políticas dividen al país entre los simpatizantes de Tao, la princesa pacifista y Koren, su bélica hermana mayor. Un triángulo de princesas que sirve para que Mizuho Kusanagi vuelva a obrar su magia y de un puñetazo sobre la mesa para desterrar las costumbres machistas que, por desgracia, suelen manchar el medio.

Tao resulta ser una adalid del coraje mientras que Koren, por su parte, no es más que otro producto de la guerra y los conflictos de poder. Una persona marcada por la muerte, como Yona, que se ha fortalecido en base al odio y la venganza para demostrar que ella también puede llevar las riendas del país. Algo que hace, sin embargo, a través de mentiras e infundiendo el pánico entre sus seguidores. Toda una contraposición a la imagen del monarca que representan Yona y Soo-Won.

Tensiones que nos permiten ver más de lo que estamos acostumbrados a ver. Zeno vuelve a erigirse como sacrificio. Un elemento que se ha repetido en demasiadas ocasiones desde su summit en el décimo octavo volumen. Por otro lado, esto vuelve a suponerse como un mecanismo narrativo necesario para mostrar ese lado maternal de Yona que tanto gusta a su autora. Uno que sienta especialmente bien a la obra cuando lo aplica, precisamente, con Zeno, el dragón inmortal, el más antiguo y sabio de ellos. Una forma más de representar la evolución de la chica a través de su viaje y vivencias.

Con todo, el temible choque de monarcas sirve para ilustrar las luces y las sombras de la serie. Porque muestra a Soon-Won, una vez más, como persona y amante de su pueblo. Porque se reafirma en la figura de Yona y, junto a Tao, nos muestra una versión más madura de la imagen de la princesa. Pero también muestra los efectos de la guerra y el miedo a través de Koren, de sus ideales sectarios y de como no teme en enviar a niños y niñas a la guerra con una desesperada creencia de sus posibilidades ante un estratega como el rey de Koka. Y volvemos a los títulos y a los enfoques. A las máscaras narrativas que cubren a cada uno de los personajes que ilustran la obra en un drama más personal de lo que puede parecer.

Porque cuando los Cuatro Dragones se enfrentan a las Cinco Estrellas de Xin nos encontramos ante algo más que una suerte de parodia numérica. Nos encontramos ante la impotencia de aquellos que solo desean la paz. Ante la imposibilidad de realizar el más mínimo movimiento por temor a fragmentar la ya frágil paz actual. Ante dos princesas al borde de la desesperación por el futuro de sus países. Ante una tercera que alza el puño frente a la guerra, creyéndose invicta tras haber vivido sus estragos en la infancia.

Y así volvemos al inicio. Sin el poder de los dragones de su lado, acompañada por Hak y los nuevos integrantes del grupo Yona parte de nuevo. Deshace el camino hacia un nuevo futuro. Uno incierto sobre el que no solo se alzan los muros del castillo de Hiryu, sino también enormes sombras que tiñen el devenir de la princesa y sus intenciones. Mizuho Kusanagi prescinde de los títulos que tanta fuerza dan a su obra con un único objetivo. El de abrir paso a su momento más esperado. Al verdadero choque de monarcas. El momento en que Soo-Won y Yona se encuentren, no a través de sus incursiones, sino ante la oscura realidad que se extiende ante ellos.

Cómo es la edición de Yona, princesa del amanecer #22 y #23


Yona, Princesa del Amanecer #22 se convierte en la primera pieza de un nuevo puzzle. Kusanagi siempre se ha mostrado partidaria de los juegos visuales en sus portadas. Siempre siguiendo un orden estricto, con cierta coherencia. Así esta nueva entrega supone un nuevo cambio. La idea de Hak y Won, en su tierna pre-adolescencia y rodeados de palomas no supone más que la idea, la fantasía que proponía la autora en su anterior entrega. ¿Qué habría pasado si todo no hubiera cambiado? Son la idea del futuro. El dúo que abre y cierra el inicio de este nuevo arco y que se suponen, además, identidades de la dicotomía romántica de la princesa. Un juego visual que, por desgracia, toma menos fuerza de la esperada a lo largo del volumen pero que sirve, una vez más, como poderosa fantasía.

Por su lado, Yona, Princesa del Amanecer #23 no solo sigue con ese juego sino que lo lleva a otro nivel, robando el protagonismo que siempre ha tenido el elenco principal de la serie y regalando su espacio a los nuevos integrantes del drama histórico de la obra. Tao, Vold y Algira no solo se suponen como los nuevos puntos de atención, sino que se atreven con un plano que cubre casi por completo la portada, acompañados —como no—, de un grupo de mininos, el recurso que Kusanagi utiliza a lo largo del volumen para aliviar tensiones. Uno al que se une, por supuesto, Ao, la curiosa mascota del grupo. Toda una forma de ilustrar el cambio que se supone en sus líneas y que sienta especialmente bien al transcurso de la obra.

Por último, nos encontramos de nuevo con una portada rústica con sobrecubierta clásica en un formato de 11,5 x 17,5cm y un total de 192 páginas, en ambos volúmenes, divididas en un total de seis capítulos; de igual forma que en sus anteriores publicaciones. Añadir que, como en cada entrega, el volumen está perfectamente localizado a nuestro idioma, además de contar con una excelente puesta en escena para con los términos que introduce Algira en la obra con sus compañeros gatunos, cortesía de Sandra Nogués.

Óscar Martínez

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1 COMENTARIO

  1. Con respecto a la pregunta de quién ama Yona, en esos tomos (y anteriores) la respuesta se va haciendo evidente. No hay conflicto interno en Yona en el aspecto romántico, ella se enamoró de Hak. Sus conversaciones con Lili lo deja claro(los sentimientos por Soo Won no son los mismos, solo está interesada en conocer su faceta de Rey) y como reconoce que está enamorada de Hak.

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.