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BIBLIOTECA: YONA, PRINCESA DEL AMANECER #20 y #21

Mizuho Kusanagi ha evolucionado mucho a lo largo de su obra. Norma Editorial ha editado ya más de once tomos de la misma. Los cuales hemos leído y analizado hasta ahora, embarcandonos en la aventura de Yona y compañía. Descubriendo sus miedos y temores. Pero también sus sueños.

¡Sigue el viaje de Yona y sus compañeros junto a nosotros!

Mucho ha cambiado ya aquella pequeña princesa que vivía el exilio y el asesinato de su padre como el fin del mundo que la cubría. Pero también ha cambiado mucho para la mano que se encarga de mover los hilos. No solo es que Kusanagi haya logrado una notable mejora en la dirección de su arte —logrando ofrecer una nueva profundidad a ese estilo shojo que ya perfilaba en otras obras como Yoiko no Kokoroe o NG Life— sino que además consigue diseñar nuevos movimientos narrativos que hacen de Yona, Princesa del Amanecer una obra completamente única.

Reseña de Yona, princesa del amanecer #20 y #21


A lo largo de la reseña de Yona, Princesa del Amanecer #19, hablaba de como Mizuho Kusanagi tendía a crear variaciones y senderos que distan millas, no solo de sus primeros pasos, sino de aquellas particularidades a las que poco a poco nos habíamos acostumbrado. En cierto punto el magnum opus de la autora japonesa adquiere un peso y fuerza imparables que nos llevan a hablar de sorpresa, de descubrimiento y de caminos que se dibujan ante nuestros ojos sin que podamos llegar a verlos.

El que se dibuja en estos nuevos volúmenes, sin embargo, si era uno esperado. Las sospechas del último volumen no tardan en confirmarse y, aunque hay mucho que decir antes de ello, Kusanagi nos devuelve a la dualidad con la que ha fraguado la obra. Esa metafórica referencia a la mítica duda de Shakespeare, el «ser o no ser» en referencia al poder, a la idea de gobernar e incluso a la de la propia existencia de sus personajes. Porque Yona, Princesa del Amanecer siempre ha sido más que romanticismo, más que una pincelada a la idea de la evolución de su protagonista. Incluso más que la dualidad que enfrenta a ambos monarcas.

Lo hace, volviendo con la clásica referencia a esa primera llegada a las tierras del Clan del Fuego, mostrando la perversión y el lado oscuro del ser humano, mostrando cómo la gente de Sei secuestra ciudadanos de Koka y los somete mediante el nadai, asegurando que en sus tierras los narcóticos no se encuentran prohibidos. Más allá de eso, el conflicto no se plantea solo como una amenaza bélico política para su país vecino, sino que incluso se estructura bajo una capa de traición y desconfianza que azota los pilares gubernamentales de Sei.

Kusanagi pierde el miedo a los encuentros y las tensiones políticas —o, más bien, lo sigue perdiendo— y esboza poco a poco tensiones que se extienden por encima de sus personajes y sirven, a su vez, para permitirnos empatizar con ellos mismos. La misma que nos muestra a Yona a Lili en su posición más combativa, que sigue adentrándose en esa evolución de la princesa y como contagia su carácter a la heredera del Clan del Agua, que comienza a seguir sus pasos, atravesando fases tan duras (y que la autora vuelve a tocar de puntillas) como el acabar con la vida de alguien; tal y como ocurría con Yona en su séptimo volumen.

Pero también hace lo propio con Hak, mostrando como la Bestia del Trueno comienza a mostrar sus sentimientos y abraza cada vez más una vida lejos de su casa pero cerca de Yona. El hecho de verle abrazar a sus compañeros casi resulta como si la pluma de su autora estuviese forzando al personaje a realizar algo completamente opuesto a sus principales ideales, haciendo sacar su lado más humano poco a poco y representando la cara opuesta al conflicto que enmarca en Yona y su compañera en el mismo espacio que lo enmarca a él. Incluso su encuentro con Soo-Won, resulta todo un destello de ingenio y potencial que parte de conceptos escasamente originales pero capaces de suponer toda una columna emocional en la evolución del personaje.

La forma en la que Hak y compañía tiran abajo el muro que les separa de las tropas de Soo-Won es todo un exponente dentro de la narrativa de la obra, haciéndonos entender la conexión que se estipula entre ellos y la capacidad de ambos para liderar una ofensiva sin brechas sin necesidad de hablar siquiera. Incluso la promesa de muerte del actual monarca queda atrás cuando, no solo son capaces de colaborar entre ellos, sino que es él quien defiende a Hak.

«Ahora mismo me pregunto… ¿cómo hemos acabado de esta forma?»

Así, la estructura de la obra da un vuelco y se retrae sobre si misma. Todo lo que ha buscado hasta ahora se retuerce y transforma para dar una nueva imagen, hasta ahora inédita. La idea del camino del monarca suena más fuerte que nunca y obtiene nuevos matices cuando Soo-Won coincide con los dragones y deja más que claras sus intenciones. Sabe que el no es el rey predestinado. No pretende serlo; no necesito el poder de los dragones de la leyenda.

Las palabras del usurpador no son más que una declaración de puro amor a su pueblo. Todo a lo que un monarca puede aspirar. Y es que, la forma en la que la autora lo presenta en estas nuevas líneas lo convierte en un nacionalista que busca, sin importar los medios, el bienestar de su gente y su pueblo. La guerra a la que accede enfrentar no es más que un movimiento político que resta poder a los gobernantes de Sei y lo empodera a él como unificador pacifista que consigue acabar con la amenaza del país vecino y el tráfico de una droga que ya había esclavizado a cientos de personas.

Pero la posición de Soo-Won y Hak no son más que dos pequeños brillos que se entienden en medio de una tormenta donde Kusanagi parece sentirse más cómoda que nunca y despliega todo su potencial, enmarcando el contexto bélico como nunca lo había hecho hasta ahora y dando forma al drama de su historia a través de una batalla que acoge a todos sus personajes más importantes y, por una vez, les obliga a luchar lado a lado en vez de enfrentarse entre sí. El encuentro, casí místico, de Zeno y Soo-Won. La tensión de Hak y Joo-Do o, sin necesidad de ir más lejos, el explosivo reencuentro de la tribu del aire hace de Yona, Princesa del Amanecer #20 y #21 dos obras imposibles de entenderse por separado y con un potencial enorme para cambiar el ritmo de su historia.

Con todo, volvemos a las viejas costumbres. Y el segundo volumen cierra de forma agridulce, con una victoria pírrica que deja a Yona y compañía de lado, mientras los verdaderos vencedores vuelven a Koka gloriosos. Se entiende que hay un paso más en las distensiones centrales de su argumento. El hecho de que Soo-Won no quiera gobernar o la punzada emocional que representa la pinza del pelo de la princesa son dos puntos que auguran el futuro de la obra. Por el momento no podemos hacer más que esperar y ver cuál será el siguiente destino de una reina que merece el trono por naturaleza divina mientras queda apartada por un regio y sabio monarca que se encuentra unido a su vida por algo más que la posición del trono.

Como es la edición de Yona, princesa del amanecer #20 y #21


Yona, Princesa del Amanecer nos ha acostumbrado a unos estándares. Sorprende como su autora ha conseguido mantener una serie de puntos que, pese a entenderse como algo recursivo, siguen extendiendóse a lo largo de toda su obra, formando un conjunto uniforme y coherente que sirve casi como diferenciación de la misma. Y es que, tras más de 20 volúmenes, la edición de Yona, Princesa del Amanecer sigue siendo un punto impecable que, además, se acompaña de un juego visual que ya se ha convertido en parte fundamental de la serie. 

Yona, Princesa del Amanecer #20 firma esto cerrando las portadas que la autora ha dedicado a los cuatro dragones. Una que muestra al último de ellos: Kija. El dragón blanco representa a lo máximo la virtud del color, de la inocencia y la pureza. Kija no aparece en una postura defensiva, mucho menos agresiva. Sino que se muestra claro y calmado, recordando su origen y naturaleza. Lo hace con una mirada serena y rodeado de flores, colmando toda la superfície de la portada en este juego visual que tanto gusta a su autora. Una magnífica entrega que humaniza al dragón blanco mostrando  apenas su mano y escondiendo las garras que le dan su título

Por otro lado, Yona, Princesa del Amanecer #21 nos recuerda que este juego visual va más allá que los cuatro dragones y su trasfondo emocional y sitúa a Yoon en la misma. Una entrega que, de nuevo, respeta al máximo las preferencias del personaje al que ilustra y, además, lo enmarca en un doble plano. Por un lado podemos ver las preferencias del chico y como toda la estancia se encuentra repleta de remedios y libros, en representación de su afinidad por el cuidado de sus compañeros. Por otro lado, su postura también nos recuerda su fragilidad y el hecho de que es el único del grupo incapaz de luchar. Más allá de eso, también se convierte en la composición más completa y potencial que ha firmado Kusanagi hasta ahora. 

Por último, nos encontramos de nuevo con una portada rústica con sobrecubierta clásica en un formato de 11,5 x 17,5cm y un total de 192 páginas, en ambos volúmenes, divididas en un total de seis capítulos; de igual forma que en su anterior publicación. Añadir que, como en cada entrega, el volumen está perfectamente localizado a nuestro idioma cortesía de Sandra Nogués.

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.