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Reseña de Yona, Princesa del Amanecer #19
ANIME / MANGA REDACTORES RESEÑAS

BIBLIOTECA: YONA, PRINCESA DEL AMANECER #19

Mizuho Kusanagi ha evolucionado mucho a lo largo de su obra. Norma Editorial ha editado ya más de once tomos de la misma. Los cuales hemos leído y analizado hasta ahora, embarcandonos en la aventura de Yona y compañía. Descubriendo sus miedos y temores. Pero también sus sueños.

¡Sigue el viaje de Yona y sus compañeros junto a nosotros!

Mucho ha cambiado ya aquella pequeña princesa que vivía el exilio y el asesinato de su padre como el fin del mundo que la cubría. Pero también ha cambiado mucho para la mano que se encarga de mover los hilos. No solo es que Kusanagi haya logrado una notable mejora en la dirección de su arte —logrando ofrecer una nueva profundidad a ese estilo shojo que ya perfilaba en otras obras como Yoiko no Kokoroe o NG Life— sino que además consigue diseñar nuevos movimientos narrativos que hacen de Yona, Princesa del Amanecer una obra completamente única.

Reseña de Yona, princesa del amanecer #19


Mizuho Kusanagi nos ha acostumbrado a una serie de puntos a lo largo de su evolución. Puntos que dictaban la estructura general de Yona, Princesa del Amanecer y nos decían que tras la tormenta llega siempre la calma. Una narrativa de dualidades, donde cada crescendo se compensaba con una pausa, sin excepciones.

Sin embargo, la evolución de la autora ha marcado especialmente la obra y, mientras que Yona no mantiene nada de aquella frágil princesa que pasaba la vida escondida tras las paredes, los ritmos de las líneas que la acogen tampoco lo hacen. Y es que la narrativa de Kusanagi no tiene nada que ver con aquellas pausas superpuestas a la aventura de la joven princesa y ahora mantienen nuevos ritmos que apuestan por la fluidez y la expectación. No necesitan de tiempos intermedios para preparar el siguiente movimiento, sino que se lanzan sin pestañear a por la próxima aventura.

Y es así como abre Yona, Princesa del Amanecer #19. Tras una catarsis emocional que rompía las cadenas de la obra en su anterior entrega, la autora sigue buscando nuevos exponentes emocionales y nos mete de lleno en un volumen que adquiere, ya por completo, este emocionante formato en el que cada nueva página contempla conflictos y aventuras. Lo hace así reviviendo antiguos misterios e indagando todavía más en esta realidad tan paralela como opaca en la que muestra el terrible destino de los descendientes de los cuatro dragones originales y las penalidades que sufrieron.

Un tierno abrazo de fantasía que trae de vuelta el espíritu de un antepasado de Shin-Ah en busca de redención por las atrocidades que cometió en busca de un bien mayor, mostrando una vez más las penalidades por los que han pasado tantos de los dragones que han esperado la llegada del rey Hiryuu durante siglos. Una introspección que sirve como parte de este contenido adicional que suele buscar la autora entre los diferentes arcos que conforman la obra pero que obtiene un poder emocional real, indagando en este dolor que acompaña a la misión de los elegidos.

Un acto sobre el que intervienen todos los actores y actrices que dan forma a la obra y que nos sirve para entender el peso del viaje. El como todos ellos, poco a poco, han cambiado. Una unión que se hace notar a cada paso del volumen, más allá de la simbiosis emocional de los dragones o los sentimientos que corren entre Yona y Hak. Pequeñas escenas en las que se llaman hermanos, o la idea de tratar a Yoon como una madre… nimios detalles que marcan una importante diferencia entre este último volumen y los arcos de presentación de cada uno de sus personajes.

La forma en la que Yona cuida del espíritu del dragón azul a través del cuerpo de Shin-Ah —reviviendo recuerdos de volúmenes anteriores— sirve para mostrar la evolución de la chica a través de todo su viaje. Más allá del legado de Hiryuu, es un recordatorio del temor del Dragón Azul, de la soledad del Dragón Verde, la reclusión del Blanco y el sufrimiento eterno del Amarillo. Cuatro poderes que, ahora más que nunca, entendemos bajo ciertos valores personales y humanos y que se tocan profundamente ante la agonía del antepasado que reposa bajo el suelo, sirviendo como arco intermedio, insisto, pero también como una importante forma de hacer que sus personajes conecten entre ellos sin necesidad de romper con los tiempos de la obra.

Hablamos de un volumen que mantiene el ambiente que creaba Yona, Princesa del Amanecer #18 y nos permite entender la tensión y crispación que se vive. Una conexión emocional que se atreve a hablar de la pérdida y de la muerte. Más allá de protegerse entre sí, se entiende el miedo, el pánico, a perder a alguien.

Con todo, es su cambio de registro el que brilla con mayor fuerza a lo largo y ancho de la última entrega. Porque Kusanagi vuelve a emprender el viaje pero esta vez nos da motivos para hacerlo. Se entiende como algo más que el “ir y vagar” sin un rumbo fijo. El regreso a Suiko trae consigo las motivaciones políticas, los enfrentamientos bélicos —que vuelven a quedar relegados a un segundo plano que favorece el acercamiento a las tensiones propias de su narrativa— y, especialmente, los recuerdos. Porque Soo-Won tendrá un espacio minúsculo, pero sirve para remarcar sus sentimientos hacia Yona. Incluso después de lo sucedido en el décimo séptimo volumen y la promesa de muerte, el monarca muestra su faceta más débil, rompiendo con esa máscara de hierro que porta, reconociendo su amor por la princesa.

Al otro lado del conflicto, Yona llega a la conclusión que la autora ha dibujado con sumo cuidado a lo largo de los últimos tomos. A la idea de que su viaje ha tocado un punto muerto —sumando así a la coherencia en su viaje en formato de mercenaria— ahora que comprende los motivos de su primo. Incluso despreciando el asesinato de su padre, los actos de Soo-Won no buscan sino construir un reino mejor. La guerra civil que se desata en la tribu del fuego, la extensión de la droga en la del agua o la pérdida de territorios por parte de la militarizada tierra son solo algunos de los ejemplos contra los que ha lidiado el nuevo monarca.

Ahora que sus caminos se cruzan parece que la llama de la venganza se ha apagado e incluso el choque de reyes se entiende como una idea distante. Si ella no hubiese aparecido durante aquella noche; si el asesinato del rey Il pudiese haberse llevado a cabo en secreto, todo sería muy diferente. Sin embargo, los caprichos del destino construyen ahora un destino incierto, donde ambos monarcas confluyen en una serie de intereses conjuntos y Yona no puede sino entender, esta vez sí, las ambiciones de Soo-Won y los motivos que le impulsan a realizarlas. Un rey y una reina. Diferentes caminos, pero un mismo objetivo.

Incluso así, Kusanagi se refugia en su plantel de personajes y devuelve el testigo a Lili tras el maravilloso arco que protagonizaba en sus últimas entregas. Catalizadora de las emociones de Yona, sirve no solo para desenterrar las antiguas cicatrices del pasado, sino también para que la princesa descubra y reconozca al fin sus sentimientos por Hak. Un intercambio romántico que se fragua desde la más pura inocencia y que nos sirve como promesa para el futuro a través de uno de los momentos más intensos, en este mismo sentido, de la obra.

Así, Yona Princesa del Amanecer #19 se convierte en una intersección de caminos y destinos. De lo que es, pero también de lo que podría haber sido. Una representación etérea que se ve afligida por los sentimientos y las tensiones políticas que parecen darse la mano en la obra —uniendo ahora los dos sentidos que la obra siempre había mantenido, en cierta manera, aislados— y que nos dejan con un duro cliffhanger como sello de la evolución de la autora. Todo apunta a que los caminos de Yona y Soo-Won están destinados a volver a encontrarse.

Como es la edición de Yona, princesa del amanecer #19


Yona, Princesa del Amanecer #19 sigue con el nuevo juego estipulado en las portadas de sus volúmenes. En este caso Yona vuelve a quedar fuera del espectro protagonista para dar esa imagen a Shin-Ah. Un puesto que vuelve a apostar por la coherencia de sus líneas y sirve de precursor a esta apertura en la que el Dragón Azul —normalmente apartado del protagonismo por su escasa participación— nos deja con una escena particularmente humana al desenterrar el dolor del pasado.

Una escena apacible, que nos permite ver, esta vez sí, los letales ojos de Shin-Ah en esa tranquila apariencia que destaca la dualidad entre los poderes y la personalidad del chico. Un tributo final al mismo que marca la evolución del personaje a través de la obra, habiendo aparecido en su sexto y décimo cuarto volumen oculto bajo su habitual máscara.

Por último, nos encontramos de nuevo con una portada rústica con sobrecubierta clásica en un formato de 11,5 x 17,5cm y un total de 192 páginas divididas en un total de seis capítulos; de igual forma que en su anterior publicación. Añadir que, como en cada entrega, el volumen está perfectamente localizado a nuestro idioma cortesía de Sandra Nogués.

Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.