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Mizuho Kusanagi ha evolucionado mucho a lo largo de su obra. Norma Editorial ha editado ya más de once tomos de la misma. Los cuales hemos leído y analizado hasta ahora, embarcandonos en la aventura de Yona y compañía. Descubriendo sus miedos y temores. Pero también Sus sueños.

¡Sigue el viaje de Yona y sus compañeros junto a nosotros!

Mucho ha cambiado ya aquella pequeña princesa que vivía el exilio y el asesinato de su padre como el fin del mundo que la cubría. Pero también ha cambiado m ucho para la mano que se encarga de mover los hilos. No solo es que Kusanagi haya logrado una notable mejora en la dirección de su arte —logrando ofrecer una nueva profundidad a ese estilo shojo que ya perfilaba en otras obras como Yoiko no Kokoroe o NG Life— sino que además consigue diseñar nuevos movimientos narrativos que hacen de Yona, Princesa del Amanecer una obra completamente única.

Al principio de la reseña del volumen anterior hablaba de la promesa que la autora realizaba en su octava entrega. Una que, adelanto, si logra cumplir esta vez, pero que necesita de su tiempo para ser construida. Yona, Princesa del Amanecer #10 era una entrega diferente. Un atrevimiento por parte de la autora que centraba su atención en un personaje completamente secundario para trabajar en la figura de Yona. Así, era de esperar que su siguiente tomo contase con un contexto parecido para que no se creasen saltos incoherentes dentro de su trama.

Y lo hace. Por supuesto que lo hace. Kusanagi demuestra saber mucho de worldbuilding; de como jugar con sus tiempos y planos para crear una historia que no solo se extiende en el presente, sino que necesita de pasado y futuro para contar todo lo que necesita. Así, nuestra toma de entrada a Yona, Princesa del Amanecer #11 es un flashback.

Una escena donde los pequeños Hak y Soo-Won acompañan a una, aún más pequeña, princesa, fuera de palacio. Una breve entrada que juega con la misma pretensión de siempre: hablar de porqué la chica no puede abandonar las puertas del lugar; de como el rey es un cobarde. Pero hay un giro: Yona es secuestrada. Y entonces la obra muestra su verdadero papel —el primero de ellos. Porque al final todo resulta una excusa para lanzarnos un mensaje fragmentado.

El primero, y más evidente, lo demuestra el propio Hak. «Una sola frase de Soo-Won ha logrado movilizar a una ciudad entera…». El pequeño Won resulta ser un experto en comunicación y gestión. No es tan bueno como la Bestia del Trueno con las armas y el combate cuerpo a cuerpo; es un estratega. Kusanagi nos dice algo con todo esto: que Soo-Won es un líder, un niño capaz de hacer que la gente le siga. Pero va más allá, porque es Hak quien noquea al secuestrador.

Entonces el simbolismo no es tanto la figura de uno. Tampoco la del otro. Sino la de ambos. Kusanagi utiliza el flashback para tratar varios puntos —y uno de ellos es la evolución de Yona, por supuesto— pero el más importante es resaltar el cómo el carácter de uno permea en el otro. Porque Hak y Soo-Won se admiran mutuamente. Es una forma de recordar que la tensión no es solo entre la princesa y su amor prohibido, sino también entre ellos dos. No es un triángulo amoroso, es un enfrentamiento entre diferentes pasiones. En el hecho de querer crecer y superarse el uno al otro. Una forma, también, de ayudarnos a ver a Soo-Won como persona. Como líder y no como usurpador.

Así la forma que la autora usa para conectar con el presente es férrea. No traza grandes planos y ni siquiera dedica una pequeña escena al nuevo rey. La acción pasa directamente a una Yona frágil que trastabilla y es incapaz de aguantar los golpes de Hak mientras entrenan. Se entiende que ha habido una evolución; como un contraste duro entre aquella y esta Yona. Pero uno que también sabe cómo llegar hasta Hak y humanizarlo. Se entiende mejor el miedo que siente por perder a la princesa; el deseo —pero también miedo— de enfrentarse a su eterno rival.

Con todo, las pautas vuelven a su posición con pasmosa facilidad. La trama avanza muy lentamente pero las relaciones interpersonales toman fuerza y nos damos cuenta de cómo ha cambiado todo. Hay tensiones románticas, hay una gran dosis de humor y, en líneas generales, una gran dirección. En escasas páginas la obra retoma el camino que había dejado a lo largo de su octavo volumen y fluye como si no hubiésemos vivido este hiatus en su narrativa. Yona, Princesa del Amanecer vuelve a ponerse en marcha.

Y como no podría ser de otra forma, el grupo pone rumbo a un nuevo viaje. Al Imperio de Kai. No solo sirve como excusa narrativa para hablar de la evolución, el cambio y como empiezan a abrir el horizonte sino que además Mizuho Kusanagi crea con ello un espacio personal, para ella. Porque la evolución de la que hablaba al principio, al comparar Yona con sus obras anteriores, tiene mucha más fuerza en este punto. Es notable cómo la autora ha extendido su delicadeza por las vestimentas y las expresiones faciales al entorno. La naturaleza brota en sus páginas y no deja espacios en blanco.

También se aplica a como Kusanagi narra. Aunque hace ya mucho que el foco de la obra no se cierra tanto entorno a Yona y como ella se relaciona con el resto de personajes, la llegada a Kai marca una tendencia. Porque es coherente con su mundo. No solo es que las vestimentas y los peinados cambien ligeramente para marcar ese muro cultural, sino que su narrativa introduce tensiones políticas y territoriales para enmarcar los conflictos de la época. Incluso en términos arquitectónicos, las construcciones tienen cierta similitud con las del clan del fuego debido a que antaño fueron tierras de Koka.

La idea de que ambos reinos pasan por momentos conflictivos da fuerza a su mundo. Uno que pasó de reducirse a palacio, para extenderse a Koka y luego al continente entero. Pero también se entiende como un prólogo a lo que está por llegar. La inestabilidad de Kai —dividida ya en dos territorios diferenciados— y la creciente fuerza de Koka podría dar paso a un nuevo conflicto en el futuro y, aunque la obra no pretende incidir todavía en ello, la introducción abre paso a una nueva escena.

Pero, insisto, Kusanagi no pretende centrarse en ello. El que Soo-Won tuviese su espacio para pasar las riendas a Tae-Joon y finalizar con ese flashback crítico no daba espacio más que a la reflexión. Una que se toca casi de puntillas pero que resulta lacerante para el elenco principal.

Porque vuelven las verdaderas tensiones. Las que se han estado forjando a través de toda esta entrega, pero también durante toda la obra. Kusanagi siente mucho por esas últimas escenas. Es la primera vez que viste a Yona de gala tras su primer volumen y la composición de imágenes y viñetas brilla, quizás, por encima de todo lo que había ilustrado hasta el momento. Pero lo más importante no es como lo dice, sino lo que transmite. Porque el hecho de que Yona salga a bailar con una espada en vez de con un abanico representa todo lo que mueve la obra.

No solo es lo que siente hacia Soo-Won. También representa lo que ella siente hacia Hak. Es una promesa dividida en tres fragmentos, como su inicio. Es una escena confusa. No por como se narra, sino por lo que se siente. Por lo que la propia Yona siente en ese momento. Porque sabe a quien ama. Sabe a quien teme. Y sabe a quién busca. Un final que suena a despedida, a promesa inconclusa.

Pase lo que pase, Yona, Princesa del Amanecer #11 marca un antes y un después. Vuelve a sus primeros compases para mostrarnos cómo ha cambiado su juego. Y es que ninguna de sus piezas sigue ocupando el mismo espacio en el tablero. Y el próximo movimiento sigue estando en el aire.

Yona, Princesa del Amanecer #11 rompe con el juego que se llevaba arrastrando desde sus inicios. No es solo que no se utilice para representar lo que conlleva el volumen en si mismo, sino que la portada está ilustrada con la única imagen de la princesa. Un detalle que Kusanagi no ha querido desaprovechar, sino que se encuentra lleno de simbolismo. Y es que Yona se encuentra arropada por la ropa de Hak y parece estar colocada sobre la que viste Soo-Won.

Pequeños detalles, pequeños incisos, que suman a la imagen general del volumen. A esa idea de introducir el conflicto a tres bandas de forma discreta y sin necesidad de recurrir a los conflictos anteriores. Algo sobre lo que resalta la expresión de Yona. Una que no solo resulta muy similar a las de sus primeros compases, sino que además expresa total inocencia. Una que encaja con la idea de que la chica se encuentre en el centro del conflicto entre ambas personalidades. Otra curiosidad que guarda esta portada es que, por primera vez, no se trata de una adaptación de la original japonesa. La misma muestra a Yona y Hak juntos, espalda contra espalda (podéis verla encabezando este texto), siendo también la ilustración elegida para adornar la entrada del capítulo 60.

Por último, nos encontramos de nuevo con una portada rústica con sobrecubierta clásica en un formato de 11,5 x 17,5cm y un total de 192 páginas divididas en un total de seis capítulos. De igual forma que en su anterior publicación. El volumen está perfectamente localizado a nuestro idioma cortesía de Sandra Nogués (BRKDoll Studio).

Óscar MartínezBanner inferior Norma Editorial octubre y noviembre - El Palomitrón

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