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Algo está cambiando en el mundo audiovisual y en la forma de concebirlo hasta ahora. Esta 65.ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián será recordada por un sinfín de cosas, pero especialmente quedará grabada por ser la artífice del cambio, por hacer historia como el primer festival de clase A en nuestro país que ha recibido por la puerta principal y con todos los honores merecidos a las series. La peste y Vergüenza han sido las ilustres invitadas, ambas de la mano de Movistar+. La primera de ellas, dirigida por la mente maestra de Alberto Rodríguez (La isla mínima, El hombre de las mil caras), no deja dudas después de ver proyectados sus dos primeros capítulos en la Sección Oficial: es ficción y recreación histórica de primer nivel, y podría codearse con la cabeza bien alta con producciones internacionales de similar naturaleza. Por su parte, Álvaro Fernández Armero y Juan Cavestany nos han traído a San Sebastián su serie Vergüenza al completo; 250 minutos que se suman a la competición entre los muy diversos trabajos que se engloban en Zabaltegi-Tabakalera.

Sí, algo está cambiando en la forma de hacer y consumir los formatos audiovisuales. La expansión es constante, y lo sucedido en Donostia con las series es un paso adelante muy importante, sí, pero también muy necesario y orgánico. Vivimos en una era en la que podemos acceder a múltiples plataformas de contenido que posibilitan una televisión plural, para todos los gustos y con una calidad cada vez mayor, que nada tiene que envidiar en muchos casos al cine.

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Las series han estado a la sombra, separadas de cualquier disciplina cinematográfica hasta hace muy pocos años. Eran lo que eran, y estaban relegadas a la pequeña pantalla aun siendo un verdadero fenómeno que congregaba a toda la familia en el salón cada noche desde que se inventó el televisor. Los espectadores vienen dejando claro desde hace mucho que el cine y las series están muy vivas. Y los realizadores, que ambas son formas distintas de ver una misma cosa. La demanda del público es alta y clara, y esta edición del festival de San Sebastián es signo de que hay que adaptarse a los cambios naturales. Cannes lo hizo por primera vez en 2014, y este año sin ir más lejos ha estrenado en primicia el retorno de Twin Peaks. El Festival de Venecia dio cabida en su momento a The Young Pope, entre otras. Y otros festivales, ya sean de serie A (la Berlinale) o más pequeños, han creado un espacio propio para las series dentro de su agenda.

La transformación y convivencia entre las representaciones audiovisuales (independientemente de su soporte) va a ir cada vez a más, así como la rigidez de los certámenes se irá diluyendo poco a poco. Vergüenza ha demostrado que también cabe la competición de las series en ciertos espacios, ¿y por qué no? El cine no va a perder su lugar, pero no es incompatible con el mundo de las series emergentes. Mientras el mundo sea mundo y existan talentos creativos, no se nos agotarán las ganas de emocionarnos, de conocer nuevos lugares y otras épocas, de evadirnos y respirar a través de una galería infinita de personajes. Y la rueda seguirá girando.

 

Aitziber Polo

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