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LA BATALLA DE LAS SERIES: HOUSE OF CARDS

No hay tema más apetitoso y que nunca abandona su atractivo como es la política, especialmente en estos tiempos raros donde vuelve a ser interesante. Quizá es que nunca dejó de serlo, pero, simplemente, no éramos capaces de ver lo que se ocultaba tras las bambalinas. House of Cards se encarga, precisamente, de eso: de arrancarle la máscara de la cordialidad a la política y mostrárnosla como realmente siempre ha sido, un juego de ajedrez donde gana el más hábil, no el más inteligente. Elegante, sutil y afilada como un cuchillo, House of Cards ha pasado con nosotros la segunda década de los 2000, se ha convertido en el primer buque insignia de Netflix y ha conseguido hacer recordar a más de uno que, efectivamente, la política es un suculento plato hecho de los cadáveres de tus enemigos. Diez razones por las cuales amamos House of Cards, a continuación:

1. SHAKESPEARE, REMASTERIZADO

El primer detalle que delata House of Cards es que firma su carta de presentación como un afilado drama que se encarga de recoger todas las obras de Shakespeare, las arrastra hasta la actualidad y nos las sirve mezcladas sobre una bandera de estrellas blancas sobre franjas rojas y blancas. Washington vuelve a ser uno de los grandes escenarios de Shakespeare, Frank Underwood regresa como uno de esos personajes sin alma del dramaturgo inglés que camina sobre cadáveres, los resortes políticos que detonan las tramas del teatro se trasladan a los pasillos del Congreso de los Estados Unidos y los secundarios se convierten en simples piezas de ajedrez a sacrificar para un bien mayor.

2. LA POLÍTICA, AL DESNUDO

House of Cards es directa y entiende la política sin contemplaciones. No es amable ni pretende sentar cátedra sobre las bondades de gestionar lo público, como hacía El ala oeste de la Casa Blanca. Tampoco se pierde en dotar de humor una profesión complicada y criticada a partes iguales, como haría Javier Cámara interpretando a Juan. House of Cards es la política en el tuétano, en lo más profundo, más allá de las palabras de libertad, igualdad y derechos que todo político pronuncia. Beau Willimon, gran arquitecto de toda la serie, directamente reduce la política a lo que no debería ser y desgraciadamente es, que es una lucha descarnada por el poder en un sentido darwiniano donde sólo aquel más apto es capaz de sobrevivir. House of Cards no es Luther King; es Maquiavelo, y precisamente por eso se convierte en un espectáculo tan majestuoso de ver.

3. FRANK UNDERWOOD, RICARDO III

Como hemos comentado anteriormente, Shakespeare ha sido la base sobre la que se ha construido toda la trama de toda la serie y, quizá, Enrique VIII el personaje que ha inspirado claramente a Kevin Spacey en la construcción de Frank Underwood. Independientemente de las polémicas que rodearon la patada de Netflix al actor y la floja última temporada a causa de los actos del mismo, lo cierto es que el actor consigue pulir un personaje perfecto en todas sus facetas. El mal entendido como un estado permanente con el que es necesario contar para escalar hacia la cima y la manipulación como arma para llevar a cabo semejante empresa son las señas inquebrantables de un personaje surgido de la nada y casado con una mujer con la que planeó un plan maestro para llegar hasta arriba. House of Cards no es más que la puesta en marcha de todo ese plan.

4. CLAIRE UNDERWOOD, LADY MACBETH

Claire Underwood y la grandísima interpretación que realiza Robin Wright es, sin ningún género de dudas, otro de los pilares esenciales de la serie. No por nada, a la marcha de Kevin Spacey, la serie recae totalmente sobre los hombros de ella. Si Frank Underwood era Enrique VIII, Claire Underwood es Lady Macbeth, la mujer que acompaña del brazo a ese Macbeth, rey ilegítimo de Escocia en la obra homónima de Shakespeare. El poder es cosa de dos y ambos se reparten las cargas a partes iguales de cara a un fin mayor, que es llegar a la Casa Blanca. Usada por Frank como cebo en las primeras temporadas, afilada reina en la partida que juegan los dos, fría y calculadora hasta alcanzar sus objetivos y sentarse en el despacho oval en la última temporada, inflexible hasta en el amor comprendiendo qué es lo que realmente importa en el juego del poder, Claire Underwood o Lady Macbeth no es más que la otra cara de la moneda de Frank Underwood y el show se sostiene sobre ambos. Al fin y al cabo, el tira y afloja entre uno y otra en la tercera temporada no hace más que demostrar que, efectivamente, la historia de ambos es la historia de un matrimonio político.

5. SECUNDARIOS DE LUJO

Si algo sustenta también las seis temporadas de la serie es todo un elenco de actores y actrices que consiguen soportar la carga dramática que necesita toda la serie. Algunos de ellos son Michael Kelly en su papel del perro fiel Doug Stamper en una interpretación que se iguala incluso a la de sus dos amos, Mahershala Ali como Remy Danton y pieza esencial en la partida que juegan los Underwood, Molly Parker como la congresista Jackie Sharp y llave de la puerta a la Casa Blanca, Joel Kinnaman como Will Conway y duro opositor de Frank Underwood a la Casa Blanca por parte del Partido Republicano, una Kate Mara en el papel desgraciadamente poco aprovechado de la periodista Zoe Barnes, Lars Mikkelsen como el presidente de la federación rusa Viktor Petrov, trasunto de Vladimir Putin, Greg Kinnear en el papel del contrapoder en la sombra y, finalmente, Patricia Clarkson, magnífica en la piel de un personaje que dice más con lo que calla que con lo que habla, entre otras muchas caras.

6. ACTUALIDAD BAJO EL FILTRO DE LA FICCIÓN

House of Cards llegó con la segunda presidencia de Barack Obama y el presidente de la ficción, del Partido Demócrata al igual que Obama, llegó cargado de oportunidades, emociones y promesas de igualdad. Un futuro brillante en mitad de una crisis económica que había arruinado a miles de personas, y aquí empezamos a difuminar realidad y ficción, al igual que el surgimiento del ISIS (Islamic State) reciclado por la serie como ICO (Islamic Caliphate Organization), la gestión, compra y venta de datos de usuarios de miles de empresas con fines electorales como bien ocurrió con el resultado del Brexit o la elección de Donald Trump, un programa de reconstrucción económica que recibió el nombre de “America Works”, los conflictos geopolíticos de Oriente Medio, el papel de las grandes corporaciones que nunca pasan por las urnas o el protagonismo de una Rusia autoritaria en una nación americana cada vez más decadente. De toda esta realidad que alimenta las portadas de periódicos hoy en día nos habla House of Cards y lo hace con un sello particular de realidad que hace que percibamos como muy reales todas las tramas que vemos en pantalla.

7. LECCIONES AMORALES EN TIEMPOS EXTRAÑOS

El mal anida en la Casa Blanca. Se caen las caretas y los decorados sobre la gran nación americana y su próspera democracia para dejarnos ver claramente qué clase de individuos pueden estar sentados en el despacho oval. No por nada circula por internet un juego consistente en adivinar si las frases que se muestran fueron pronunciadas por Frank Underwood o Donald Trump. Lecciones amorales como las dos clases de dolor, la caricatura que la democracia llega a ser, la necesidad de saltarse las reglas políticas, la importancia de tener dos manos, una para saludar y la otra para golpear, admitir la mentira como arma política o la famosa cazar o ser cazado son perlas amorales que Frank Underwood va dejando como miguitas de pan a lo largo de la serie para demostrar la clase de personaje que realmente es. No por nada el final de la cuarta temporada no deja lugar a medias tintas: “Nosotros hacemos el terror”.

8. DIGNA REVISIÓN DE SU HOMÓNIMA BRITÁNICA

House of Cards no se entendería sin su anterior versión británica de 1990. Satírica y al punto inquietante como muchas series británicas, la versión americana copia directamente muchas de las características de la serie del Reino Unido y las lleva a su nuevo escenario en Washington: el papel de una periodista que colabora con el poder, el diálogo con la cuarta pared, el propio nombre de Francis del protagonista principal, son algunas de varias de las características que consigue traspasar de una serie a otra haciendo la versión americana una digna versión de la británica.

9. EL CARAMELITO DE DAVID FINCHER

Es curioso el ojo que tiene David Fincher para con las series. Hablamos de aquel director de videoclips que empezó rodando lo más bajo de la ruina humana, los desclasados, los pordioseros y aquellos neuróticos producto de nuestro mundo capitalista para acabar sentándose en las mansiones de lujo con problemas igual de psicóticos que los anteriores. En definitiva, más capitalismo. House of Cards es otra vuelta de tuerca más para entender qué mueve el mundo. De Fincher no sólo toma una estructura formal en la reproducción de la trama, sino también la fotografía, una estética gris, casi gélida, con colores apagados, espacios impersonales de cualquier persona y de nadie a la vez y también esos giros de guión que pervierten toda la estructura anterior de la trama, al igual también que el perfeccionismo con el que se rueda cada escena. Para los amantes de Fincher, este trabajo suyo en Netflix es una parada obligatoria.

10. EL PERIODISMO, MÁS NECESARIO QUE NUNCA

Por último, señalar cómo House of Cards no es sólo la lucha encarnizada por el poder, sino también un mensaje de la importancia de un periodismo más combativo que nunca en estos momentos en que la soberanía nacional se puede convertir en una broma de muy mal gusto en manos de alguien con pocos escrúpulos. Porque seguimos pensando en Frank Underwood, ¿no? El periodismo como vigilante perpetuo del poder es de lo mejorcito de una serie que engancha con dramas como Spotlight o La sombra del poder. No por nada recibe el periodismo el nombre de Cuarto Poder, para, precisamente, vigilar de cerca los desmanes de un Leviatán descontrolado. Las interpretaciones de los varios periodistas que pueblan la pequeña pantalla de la serie y su rectitud moral frente al mal de los Underwood nos recuerdan que el periodismo es más necesario que nunca.

House of Cards, en definitiva, es la consecución final de una serie levantada sobre dos personajes terribles y carismáticos a los que no podemos dejar de aplaudir a medida que ascienden escalones hacia la cúspide. Sus tramas son dignas de un gran Shakespeare y sólo por haber refundado el antiguo teatro isabelino a través de dos personajes atractivos y malignos ante los que el espectador no deja de arrodillarse merece la pena acercarse a las historias, que no son pocas y poco interesantes, por cierto.

Javier Alpáñez

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