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DEPRISA, DEPRISA: QUINQUIS ENAMORADOS

Historias para no contar

En la infancia, gracias a los cines que regentaba mi abuelo en mi ciudad natal, vi casi todas las películas del denominado género quinqui, entre ellas Navajeros, Colegas, Yo, El Vaquilla, El pico y Perros callejeros y sus secuelas… Pero mi memoria no registra ninguna imagen en movimiento de la que estrenó Carlos Saura en 1981: Deprisa, deprisa. Puede que se proyectara en uno de los locales de la competencia y ningún adulto me llevara a verla. Entonces me parecía fascinante y aterrador ver en la pantalla un reflejo de aquellos jóvenes con aspecto de golfos que fumaban canutos en las escaleras que daban a la tribuna y entre cuya cortina de humo pasábamos a veces con un nudo en la garganta. 

Rescato ahora, pues, esta película con la que, a mi entender, su director dio un paso más allá en el género al retratar, sobre un fondo de atracos a mano armada, vidas miserables, drogas, alcohol y Transición Española, una historia de amor entre dos jóvenes, Pablo (José Antonio Valdelomar) y Ángela (Berta Socuéllamos), abocados al fracaso y a una muerte temprana desde que se conocen. Estos Bonnie & Clyde de las viviendas de clase baja de Madrid pasean su relación por discotecas, pisos pequeños y humildes y descampados, en compañía de sus amigos y compinches Meca (Jesús Arias) y Sebas (José María Hervás).

Amor en entornos marginales

Ya en su crítica para El País, en abril del 81, Diego Galán señalaba al filme de Saura como “un testimonio poético”. Esa poesía de la pasión entre basuras dispersas y barrios degradados la convierten en una película distinta dentro de la categoría a la que pertenece. Al contrario de otros títulos, aquí destaca el optimismo de sus protagonistas; son felices pese a lo poco que poseen: algunos billetes conseguidos en sus palos, un techo bajo el que dormir, whisky y heroína para pasar las tardes y automóviles robados para huir en pos del mar, que suele ser la salida o el desahogo que escogen los parias cuando se encuentran en contextos ásperos y difíciles.

Pablo y Ángela se tienen el uno al otro, perduran como pueden y se solazan a ritmo de Los Chunguitos y eso parece bastar. En este sentido, resulta maravillosa la escena en la que suena por primera vez el tema “Me quedo contigo” (que se escuchará en dos ocasiones más, como leitmotiv junto a “¡Ay! Qué dolor”): ambos llegan en coche a las afueras de Madrid y caminan por una especie de descampado que la gente utiliza como vertedero ocasional. Entre detritus, plásticos y escombros, Pablo le muestra, a lo lejos, el pueblo donde se crió.

En esta escena confluyen tres tiempos: presente (ese amor cuyo fondo no necesita ser romántico para salir adelante, y que él confirma con la declaración “Tú sí que eres bonita”), pasado (el lugar donde Pablo nació y en el que sólo merece la pena “estar un ratito e irse”) y futuro (cuando, con un gesto de rechazo, suelta: “¡Anda y que le den por culo!”, como anunciando que ya está en otra onda, en otra vida, y no quiere saber nada de antaño). Excepto por su abuela, a la que en la siguiente secuencia ambos visitarán para regalarle una televisión en color, el objeto con el que ella había soñado siempre. Pablo demuestra con este detalle su corazoncito: no es sólo un vulgar delincuente y todavía piensa en la familia. Saura se aparta, así, del maniqueísmo que a veces sugiere que los quinquis son siempre malvados y crueles.

El paisaje como recurso esencial

Uno de los elementos fundamentales del filme es el paisaje. Podríamos afirmar que es otro de los protagonistas, junto a los códigos culturales de la época, que los personajes consumen en sus ratos libres fuera del “trabajo” (Mortadelo y Filemón, Space Invaders, canciones de Lole y Manuel, Los Marismeños y Los Chunguitos).

Esos paisajes son vistos de forma realista y desapacible a través de la cámara de Saura: las mencionadas afueras y los descampados donde quemar vehículos y practicar el tiro con un revólver, las calles donde se ubican bares para la clase obrera, los pisos de protección oficial del extrarradio construidos junto a las vías del ferrocarril, los polígonos industriales, los barrios degradados por donde pululan delincuentes y drogadictos… incluso podemos ver El Cerro de los Ángeles, escenario de dos momentos importantes de la historia: cuando los hombres del grupo cuentan sus primeros palos y cuando aparece la policía para cachearles. Entornos marginales que, como hemos dicho, conservan una escapatoria al final de la carretera, donde se encuentra el mar y uno puede respirar la libertad del horizonte.

Deprisa, deprisa ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1981 y, en su momento, fue carne de polémica. Cuando la rodó, Carlos Saura ya era un cineasta de prestigio y de pulso más que probado: ahí estaban, entre otras, Los golfos, La caza, Peppermint Frappé, Ana y los lobos, La prima Angélica, Cría cuervos o Mamá cumple 100 años.

El reparto estaba formado por actores no profesionales, algunos de los cuales provenían del ámbito de la delincuencia. Dos de ellos morirían años después tras pasar por las cárceles. Entre estos jóvenes flacos y llenos de acné destacaba la frescura de Berta Socuéllamos, una belleza que el cine no volvería a rescatar: no rodó ninguna otra película, se casó con otro de los actores y, según dicen, ha llevado una vida feliz alejada del entorno criminal.            

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