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El sexo siempre ha sido un tema tabú en el medio. Muchos diréis que existe el Ecchi, el Hentai y otros tantos géneros y argots. Pero no son más que perversiones. Fetiches, fantasías y otras que toman la lascividad como bandera y la airean en su ficción. Y es así como nace gran parte del fanservice, un recurso que como indica su propio nombre, está ahí para que unos pocos disfruten de una perversión ficticia pero que también amenaza —especialmente cuando se usa en una obra de un carácter ajeno a ello— con sepultar el resto de elementos de una obra.

A How NOT to Summon a Demon Lord le pasa exactamente eso. Es una obra simple pero que tiene ciertas connotaciones que se ven olvidadas entre momentos lascivos salidos de la nada. Un fanservice que nubla las capacidades narrativas de un espacio que se antoja introspectivo y que, incluso bajo ese peso, consigue enmarcar unos ideales propios que brillan sobre su conjunto.

Más allá de un nuevo mundo

El género Isekai se ha popularizado con los años. No es nuevo, desde luego. Fushigi Yûgi o Inuyasha son claros ejemplos de ello, pero hay obras que, aplicando el mismo filtro, consiguen marcarse unos objetivos propios y hablar de algo más de lo que se entiende en su contexto.

Hai to Gensou no Grimgar, por ejemplo, habla de la humanidad en un mundo extraño, de como la fantasía también puede ser un factor concebido en el drama mientras que No Game No Life encontraba en ese punto un lugar acogedor para sus personajes. El caso de How NOT to Summon a Demon Lord es uno similar. Porque el pretexto, los conceptos generales, están ahí. Diablo es un hikikomori, un marginado, un aislado social. Y su mundo ejerce a la vez de fantasía y drama. De salvación y verdugo.

Es así porque la obra no pretende hablar tanto del papel clásico del Isekai (aunque no lo olvida en ningún momento) sino de la postura de Diablo, de su persona y sus (dis)capacidades sociales. Y para ello crea todo un plantel de personajes rotos. Personas que, por uno u otro motivo, han sido rechazadas, repudiadas o se han visto a huir de la realidad en la que viven.

El papel del marginado

How NOT to Summon a Demon Lord parte de conceptos sobreexplotados. Diablo es, en realidad, un joven que se aislado de la sociedad. Rem porta dentro de si el alma de la señora demonio —algo clásico en del shonen— y Shera es una elfa que huye de la posesividad de su pueblo, quien busca tratarla como un objeto. Pero hay algo dentro de esos clichés que la llevan por el buen camino.

Porque la obra traza una introspección. Es ligera, pero está ahí y eso no le resta importancia. Diablo es un hikokomori, en términos japoneses. Una persona aislada que, como él mismo reconoce, «ni me entendían ni quería que lo hiciese». Es un espejo personal, quizás en un caso más extremo, pero no resulta difícil ver la correlación que tiene con el público. Así utiliza el factor del fanservice como una incomodidad. No en el sentido sexual de la misma, sino como algo social. Porque él, como persona, no sabe socializar.

Es una tensión recurrente en el Isekai. Ocurre con Kirito en Sword Art Online —aunque Reki Kawahara no explora el conflicto y le deja este testigo a Keiichi Sigsawa, quien lo borda en Alternative Gun Gale Online—, con Sora y Shiro en No Game no Life y con Momonga en Overlord. Pero incluso así siento que la importancia de este factor en la obra que comentamos hoy se aproxima mucho más a Recovery of an MMO Junkie. Incluso me atrevería a decir que tiene ciertos tintes de los que se exponen en Mi Experiencia Lesbiana con la Soledad.

Y sí, de acuerdo, la obra de Rin Kokuyo no pertenece al género, pero parte de unos tintes muy similares y tiene cierto equilibrio moral que se asemeja al de Diablo y compañía. Porque al final How NOT to Summon a Demon Lord no es tanto una exposición, sino una evolución. Porque Diablo será el personaje más poderoso del mundo, pero se ve acobardado ante la idea de hablar con una persona del sexo contrario. Y en ese punto la obra abraza la naturalidad y nos presenta esta doble cara de un modo tierno y realista. Es sincera. Consigo misma y con su público.

Mientras que en Overlord sirve como factor cómico, en este caso estamos ante una verdadera exploración de lo que significa crecer aislado del mundo. De lo que representa la soledad y las secuelas que deja en una persona. No lo hará, insisto, en el más estricto de los sentidos. Pero mientras otras parten de la permisividad de que el hikokomori se adapte a ese nuevo mundo y su vida de un maravilloso giro de 360 grados, How NOT to Summon a Demon Lord da un golpe sobre la mesa y nos dice que las secuelas existen, que no es fácil salir de ello.

En su escenario el caso del marginado es, en parte, también el del héroe. Pero su peso le incapacita, le hace vulnerable. Tiene poderes, sí, pero él mismo los identifica como el resultado de su soledad. Es un obseso del MMO pero se entiende que la realidad alternativa que habita sirve, no como entretenimiento, sino como ventana de escape. Un modo de mantener un orden mental en un mundo que no siente propio.

De personajes rotos y cicatrices por cerrar

Y, de nuevo, no es algo que la obra solo aplique a su protagonista, sino que intenta aplicarlo a toda su extensión. Shera es secuestrada por su hermano con el único objetivo de utilizarla para procrear y tras ello la trama evoluciona en el asesinato del príncipe —algo que se entiende como un castigo ético— y el intento de un golpe de estado para proclamar la guerra abierta contra los elfos.

Y Rem se convierte constantemente en un objetivo a causa de su maldición. Pero cuando Krebskulum, la señora demonio, es liberada, resulta que no es más que una niña que no entiende el porqué debe matar de forma indiscriminada y todo se desenvuelve en un arco increíblemente emocional al entenderse que ambas —tanto portadora como ente— han sido aisladas y perseguidas por algo que ellas no eligieron ser.

Incluso Alicia, aunque tenga un espacio más pequeño, cuenta con ese trasfondo. Una caballero que lucha por unos ideales sucios y oscuros como única redención para su propia podredumbre. Todo generado por las tensiones políticas y éticas a las que se había visto sometida desde pequeña.

En líneas generales, How NOT to Summon a Demon Lord es un estudio sobre personajes rotos. La obra no tiene tapujos al hablar de esclavitud, de guerra y hambre, de racismo, de extremismo religioso. Es, en sí misma, es una crítica y una forma de explorar conceptos que suelen resultar ajenos o tratados con cierta distensión y que pueden llegar a resultar incluso tóxicos en el contexto en el que se exponen.

Fingiendo ser el señor demonio

Si la reducimos a su menor exponente, How NOT to Summon a Demon Lord es otra obra de corte Isekai repleta de fanservice gratuito. Sin embargo, si exploramos sus confines y entendemos su contexto, resulta ser una obra que quiere mandar un mensaje. Un título con ciertas connotaciones personales que explora el papel del marginado, de cómo son esas personas, de las que nadie espera nada, las que cambian las tornas.

A su modo, es una entrega increíblemente constructiva. Diablo es el personaje más fuerte de la obra, pero a su vez el más débil. Una muestra de cómo la fuerza no reside sólo en las habilidades de una persona y una forma de explorar la amistad más allá del clásico cliché del medio. Me gustaría decir que también hace lo propio con el amor —y qué diablos, lo hace— pero esa es precisamente su peor cara.

Porque Yukiya Murasaki consigue pintar una obra que brilla en la naturalidad de sus acciones pero que se pierde en el concepto tan equivocado que tiene del amor. How NOT to Summon a Demon Lord es una obra simple, pero podría ser mucho más. Sin embargo, su incapacidad de discernir fantasía de fetiche emborronan una idea que incluso partiendo de lo más simple consigue sacar más de una sonrisa. Una obra tierna, cercana y con cierta calidez humana que consigue superar las barreras que se auto-impone para gritar por su valor pero que pierde mucho a causa de las mismas.

Óscar Martínez

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