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Crítica de Dororo Hyakkimaru 3 - el palomitron

Más de un centenar de productos de animación nipona ven la luz durante el transcurso de un año y, entre la enorme cantidad de producciones nuevas y continuaciones, ahora más que nunca parece haber hueco para rememorar los tiempos pasados. Para retrotraernos a un tiempo ya pretérito y resucitar tanto obras como autores. Trabajos como Devilman: Crybaby o Banana Fish se han codeado entre lo mejor del pasado 2018, afirmando que “la edad no importa”. Que se puede adaptar a nuestros tiempos el Devilman de Gō Nagai, e incluso acercarlo al mainstream. Igual que ocurre con el manga de Akimi Yoshida y la gran labor del estudio de animación MAPPA en cuanto a representación LGBT en el medio. Como fuere, 2019 no parece querer quedarse atrás y desde los primeros compases de la temporada invernal se puede disfrutar de Dororo, adaptación animada del manga homónimo de Osamu Tezuka. Una producción dispuesta a revivir, de nuevo, el espíritu del «Dios del manga».

Dororo fue originalmente publicado en 1967, contando con una serie de animación emitida en 1969 y una película live action en 2007. Se trata de un título maduro y oscuro. Una obra a caballo entre los dos estilos o facetas del autor nipón. El nexo existente entre una etapa más alegre y orientada a un público infantil con obras insignia como Astroboy; y una mucho más profunda y adulta, con Black Jack, Oda a Kirihito o MW como títulos abanderados. A lo largo de sus 24 episodios, MAPPA —en colaboración con Tezuka Productions— busca rejuvenecer un clásico tal vez desconocido para muchos. Adaptar desde el respeto pero con cierto margen creativo una historia con un fuerte componente de humanidad. Un viaje de búsqueda y redención. Una epopeya en la que poder descubrir qué nos hace humanos.   

Era Sengoku. Tiempos de guerra y demonios     

Dororo está ambientado en plena Era Sengoku, un periodo convulso en la historia de Japón donde los conflictos bélicos y la inestabilidad política azotaron el bienestar de las islas durante más de un siglo. Los jefes de los clanes locales (daimyō) vieron su poder incrementado, comenzando así una época de trifulcas y guerras internas entre estos jefes locales que terminaron fragmentando el territorio nacional. La podredumbre y desdicha asolan las tierras del daimyō Daigō Kagemitsu; factores que junto a la desmesurada ambición del mismo, propician que éste fragüe un trato con la misma maldad. Dispuesto a cualquier cosa, el pretencioso Daigō pacta con los demonios a cambio de poder y fortuna. Pero claro, los adalides del infierno exigen algo a cambio: la vida de su futuro hijo. Así, el retoño nace sin 48 partes de su cuerpo. Desprovisto de cualquier atisbo de esperanza, el señor feudal decide arrebatarle la poca vida que reside en su interior, en contraposición de los deseos de su madre. Sin embargo, la voluntad de ésta última es más que suficiente para cambiar el destino del desdichado vástago. En última instancia, un río y una maltrecha barca son su medio de salvación. El conducto hacia un incierto futuro; pero un futuro al fin y al cabo.

Crítica de Dororo Hyakkimaru Dororo 2 - el palomitron

Tras una elipsis temporal de 16 años, un joven errante de pétrea mirada llega a las inmediaciones de un pequeño poblado. Su encuentro con Dororo, un joven huérfano y ladrón que intenta ganarse el pan de cada día como puede, puede parecer casual, pero al mismo tiempo fruto del destino. Hyakkimaru, el joven errante, resulta ser aquel bebé maldito y marcado por las manos del inframundo. Recompuesto a través de prótesis, cual marioneta exenta de sentimientos, vaga por el mundo con el fin de exterminar a los 48 demonios que robaron las partes de su cuerpo. Saldar una deuda que él nunca contrajo. Así es como termina conociendo y salvando la vida del pequeño Dororo y, de paso, recuperar algo perdido tiempo atrás. El ladronzuelo atisba en él la figura de un protector, alguien en quien poder confiar. El viaje de Hyakkimaru y Dororo no solo es un recorrido por el amplio espectro de criaturas del folklore nipón; es uno de búsqueda personal y sentimentalismo.

Un road trip amparado en lo sentimental

Dororo es una obra fuertemente sustentada en sus protagonistas, que se nutre de la innegable química intangible entre los mismos. Kazuhiro Furuhashi busca emular el efecto emocional que logró Osamu Tezuka con su pluma y prosa tiempo atrás; y por ello pone especial énfasis en sus figuras, focaliza sus esfuerzos en crear un vínculo que se eleve sobre el contexto. Claro que el tono de la obra y sus agentes externos son importantes, sin los mismos no se fraguaría un periplo de tales tintes oscuros y decadencia; pero la finalidad del mismo es dejar cierto poso tras su visionado. Ser espectadores de cómo un vacío corazón negado de cualquier sentir puede incluso terminar rebosante. De cómo una casi extinta llama que se aferra con fiereza a la calidez de la vida puede llegar a arder con semejante vigor como para servir de amparo para otros.

Crítica de Dororo Hyakkimaru Dororo - el palomitron

Esto no se construye de la nada, de igual forma que el viaje de Hyakkimaru no es uno fácil, sino inhóspito y despiadado. Los cimientos son sólidos, pero la consiguiente construcción intenta ir más allá de lo puramente explícito. Se sirve de lo sutil y aparentemente frágil. De los silencios y gestos, por minuciosos que puedan parecer en primera instancia. Se adentra en lo intangible del mundo y sus personas. En aquello que es opaco hasta para la vista de un lince, apoyándose reiteradamente en lo imperceptible para la vista humana. «Ver a través del alma». El intercambio de palabras entre Dororo y Hyakkimaru es unidireccional, relegando a monólogo cualquier aportación del vivaz ladronzuelo. Hyakkimaru no puede articular palabras, tampoco ver, oír o sentir. Ni siquiera puede tener miedo a la muerte porque no sabe lo que es experimentar dolor. Es un auténtico muñeco roto. Y, aun así, la interacción entre ambos se siente mucho más orgánica que la de multitud de protagonistas de otras ficciones. Las carencias comunicativas potencian el efecto del silencio y gestos como el de escribir un nombre en la magullada tierra o palpar las facciones de una cara.

Una historia de pérdida y redención

Todo este sutil intimismo no se ve empañado por la presencia de los entes demoníacos y las secuencias donde el protagonista se guía por el instinto de supervivencia más agudo. Porque, a pesar de lo que pueda parecer por su construcción inicial, Hyakkimaru no asesina de manera indiscriminada. Siguiendo con la particular visión a través del alma que comentaba líneas atrás, todo lo que supone una amenaza se manifiesta a través de un color rojizo más intenso que la tonalidad carmesí de la sangre. Pese a carecer de sentidos, Hyakkimaru puede percibir el mundo de otra manera, comprender la pureza e impureza del alma y no caer en míseros engaños. Discernir entre el bien y el mal bajo su particular yugo. A través de un simple pero efectivo juego cromático, MAPPA consigue que entendamos la particular visión del joven. La enorme diferenciación entre el opresivo rojo de la maldad y el sosegado y confortable color blanco de aquellos en quienes poder confiar.

Crítica de Dororo Hyakkimaru 2 - el palomitron

Las acciones tienen consecuencias. Minúsculas y mayúsculas. Directas e indirectas. Siempre hay consecuencias. Y los primeros compases de Dororo ya se encargan de ilustrar esto con suma facilidad. La más obvia es la que tiene que ver con el propio protagonista y el pacto propiciado por su padre desde la ambición más inhumana. Sin embargo, es en la figura de Jukai donde la dirección otorga un más que merecido espacio para comprender tanto el pasado de Hyakkimaru como para ahondar en la pérdida y la redención. Atormentado por la crueldad de sus propios actos y dispuesto a borrar su existencia de manera voluntaria como única salida, el destino tenía otro final distinto para él. De mercenario a doctor, Jukai encuentra una vía catártica mediante la manufactura de prótesis y la consecuente mejora de vida de aquellos que se benefician de ello. Sus manos manchadas de sangre ahora ofrecen vida, nuevas oportunidades. Algo muy similar al caso de la protagonista de Violet Evergarden. Pero los resquicios de un tormentoso pasado suelen asomar y, cuando eso sucede, se puede perder el rumbo.

Y resulta curioso cómo un bebé maldito, carente de humanidad para muchos, se convierte en esa luz necesaria para no perderse entre las sombras. Es otra oportunidad redentora más que brinda el destino. Jukai se convierte en el padre que Hyakkimaru nunca tuvo, le otorga todo lo que está en su mano para que pueda sobrevivir entre tanta hostilidad. Le da un nombre y un propósito, así como los medios para alcanzarlo. Y tras años y años de amor paternal, le deja alzar el vuelo. Cumplir con su destino. Así como él cumple con el suyo. La caída de lágrimas de sinceridad se entremezcla con la de las hojas propia de un escenario otoñal tan seco como frívolo. Un escenario idóneo para remarcar el tono de la obra y la separación de dos atormentadas almas.

Crítica de Dororo Hyakkimaru - el palomitron

Kazuhiro Furuhashi (Hunter x Hunter) confecciona una producción cuya estructura de capítulos conclusivos no lastra ni el ritmo ni el mensaje general de la obra. El estudio brinda un episodio piloto clásico en estructura pero sólido en ejecución. Una introducción muy digna que marca el camino de este particular y emocional periplo. Poco a poco se van apreciando los detalles que engrandecen una historia cuya narrativa se posa intencionadamente sobre un dúo protagonista que puede brindar al espectador algunos de los mejores momentos del año. Todo ello bajo un marco histórico con margen para el folklore demoníaco, cuya esencia se plasma con eficacia a través de una dirección de arte que opta por apastelados y tenues tonos, y donde los fondos destacan por su fuerza gracias al enorme trabajo de Studio Pablo. MAPPA realiza un gran trabajo de adaptación en estos primeros pasos de viaje emocional y autodescubrimiento al que pocas pegas se le pueden achacar. Una travesía dicotómica que embelesa por su enorme intimismo y factor humano. Una obra atemporal de un autor atemporal.      

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Intento de muchas cosas y una de las piezas que hacen funcionar la sección manganime. Ávido lector de manga, enamorado de la tinta y de la tragedia de Sui Ishida. Firme defensor de la industria como arte y la abolición de estúpidas etiquetas.

3 Comentarios

  1. He tenido que esperar a sentirme mental y emocionalmente preparada para leer este análisis ante el cual me quito el sombrero. De verdad. No sé qué pasa con Dororo que he conectado con el (me refiero al anime, no al niño en particular) y casi que todos los animes que estoy siguiendo esta temporada (y si me apuras, la anterior) se quedan muy pequeños en comparacion, en mi ranking personal, quiero decir. No pretendo sentar cátedra porque no tengo ni las bases ni la capacidad crítica suficientes para ello, cada cual con sus gustos.
    Sin embargo hay un pequeño detalle con el que no estoy de acuerdo aquí: Hyakkimaru tiene sentimientos. A lo mejor no sabe o no puede (o ambas cosas) exteriorizarlos porque ha estado solo practicamente toda su vida. Pero tiene sentimientos, sabe lo que es el afecto (vease capitulo anterior) de no ser así habría sido imposible que aceptara la compañía de Dororo y del anciano aunque esta se le hubiera acoplado sin él decidirlo. No habría defendido a Dororo cuando estaba en peligro ni velaría por él. Y Dororo no habría sentido esa conexion fraternal tan inmediata. Hyakkimaru no tiene sensaciones, ni sentidos, pero sí tiene sentimientos. No empatizaríamos con él de otro modo.
    No esta de mas recordar que la ira, la rabia, la venganza, el dolor (emocional, no físico), la traicion, el abandono, la soledad… son sentimientos aun siendo negativos. Y Hyakkimaru las siente, son su vida. Y la supervivencia anda a medio camino entre el instinto y el sentimiento.
    Por lo demas solo añadir una cosa que puede que esté equivocada pero es (aparte de todo lo que has explicado) algo que no dejo de pensar: que Hyakkimaru tiene algo más por lo que luchar: su dignidad, quizá me haya afectado el hecho de que estaba leyendo “Indigno de ser Humano” de Dazai cuando se estrenó Dororo, bueno, no ahondaré mucho en ello porque ya lo hemos hablado en twitter (al menos con Marisol y Oscar), pero en resumen la infancia del protagonista de ese libro le traumatizó de tal manera que de adulto buscaba la autodestrucción porque consideraba que no debería haber nacido, que no tenía derecho a la vida. Aquí tenemos a un protagonista que, al contrario que aquel, le quitaron el derecho a la vida, y con ello la dignidad de ser humano… pero lucha por recuperarlos.

    Veamos Dororo y celebremoslo, tenemos algo grande aquí

    • Después de que Hyakkimaru la perdiera a “ella”, y a los chicos que cuidaba junto a “ella”, cerro su corazón, cosa que al estar junto a Dororo se va abriendo lentamente, o eso recuerdo, ya que cuando vi la anterior versión de esta obra tenia como 11 años.

    • ¡Buenas tardes Paula!

      Antes que nada, muchísimas gracias por visitarnos tan a menudo. Es un honor tenerte presente en nuestros textos. Por otro lado, te agradezco tanto en mi nombre como en el de todo el equipo, que nos dediques algo de tu tiempo a comentarnos tus impresiones e ideas acerca de una obra. Es algo que apreciamos muchísimo.

      Respecto a Dororo, muchas gracias por tus aportaciones; las tendré en cuenta y que sepas que también me has dado que pensar 🙂 Me alegro mucho que te haya gustado el texto e incluso te haya llegado a emocionar, igual que hace la obra semana a semana.

      Espero que la sigamos disfrutando juntos hasta el final y, de vez en cuando, podamos reunirnos para hablar de ella todo lo que se necesite (y más).

      ¡Un abrazo!

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