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10 AÑOS DE CREMATORIO: TODO PERMANECE, NADA SE DESVANECE

La revisión de Crematorio, que este mes está cumpliendo 10 años desde que se estrenó y emitió en el ya desaparecido Canal+, arroja un resultado inesperado, extrañamente gratificante y nostálgico que reivindica las virtudes de esta ficción para mutarlas en hitos televisivos. En tiempos de máxima saturación seriéfila (solo en 2020 más de 700 nuevos títulos llegaron a plataformas y canales) en los que la ficción televisiva está ganando la partida al cine en capacidad de convocatoria y generación de conversaciones, la seducción de volver a los orígenes del fenómeno en España arroja resultados fascinantes, muy disfrutables. Porque la fuerza y la limpieza de Crematorio siguen intactas, y quizá brillen aun más en una época de abarrotamiento, en la que el espectador fácilmente puede acabar agotado ante tanta oferta, y ante tanta mediocridad. Porque aunque tengamos decenas y decenas de títulos a nuestra disposición y las redes encumbren todo lo que se estrena, al final solo unas pocas series marcan a fuego cada año la memoria de la audiencia.

Por eso regresar a Crematorio, a esa suerte de Twin Peaks a la española que supuso un antes y un después en nuestra televisión, acaba confirmando la excelencia de esta serie alumbrada en 2011 por los hermanos Sánchez-Cabezudo, a los que hemos visto volver a Movistar+ con La Zona, una de las primeras ficciones de esa potente estrategia que Domingo Corral, Director de contenidos de Movistar+, nos desvelaba en esta entrevista allá por 2018. Porque si con la serie de David Lynch la televisión norteamericana se hizo adulta para arrancar la década de los 90, con Crematorio nuestra televisión se adelantó un lustro con un producto minoritario en su alcance que aún a día de hoy sigue siendo una asignatura, incluso para no pocos periodistas y comunicadores que comparten su pasión por las series en docenas de espacios.

Y como nunca es tarde, quizá sea el momento de volver a poner en valor esta catedral, que 10 años después sigue ganando la partida a casi toda la producción nacional estrenada en nuestras cadenas y plataformas.

El universo de Rubén Bertomeu 

La crisis del ladrillo explotó en 2008 tras casi 15 años de comilona voraz en los que el delito de cohecho fue la auténtica estrella para que toda una completa cadena de valor se beneficiase de la corrupción urbanística en España. Misent, la localidad ficticia en la que se desarrolla la trama de Crematorio no existe pero sí es. Porque Misent es cualquier punto de la costa española asolada por la fiebre del urbanismo y la especulación, porque Misent también es el interior de un país que en el nuevo siglo ha visto como toda su clase política, sin excepción de colores o siglas, se ha visto envuelta en escándalos ligados al ladrillo y las recalificaciones. La época que retrata Crematorio es el ocaso de los años locos, de la ola de avaricia que raptó el juicio de nuestros políticos comprando con billetes y prebendas su deontología, fuese cual fuese su partido. Y con este tono crepuscular arranca su primer capítulo, con una conversación en la que ya se avisa que la fiesta está a punto de acabarse: “se acabó la gran comilona, eso de comérselo todo deprisa antes de que se lleven el plato, ahora ha llegado la moral pública“. Lo que vendrá después son los últimos coletazos de un empresario cercado y acosado por la justicia, y los nuevos futuros que poco a poco se abren para las personas que gravitan en torno a él. Políticos, matones, empresarios, abogados, familia y antiguos cómplices rinden cuentas vitales mientras se pone el sol en el imperio Bertomeu. Y si en algunos casos, con suerte, algunos vivirán un nuevo amanecer, en otros casos, los de la mayoría, la oscuridad llegará para quedarse.

La España de Benito González, el inolvidable protagonista de Huevos de Oro (Bigas Luna, 1993), es la España de esa estirpe de empresarios que vieron en la construcción su oportunidad para prosperar prácticamente sin control, con unas leyes urbanísticas en pañales y con toda la avaricia del ser humano sentada a sus mesas para comer y participar de la fiesta, con un sentido común minorado al máximo por el flujo de dinero y la sed de poder. Esa es la España de Rubén Bertomeu, porque él no sabe hacer otra cosa que no sea huir hacia adelante: “Cuando eres poderoso, ya no eres otra cosa“, reza su personaje, que tampoco esconde su inteligencia al saberse con los días contados y siendo consciente de que su estilo de vida llega a su fin y con él la fidelidad de muchos de los suyos. Pero no estamos hablando de ningún padrino, de ningún patriarca, porque Bertomeu siempre ha antepuesto sus intereses personales y empresariales a su familia, a la que no ha dudado en sortear o relegar cuando las circunstancias así lo pedían. Él no es el líder de ningún clan familiar, solo es un hombre sin escrúpulos, con mucho poder, al que su familia también teme.

Un elenco en estado de gracia

Junto al formidable trabajo de Pepe Sancho dando vida a un granítico Rubén Bertomeu, también disfrutamos por el camino de grandes interpretaciones en la galería de secundarios. Juana Acosta (Mónica, la joven novia de Rubén), Vicente Romero (el brazo ejecutor de Rubén), Alicia Borrachero (Silvia, la hija de Rubén), Chisco Amado (Juan, marido de Silvia), Aura Garrido (Miriam, la hija de Silvia y Juan), Manuel Morón (el concejal corrupto) o Pau Durà (el abogado de Rubén) son solo algunos de los actores que desfilan por Crematorio en un trabajo coral muy notable, en el que cuesta encontrar un personaje que no tenga una razón poderosa para habitar en la ficción de los hermanos Sánchez-Cabezudo. Porque no debemos ignorar que Crematorio relata ese ocaso ya mentado del personaje de Rubén Bertomeu, pero también da una importancia capital a los arcos de los personajes secundarios. Y así también se abre una nueva lectura en la que Rubén es el punto de partida para que la serie aborde la progresiva madurez de Mónica (uno de los mejores trabajos de la recientemente nominada al Goya Juana Acosta) y empodere al personaje de Silvia (excelente Alicia Borrachero) hasta cotas que la permiten mantener el tipo frente a su padre en una discusión que acontece en el penúltimo capítulo y que supone uno de los mejores momentos de la serie (“Tú has comido del mismo plato y nunca te ha preocupado lo sucia que quedaba la cocina“) o cerrar el último capítulo con una última imagen de su personaje con fuertes ecos hacia El Padrino de Francis Ford Coppola. Igualmente, el trabajo de Pau Durà como abogado del diablo debería ser aplaudido con intensidad, como el festival de miradas gélidas con el que Vlad Ivanov compone a Traian, un mafioso ruso que probablemente supone el mayor problema para Bertomeu en los primeros compases de Crematorio. Y así podríamos seguir hasta recorrer toda la galería de actores y actrices que con solvencia pueblan la serie con sus fantásticos personajes.

En cierto modo Crematorio también es la serie de ellos, del viaje de todos los secundarios a la sombra de Rubén. Sus destinos están ligados a él, y su mañana estará cincelado por el paso de Rubén por la vida de cada uno de ellos. Y en este apartado el progreso de los personajes femeninos es notable. Mientras la mayoría de los masculinos quedan varados o encallados, las mujeres de Crematorio son los personajes que saben encontrar nuevos caminos que transitar reuniendo a lo largo de sus ocho capítulos la fuerza y la decisión necesarias para que la oscuridad no acabe engulléndolas. Mientras unas le sobreviven (Teresa, la madre de Rubén), otras aprenden a vivir sin él (Miriam, su nieta) y otras como Mónica o Silvia salen de la experiencia musculadas, más savias, más decididas, más fuertes.

La pericia técnica de Crematorio

La estupenda novela homónima de Chirbes (Anagrama, 2007) ya planteaba por sí sola, de entrada, un desafío para su adaptación televisiva. Dotada de múltiples perspectivas, trasladarla a la televisión no debió de ser nada fácil y el trabajo para guionizar uno de los títulos más impactantes de nuestra literatura en lo que llevamos de siglo quedó en manos de los hermanos Sánchez-Cabezudo y la guionista Laura Sarmiento, que en 2015 hacía lo contrario, convirtiendo sus propios guiones en una novela con Carlos, Rey emperador (Plaza & Janés, 2015). El resultado es prodigioso por las soluciones encontradas. Pero también lo es porque esta labor brilló con una luz especial, la del mediterráneo. Porque Crematorio goza también de una planificación en el rodaje más lenta de lo que se conocía en España, con una fotografía a cargo de Daniel Sosa que dedicó muchos recursos a captar la luz natural apostando por el rodaje en exteriores y en espacios cerrados buscó soluciones cinematográficas, lo que implicó unos tiempos de rodaje bastante más prolongados que los habituales.

La propia elección de cámaras digitales RED para la grabación supuso otro aspecto vanguardista de la serie, que apostó por este formato (aún tardaríamos unos años para que el cine se inclinase por él) y que es el responsable de que Crematorio luzca tan bien 10 después de su estreno, evitando el paso del tiempo y rivalizando sin muchos problemas con las series actuales.

Además, para el recuerdo una cuidada cabecera (aquí sí podemos hablar de HBO), pegadiza y efectiva, que insinuaba con sus imágenes el universo Bertomeu y nos recordaba en su letra lo efímero de nuestro paso, y que es cuestión de tiempo que la avaricia nos coloque al borde del precipicio. Porque nada permanece, y todo se desvanece, cuando hablamos de poder que no nos correspondía pero hemos hecho nuestro.

Gracias a Dios, y pese a que la serie dejaba muchas líneas de personajes abiertas a una posible continuación que, sencillamente, no hubiese funcionado a la misma altura, la ficción se quedó en eso, en ocho grandes capítulos que nunca han necesitado una segunda temporada, terminando la fiesta en lo más alto. Como muchas veces deben hacerse las cosas si queremos recordarlas para toda una vida.

Alfonso Caro

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Alfonso Caro Sánchez (Mánager) Enamorado del cine y de la comunicación. Devorador de cine y firme defensor de este como vehículo de transmisión cultural, paraíso para la introspección e instrumento inmejorable para evadirse de la realidad. Poniendo un poco de orden en este tinglado.