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Escena verbena de Verano 1993 - El Palomitrón

Vivimos anclados a los recuerdos, ansiando que no desaparezcan nunca y podamos recurrir a ellos cuando los necesitemos. Ahondar en tu cabeza buscando instantes felices para levantar el ánimo en los malos momentos. Rememorar errores anteriores a fin de no volver a cometerlos. Estamos diseñados para recordar. Por placer, por nostalgia, por necesidad. Pero el tiempo juega con nosotros a intentar robarnos ese don, convirtiendo las imágenes que un día vivimos en recuerdos cada vez más y más difusos hasta, en ocasiones, hacerlos desaparecer.

De nuestra infancia quizá recordemos poco, pero somos conscientes de que, las de la mayoría, carecen de una estación con acontecimientos tan importantes como los que vivió Carla Simón. Tres años después de la muerte de su padre, falleció su madre. Ambos víctimas del sida, dejaron a la pequeña de seis años a cargo de su tío, que vivía en el campo, alejado de su Barcelona natal. Fue el verano de 1993 y la vida de Carla cambió por completo. 24 años después, aquella niña ha crecido para convertirse en la ganadora de la Biznaga de Oro y el Premio Feroz de la crítica en el Festival de Málaga, además de llevarse el premio a la Mejor Ópera Prima en el Festival de Berlín. Todo eso, y los éxitos que vendrán, por una película sobre su vida.

Verano 1993 - El Palomitrón

Como deberían hacer la mayoría de las películas, la primera y la última imagen de Verano 1993 definen el tema de la película. En la primera secuencia, Frida, la niña protagonista, juega al pica pared. Vemos su espalda ante un fondo desenfocado, dispuesta a ganar el juego manteniéndose inmóvil. Pero entonces otro de los niños se acerca con una pregunta estremecedora. “¿Por qué no estás llorando?”. Y Frida baja los brazos. Ha perdido, mucho más que en el juego, y no entiende por qué.

La pequeña se ve obligada a cambiar de vida tras quedarse huérfana, sin comprender por qué ha de marcharse de su casa y sin que nadie llegue a explicarle los motivos por los que su madre ya no está. La forma de afrontar la pérdida durante la infancia es el tema principal de la película. Queda claro desde su inicio y estalla en su final, pasando por pequeñas escenas donde asistimos al mundo interior de Frida. Y todo ello sin necesidad de exteriorizarlo, ya que Carla Simón es capaz de hacernos entender ese desconcierto mediante secuencias prácticamente mudas, compuestas por gestos y acciones sencillas.

La precisión con la que la directora ajusta el punto de vista en su protagonista es magnífica, y no por lógica (es su historia, al fin y al cabo) es menos admirable. La cámara nunca se aleja de Frida, permitiéndonos verlo todo bajo su mirada. Por ejemplo, en el inicio de la película sus padres adoptivos siempre se ven tapados por diferentes elementos para marcar la distancia que siente la pequeña hacia ellos. Estos son los detalles que acaban consiguiendo crear en la película un mundo nuevo, el mundo de Frida, donde el dolor y la soledad adquieren un nuevo significado gracias a la confusión y represión interna que la pequeña siente.

Verano 1993 niñas con karaoke - El Palomitrón

A la creación del nuevo mundo colabora la presencia de su prima de cuatro años, con quien comparte momentos de diversión y tensión a partes iguales. Entran entonces en la trama temas como la fraternidad y los celos, ideas que suman en el otro aspecto central de la película: la familia. Discusiones reprimidas entre la suegra y su nuera, decisiones cruzadas entre los padres, pequeñas dispuestas entre hermanas… Temas clásicos que están aquí narrados con la humanidad y naturalidad que Carla ha sabido manejar con gran talento.

Esa naturalidad es la culpable de toda la frescura y viveza que posee Verano 1993. Más allá del manejo de la cámara y la lograda dirección de arte, el esfuerzo que más se aprecia en la película es el trabajo con los actores. La pequeña Laia Artigas debuta con una actuación increíble, llena de matices que asombran por su reducida edad. Y mejora siempre que se ve acompañada de Paula Robles, con quien logra un dueto dulce y sobradamente realista. Junto a Bruna Cusí (Incerta glòria) y David Verdaguer (10.000 KM) completan una familia que sorprende por ser ficción, dejando ver de forma evidente un increíble trabajo de ensayos y dirección de actores.

La falta de diálogo se suple con los expresivos rostros de todo el reparto, con los que es fácil llegar a la empatía pese a mostrar en ocasiones momentos muy duros. Porque la película no teme pasar de la dulzura a la crueldad con una asombrosa velocidad, mezclando momentos realmente duros con otros cargados de comedia. Todo queda enfrascado bajo la bellísima dirección de Carla Simón, con cierto lirismo de cuento de hadas y un aspecto cromático vivo y disfrutable. Se le suma el notable trabajo sonoro, que se recrea en la naturaleza para ayudar a esa idea y además utilizar varios estallidos sonoros de forma impactante. El final, sin ir más lejos, se construye bajo una idea sonora.

Verano 1993 - El Palomitrón

Verano 1993 es una de las mejores óperas primas que llegan a las salas en mucho tiempo. Deslumbrante y mágica, es capaz de llegar muy dentro de nosotros y contagiarnos su dolorosa dulzura. No solo es una de las mejores películas del año, sino que es probable que sea uno de esos recuerdos cinéfilos difíciles de olvidar.

Y es que vivimos anclados a los recuerdos. Pensamientos similares a este nublaban mi cabeza al finalizar la proyección. Reflexionaba acerca del increíble ejercicio que debió hacer Clara en la escritura del guion, pues los recuerdos de la infancia no siempre son claros. Esa es una de las sensaciones que transmite la película, la fractura de una historia completa que solo pudo vivirse en 1993, como si estuviera construida tan solo por algunos retazos de los recuerdos que se han podido rescatar entre la memoria. Retazos de poesía y recuerdos. La infancia, igual que el pasado, se desenfoca en ocasiones. Pero la del autor de estas palabras se iluminó varias veces durante la película. Ver a una de las niñas con un antiguo flotador de corcho rosa me transmitió risas de mi niñez que parecían olvidadas. También ver a Bruna Cusí forrando los libros del colegio me hizo rememorar el inicio de aquellos septiembres que llegaban cada verano más deprisa.

Son muchas las secuencias de Verano 1993 que nos transportarán en el tiempo. La valiente directora ha elegido compartir un pedazo de su vida, tal vez sin ser consciente de que también iba a ahondar entre nuestros recuerdos. Y aunque en 1993 no había nacido, al acabar los créditos tuve la sensación de acabar de vivir el año entero.

Por todo esto y más, gracias, Carla.

LO MEJOR:

  • La belleza y lirismo que le otorga Clara Simón. Impecable dirección.
  • Espectacular reparto. Especialmente la jovencísima Laia Artigas.
  • El trabajo sonoro, de imagen y de arte.
  • La naturalidad y realismo que desprende.
  • Su capacidad para transmitir y crear sensaciones.

LO PEOR:

  • La posibilidad de que te la pierdas. No seas insensato.

Ignasi Muñoz

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