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Hace unas semanas, y tras su premiado paso por el Festival de San Sebastián, llegaba a la cartelera española una de las películas más sinceras del año: Viaje al cuarto de una madre. Conversamos con su directora, Celia Rico, que nos da algunas claves de su fascinante visión a la hora de plantear una de las películas españolas imprescindibles del año.

Viaje al cuarto de una madre es, sin duda, un título muy sugerente para una película tan estática. ¿De dónde surge este “viaje”?

Celia Rico: El título está inspirado en un librito muy chiquitito, Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre, que es una novela sobre el encierro obligado de un personaje en un espacio, sobre cómo puede recorrer ese lugar y hacer un viaje más emocional. Entonces, yo me planteaba lo difícil que es a veces colocarte en una perspectiva distinta de la que tienes habitualmente. ¿Cómo poder recorrer un espacio habitado hasta la saciedad para descubrir cosas nuevas? A veces necesitas salir del espacio habitado, irte lejos, para poder verte ese lugar desde otro punto.

¿Y cómo ha sido tu viaje a la hora de levantar la película?

 

C. R.: El viaje ha sido largo: desde 2015 llevo con el proyecto. El proceso ha sido pasito a pasito, haciendo un trabajo de hormiguita. Después de pasar por Venecia con mi último cortometraje, me entraron ganas de hacer más cosas, y pensé de qué manera podría seguir explorando lo que ya había trabajado en el corto. Porque al final en un corto no te da mucho tiempo para profundizar; pensé “voy a escribir algo que vaya en la misma línea”, aparte de que me sale escribir sobre lo mismo para poder seguir aprendiendo. Y entonces, de una manera muy natural, pensé en una historia también de personajes femeninos en un espacio de intimidad donde la casa era un espacio más, ir preparándolo poquito a poco, presentarme al laboratorio de guion de la Berlinale y conseguir ese apoyo. Fue a partir de Berlín cuando me animé y seguí escribiendo. Durante años estuvimos reescribiendo y buscando la financiación. Fuimos armando una pequeña familia donde intervenían muchas personas; a mí me gusta mucho cómo se fue formando, porque fue creciendo poco a poco. Andalucía entró a través de Canal Sur y la Junta, y supuso conectar mi vida profesional (soy profesora en la Escuela de Cine de Cataluña) y personal, porque me permitió rodar en Andalucía.

Llama mucho la atención, precisamente, que la historia transcurre en un pueblo andaluz al que el espectador se le insinúa pero nunca se muestra.

C. R.: Tenía claro que la historia tenía que transcurrir en un pueblo, porque hay toda una presencia de este contexto que, de alguna manera, les oprime en un momento determinado de la película y que también les salva al final.

Pero no quería mostrarlo a través de las imágenes del pueblo, porque al final es una película sobre la relación que se teje entre ellas dentro de la casa.

La idea era crear un microuniverso: un microuniverso que han creado ellas dos. Hay muchos elementos que forman parte del pueblo, personajes que aparecen y desaparecen. Pero todo tratado siempre desde el espacio privado, porque al final la película plantea la dificultad de traspasar la frontera entre lo privado, lo íntimo y lo público. En qué momento somos valientes para salir ahí fuera y en qué momento somos cobardes y nos refugiamos en ese interior. Por eso el pueblo estaba por ahí, pero estaba como sobrevolando la historia.

¿Qué papel juegan entonces estos espacios? ¿De qué manera planteaste este microuniverso?

C. R.: Este universo está muy construido por sonido: el sonido de la máquina de coser, la estufa, los electrodomésticos, el dedal… Todo eso me ayudaba a darles vida a los espacios; al final la casa es un personaje más que, en determinado momento, se siente estancada porque ellas están atrapadas. Por esta ausencia del padre que se convierte en este fantasma que no les permite a ellas tomar decisiones, porque tienen miedo de hacer daño a la otra. Ese universo lo empecé a construir a través de esos detalles, de esos sonidos. Porque pensaba que, en el momento en el que la hija se va, muchos de esos sonidos pueden desaparecer o pueden estar presentes y recordarnos a la persona que ya no está. Había esa idea de habitar los espacios y deshabitarlos. Había esta idea del viaje hasta al interior, buscar dentro de uno, y no fuera.

¿Cómo buscas dentro de Anna Castillo y Lola Dueñas para encontrar a tus personajes? ¿Cómo llegan al proyecto?

C. R.: Hay una cosa que ocurre, que es que tanto Lola (Dueñas) como Anna (Castillo) son muy distintas de los personajes. Lola no es madre, y Ana es una persona mucho más extrovertida y vitalicia que Leonor (su personaje). Entonces yo pensé que era muy interesante trabajar con ellas a la contra de lo que son. Porque si construíamos a los personajes a la contra, ellas se iban a sentir incómodas dentro de esta casa, y de alguna manera lo que ellas son iba a estar aflorando, ese momento en el que explotas y sacas a quién eres. Quería que lo que ellas son llegara al final de la película.

Trabajar con Lola Dueñas fue un deseo: es una actriz a la que admiro. Pensé que quizás no iba a poder hacer otra película, y entonces para qué esperar a poder coincidir con ella en otro momento y cumplir con ese deseo.

Y en el caso de Anna Castillo fue una prueba de casting. Empezamos a hacer el casting muy pronto, porque para mí era muy importante poder ponerle cara al guion para seguir trabajando en él. Y yo no había visto El olivo: a Anna llegué a través de una prueba, y fue gracioso, porque yo la vi y pensé que había hecho el gran descubrimiento, pero en realidad no, porque ya la habían descubierto… Yo cuando vi a Anna vi tanta espontaneidad, tanta naturalidad… que pensé que ella iba a marcar ese tono que necesitaba la película, llevar las cosas con ese tono cotidiano, tan de verdad. Fue verla y no dudar. Creer que rodábamos la peli al día siguiente.

Finalmente, tras su paso por los festivales de Londres y San Sebastián, ¿qué esperas de la película? ¿Dónde termina el viaje?

C. R.: Soy una persona muy pesimista y tiendo a pensar siempre en lo peor; entonces, todo lo que venga va a ser bueno.

Ahora es verdad que, habiendo pasado por San Sebastián, donde se han hecho tres proyecciones y he podido tener el feedback del público, creo que la gente puede sentirse identificada con la película. Tengo la esperanza de que esa parte tan universal de la película pueda llegarle a la gente, y me encantaría que la fueran a ver y recomendaran. No hay ninguna pista que te ayude a aventurar cómo va a ir la película; yo tiendo a no esperar nada, y todo lo que venga será un regalo.

Lo que sí que me gustaría que pasara es que, cuando la gente vea la película, le haga reflexionar sobre cómo son las relaciones con sus padres, con sus hijas… y que le entren ganas de llamar a sus padres y proponerles que vayan a ver la película. Eso me parece superbonito.

 

Juan Luis Martínez

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