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familia en Fruits Basket
ANIME / MANGA OPINIÓN REDACTORES

FRUITS BASKET, COMPARTIENDO UN MISMO CIELO

¿Quien eres? ¿A quién perteneces? Dudas que asaltan en cada despertar, en ese momento de confusión cuando la oscuridad aún cubre la consciencia y nubla el pensamiento. Un momento en el que el concepto de familia se torna más abstracto que nunca, repercutiendo en la idea de olvidar sus limitaciones tras lazos sanguíneos.

Es una idea que se ha explorado en cientos de obras. Una idea en la que se han enfocado cientos de opiniones, de reflexiones bajo una superficie moral y emocional para relatar el hecho de que una familia no es una unidad de individuos obligada a coexistir, sino la unión emocional de diferentes personas.

Sobre la idea de pertenecer

Tohru no tiene familia. Es una realidad que se constata en los primeros minutos de metraje de Fruits Basket. Un retorno marcado por el factor más emotivo que pone su primer enfoque en cómo la chica se encuentra se encuentra abandonada por los imperativos de la vida en una pequeña tienda de campaña donde toda su compañía es el recuerdo de su fallecida madre.

Así el primer punto de encuentro de la obra con el concepto de familia se da de forma ahogada, bajo la falta de esa imagen materna que guiaba los pasos de la chica. Con todo, el enfoque de Fruits Basket siempre es uno positivo, que se acerca a la melancolía pero acaba por acogerse a la ternura más emocional. Un optimismo desbordante que mira siempre hacia la opción más radiante.

Y es así, siguiendo esta estructura, como la obra introduce, no solo a los Soma, sino a la nueva y verdadera familia de Tohru. No resulta inconsistente, pero si algo vago — recordemos que la obra tiene más de 20 años a sus espaldas. Sin embargo, es funcional y coherente. Porque aunque el fruto de la casualidad gobierna todos los puntos de la obra, resulta que el positivismo de Natsuki Takaya se convierte en el mejor refuerzo emocional de la misma y la eleva.

Con todo, pese a resultar mínimamente vaga, su desarrollo jamás se siente forzado, sino todo lo contrario. Es tan torpe que resulta especialmente natural; la clase de problemas que se entiende que se dan bajo los pretextos que la obra implica en cada una de sus situaciones. Un cariz que toma forma gracias al excentrismo de su plantel: la ternura de Tohru y su torpeza, la pasividad de Shigure y el indispensable dúo Yuki-Kyo como contrapeso.

En tan solo cuatro capítulos Fruits Basket ejerce la mejor introducción posible a su mundo y establece las leyes del mismo bajo una inherente capa natural que mueve sus engranajes de forma simple e impone la idea de familia en un segundo plano para luego romperla de la forma más cruel posible en un solo instante.

La imposición de la familia

El cliffhanger de su cuarto episodio resulta amargo, casi contradictorio. La obra lo olvida, el espectador lo olvida, pero cuando llega el momento nos recuerda que Tohru no es parte de la familia Soma, sino una simple invitada temporal. Así cuando cuelga el teléfono y avisa de que es su último día en la casa el optimismo del que gozan sus líneas se desploma y deja una increíble sensación de vació como sustituto.

La imposición toma entonces la palabra. No solo la del vacío, sino la de la propia familia. El simple hecho de que el nuevo hogar de Tohru se encuentre a medio construir es un símbolo de la débil estructura familiar que la compone, apuntando a unos cimientos débiles, sujetados por la obligación y una fachada oculta bajo una lona con escasas pretensiones de mostrar verdadero afecto por ella.

Su familia, si puede considerarse como tal, la rechaza. Por supuesto, su abuelo sigue siendo un gran punto de anclaje, pero es precisamente él quien le ofrece su libertad. Es un espacio reflexivo, que no solo habla de cómo son quienes la rodean, sino también de cómo es ella. Una breve construcción que nos recuerda el título de la obra y su representación, la idea de que Tohru es un onigiri en un cesto de fruta. Rara; apartada. Olvidada.

Pero también sirve para reforzar una positivismo aún oculto en la obra. La idea de que el onigiri sea capaz de destacar cuando la cesta no se llena de fruta. Cuando se olvidan las imposiciones y los lazos sanguíneos para dispersar las brumas de la coherencia y dejar paso al lado emocional. Porque cuando Kyo reconoce que no es malo ser egoísta de vez en cuando la imagen de la obra se rompe en mil pedazos y la melancolía de la misma brilla marcando el verdadero inicio de Fruits Basket.

«¿No está bien ser egoísta de vez en cuando?»

Pero la imposición familiar no sólo está presente en los lazos de Tohru. Es un concepto que se aplica en todos los momentos de la obra y con los que la misma juega una y otra vez, en un constante segundo plano para ejemplificar el desarrollo de la misma. Yuki y Kyo, sin ir más lejos, son prisioneros de la familia Soma. De la maldición que los ata a su ser. Algo que no solo se representa en los conflictos emocionales que les impiden mantener una relación normal con su entorno, sino que se llega al punto de entender que la relación entre Kyo y Kagura es la única posible para ellos.

Más allá de la familia

Con todo, Fruits Basket sigue siendo una muestra de fuerza. De compasión y ternura. De la radiante imagen del positivismo y cómo consigue reinar incluso bajo las escenas más frías. Podría partir hacia la crítica social o convertirse en ejemplo moral. Pero nunca llega a ese punto. Nos enseña a sentir, en sus confines, a confiar y buscar la calidez del resto. Pero nunca lo trata como una imposición.

El momento en que la obra rompe con todo en su quinto capítulo marca el desarrollo emocional y romántico tanto de sus personajes como de su propia esencia. Pero no se cierra a sus puntos, sino que regresa a los mismos y se acomoda en ellos. Porque Fruits Basket marca uno de los regresos más tiernos. El regreso al hogar.

Nos enseña que el hogar no es siempre el lugar al que pertenecemos. Sino al que queremos pertenecer. Donde nos sentimos acogidos y queridos, no atados o sometidos. El momento en el que el onigiri —Tohru— es llamado y marcha hacia su hogar es prueba de ello. Una escena que, insisto, marca el devenir de la obra y muestra la evolución, no solo de Tohru, sino también de Yuki y Kyo. El como todos construyen ese lugar al que llaman hogar.

«Soy la persona más afortunada del mundo… mamá».

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Óscar Martínez

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Escribo más que duermo. Ávido lector de manga y entusiasta de la animación japonesa. Hablo sobre ello en mi tiempo libre.