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Danmachi es una obra cargada de naturalidad y carisma. Su subtitulo —¿Que tiene de malo ligar en una mazmorra?—, extraído del título original de la obra de Fujino Omori, no es más que una referencia al carácter que representa.

¡Sigue el periplo de Bell en su descenso por la Mazmorra junto a nosotros a través de este enlace!

Norma Editorial se encarga de acercarnos una obra que evita las pretensiones de un género prácticamente sobre-explotado para proponer algo nuevo. Porque Danmachi no solo sabe construir un mundo interesante sino que juega sus cartas enfocando la vista antes en los personajes que en su entorno, ofreciendo una experiencia más pausada, más amena, pero muy enriquecedora. Nos sumergimos en las entrañas de las mazmorras con la reseña de Danmachi #2.

Omori construye a Bell, su protagonista, con una pretensión muy marcada. Porque dentro de su mundo, Bell es poco más que, posiblemente, tú o yo. Un chico corriente, con aspiraciones lejanas y un talento innato para no tener talento en nada. Así resulta fácil identificarse con él, logrando una inmersión que suele dar en el clavo si tenemos en cuenta al público al que se dirige.

Y es en parte esta química que de la que el autor hace uso para pintar la conexión entre realidad y ficción la que hace de la obsesión de Freya un punto tan notable. Porque si bien, sus intenciones se intuían ya en el primer tomo de la obra, esta segunda entrega nos las dibuja en sus primeros compases.

Pero esa obsesión de la autoproclamada como Diosa de la Belleza por un aventurero inexperto también nos deja conocer algunos detalles sobre su mundo, como la soberbia de la familia Ganesha o la imperiosidad de la mazmorra sobre la cultura de Orario. Sin embargo, también es la excusa perfecta para que Kunieda pueda dar rienda suelta a su fuerza.

Porque si Danmachi #1 hacia uso de los tempos marcados a fuego lento, este segundo volumen se lanza en picado y sin temer a nada. Sus primeras páginas ya se encuentran repletas de acción, como si su autor quisiera reivindicar, no solo su potencial como el mismo, sino la intención de atrapar al lector con la hostilidad de su mundo. Algo que consigue gracias a su factor dinámico y la destreza de Kunieda a la hora de lograr grandes planos en movimiento sin perder un solo detalle. Es un dibujo limpio, con un uso discreto de entramados que ayuda al lector a no perderse por el camino mientras disfruta de los encontramientos.

Pero también sabe como dar con la humanidad. Con ese reflejo de lo personal que mencionaba al principio y que también se correlaciona con Boku no Hero Academia y su idea del héroe. Porque Bell, pese a sus miedos, afrenta el hecho de ser un héroe y lo que ello conlleva —el auto sacrificio— para cerrar un inicio devastador y dar un paso más en la misión de convertirse en alguien digno de su amada Aiz.

Porque, en esencia, Bell no es más que Midoriya en la obra de Kōhei Horikoshi. Su protagonista es un joven con grandes carencias de afecto y una excusa personal en sus hazañas. Busca convertirse en un aventurero del nivel de Aiz, sí, pero lo hace porque está enamorado de ella y no se siente a su altura. Y se lanza a la batalla para proteger a Hestia a sabiendas de que le costará la vida, pero lo hace porque siente la necesidad imperiosa de pertecener a alguien, de tener una familia. Algo que demuestra que Bell es un humano. Un héroe, quizás en parte, pero eso no quita que su instinto parta de un sentimiento tan humano como el miedo, el amor o la necesidad de sentir afecto.

Con todo, hay un importante valor de reciprocidad que se extiende a lo largo de todo el volumen. Porque Bell puede ser egoísta y actuar en beneficio propio aunque su meta sea una altruista pero el resto de los personajes también se mueven en una línea similar. Hestia, por ejemplo, lo da todo para poder ayudar al chico —su niño— en la batalla y cuando esta finaliza y se cruzan con Aiz, la ‘Princesa de la Espada’ siente la necesidad de buscarlo en un futuro.

Quiero decir, Omori no solo construye un personaje humano, sino que extiende ese espejo antropológico a lo largo de su plantel para crear relaciones interpersonales que, sin dejar de resultar simples, suman mucho a su argumento y se convierten en un exponente dentro de la obra. Algo que consigue interiorizar y utilizar en beneficio del avance de la obra gracias a la habilidad de Bell para subir de nivel mientras persiga un objetivo. Una técnica narrativa que juega mucho a su favor, al menos durante estos primeros tomos.

Un punto que no solo quiere utilizarse a favor del positivismo. Y es que su cierre nos deja con un tono distintivo, muy alejado del que acompaña al volumen en lo general. La idea de que la reciprocidad puede jugar sus cartas también en el sentido contrario y hacer de la buena fe y el amor un arma de doble filo.

Incluso habiendo llegado al final del tomo, es necesario hacer un pequeño inciso porque Danmachi #2 se toma una ligera libertad que, aunque no deja de ser un pequeño detalle, dice mucho del detalle y mimo que sus creadores han vertido sobre su trabajo. Y es que, y sin ánimo ni intención de destripar su contenido, tras el cierre del mismo, Omori dedica un pequeño listado de páginas como capítulo extra en forma de novela. Insisto, no es más que un ligero añadido. Pero sirve las veces como conector entre los finales de su primer y segundo volumen (sí, ambos finales) y logra un trabajo que resultaría imposible resumir en ese espacio con el uso de viñetas.

Danmachi #2 cuenta con una presentación imponente. Mientras que su anterior entrega jugaba con los colores vivos y ofrecía una imagen vivaz, cargada de un mensaje que invitaba a imaginar la clásica aventura con un tono de distensión, este segundo volumen rompe con ello para presentar unos tintes más duros. Duros porque es Aiz Wallenstein, la ‘Princesa de la Espada’ quien presenta su portada con un plano completo, portento serio y arma en alto. En posición de saludo antes de lanzar la estocada.

Las diferencias son notables y sientan potencialmente bien a un volumen que dedica un alto porcentaje de sus páginas al énfasis de la batalla. Su fondo sigue gozando de la mezcla de gamas cromáticas y el estilo visual es tan identificativo como el anterior, por lo que se relaciona automáticamente. Sin embargo, la postura casi amenazadora de la chica —que además ocupa la portada en exclusiva— le da un aspecto mucho más notable a la obra.

#Danmachi 2 cuenta con siete capítulos, divididos en 176 páginas a blanco y negro y dos introductorias realizadas en color, para causar la mejor impresión posible con su bienvenida. La calidad de sus materiales es indiscutible, contando con un importante gramaje del papel en su interior. Su publicación, el clásico tankobon, cuenta con unas medidas de 13 x 18,2 cm y un formato rústica con sobrecubierta. Por último, la localización a nuestro idioma está perfectamente lograda gracias a la labor de Jesús Espí.

Óscar Martínez

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